Un año de la mayor gesta de las ‘guerreras’ del baloncesto en silla

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El 4 de julio de 2019 quedará grabado en la historia de la selección española femenina porque logró el billete para los Juegos Paralímpicos de Tokio, sus primeros tras los de Barcelona’92.

Jesús Ortiz / dxtadaptado.com

“Cuando un sueño se te muera o entre en coma una ilusión, no lo entierres ni lo llores, resucítalo; Y verás que tú puedes volar, y que todo lo consigues. Y verás que no existe el dolor, hoy te toca ser feliz”. La música del ‘Mago de Oz’ las llevó en volandas hasta el mayor logro de su historia. La letra del grupo madrileño de rock fue el himno de unas jugadoras que alcanzaron la mayor gesta del baloncesto femenino español en silla de ruedas. El 4 de julio de 2019 quedará siempre grabado, fecha en la que España sacó en el Europeo de Rotterdam (Holanda) el billete para unos Juegos Paralímpicos tras más de 30 años de ausencia.

Después de tanto tiempo de penurias, la selección mudó la piel y tiró de fe, orgullo y talento para colarse entre las mejores. Primero tumbó a Francia (54-31), ‘bestia negra’, y luego a Turquía (33-70). Del ostracismo a la gloria. Abrazos, palmas al cielo, lágrimas de alegría, cintas ‘hachimaki’ pintadas a mano y anudadas a la frente como guiño a Tokio y un baño de champán en el vestuario. “Era la primera vez que notábamos presión al considerarnos candidatas para conseguir una plaza. Las jugadoras se lo creyeron desde el principio, teníamos nuestra oportunidad y no podíamos fracasar. Cuando algo no se ha conseguido nunca cuesta más romper esa barrera, pero lo hicimos”, explica el seleccionador nacional, Abraham Carrión.

El jerezano y su cuerpo técnico supieron sacar la mejor versión de estas ‘guerreras’ desde que llegaron al banquillo en 2015. Las llevaron a su primer Mundial en 24 años y, luego, a sus primeros Juegos por méritos deportivos, ya que en Barcelona’92 el equipo español participó como país anfitrión. “Hay jugadoras que llevan toda su carrera trabajando por este sueño, cuando apenas había recursos ni visibilidad, sin su esfuerzo habría desaparecido la selección. Cuando logras la clasificación es algo mágico e irrepetible, pero dura unos segundos, así que les repetí todo el año que disfrutasen del camino. En el último tiempo muerto ante Turquía miré a cada una y veía en sus ojos que sí lo habían hecho”, cuenta.

El exquisito manjar que suponía estar en unos Juegos lo tenían más cerca que nunca, quizás por eso los nervios y el miedo a zozobrar florecieron en las horas previas al trascendental duelo, en aquella especie de granja con gallinas enfrente del hotel donde las chicas se reunían cada tarde para despejarse y hablar. “La noche anterior fue extraña. Sin despreciar a ningún rival, sabíamos que Turquía era un trámite y que éramos superiores, pero ¿y si la liábamos y perdíamos? No podíamos echar por tierra todo lo trabajado. De hecho, los dos primeros cuartos fueron horrorosos, menos mal que nos centramos y ganamos. Me sorprendió el gesto de la afición turca, con bengalas encendidas nos hizo un pasillo para darnos la enhorabuena. Y en el vestuario se armó la fiesta, los fisios nos regaron a todas con un cubo de agua y brindamos por lo conseguido”, destaca Lucía Soria.

“Fue uno de los momentos más bonitos que he vivido en mi carrera deportiva, no solo por el objetivo que se conseguía, sino porque también tenía a mi hermano, a mi primo y a mi pareja en la grada”, asegura Lourdes Ortega. Una de las benjaminas de la selección, Beatriz Zudaire, se expresa en la misma línea: “Estábamos en una situación importante y logramos algo histórico, por suerte tenía a mi familia allí y vivirlo de esa manera no se puede comparar con nada. Aguanté las lágrimas hasta que mi madre me abrazó y me dijo al oído, ‘Ya tocaba ser feliz’. Fue un momento especial con mis compañeras, éramos conscientes de que cumplíamos un sueño”.

Jugadoras de la selección en un partido del Europeo. Fuente: FEDDF

También para Sara Revuelta fue indescriptible lo vivido. “Cuando ganamos a Francia la emoción era brutal, sabíamos que nos quedaba un pasito, vencer a Turquía, que nos lo puso más difícil de lo esperado. De hecho, en la primera parte no jugamos a nada, no nos divertíamos. Después nos dejamos llevar, no queríamos clasificarnos con un sabor agridulce”, dice. No había nacido aun cuando el entrenador Ramón Gisbert y un puñado de pioneras debutaban en Barcelona’92 y allanaban el camino a las siguientes generaciones.

“Nos acordamos de los últimos cuatro años, desde que jugamos el Europeo de Worcester (Gran Bretaña) en 2015 y perdimos la plaza para Río 2016. Pensabas en todas las jugadoras y personas que han formado parte de la selección española en años anteriores y que han puesto su granito de arena para que nosotras consiguiésemos esa clasificación. Teníamos tristeza porque Sonia Ruiz faltó a ese último partido y nos dolió no poder celebrarlo con nuestra capitana”, relata Revuelta.

Precisamente, la base murciana, la batuta y alma de este equipo, no pudo estar en el choque decisivo frente a Turquía porque tuvo que marcharse para votar como diputada en el Pleno de la Asamblea Regional de Murcia. “Lo viví todo telefónicamente. Recuerdo los nervios durante el partido, que lo tenía puesto en el móvil durante la votación, porque no conseguíamos dominarlo. Estaba en la cafetería y recibí una videollamada de mis compañeras desde el vestuario celebrándolo y cantando. Me dolió no poder estar allí”, recalca Ruiz, una de las jugadoras que formó parte de aquella reunión en Dos Hermanas (Sevilla) en 2002 donde la selección femenina volvió a resurgir tras años en el olvido.

En aquella cita también estuvo Vicky Alonso, otra de las veteranas con más de 120 internacionalidades y que ha contribuido al éxito de este equipo. En Rotterdam, la gallega quiso aportar en la cancha para ayudar a las suyas pese a sufrir una fractura en la pelvis. “Llevaba casi 20 años luchando por ese objetivo, desde el Europeo en 2003, y no me lo quería perder. Estaba muy jodida por mi lesión, era un querer y no poder, por mí hubiese jugado los 40 minutos de cada partido, pero la cadera la tenía inflamada y no podía ocultar el dolor. Son muchos años de dificultades, obstáculos y decepciones, así que cuando lo conseguimos fue un alivio, estaba inmensamente feliz”, sostiene.

Sonia Ruiz y Vicky Pérez en el Europeo. Fuente: FEDDF

La ‘artillera’ de España en el campeonato continental, Vicky Pérez, tendrá por fin la oportunidad de ir a unos Juegos Paralímpicos como protagonista sobre el parqué y no como fan de su marido, Alejandro Zarzuela, pívot de la selección masculina. “El día que matemáticamente estábamos dentro de los Juegos no conseguí disfrutarlo del todo. Me faltaba mi padre, falleció un año antes, era gran seguidor de este equipo y sentía que la clasificación llegaba tarde. Mi familia no iba a venir a verme, pero al notar mi estado agridulce cogieron un avión y se presentaron allí. Jugué los partidos para medalla con ellos en la grada, para mí fue muy especial, tengo la mejor familia del mundo”, afirma.

“A este equipo le hace fuerte su historia y ese campeonato lo demuestra, fueron días difíciles para muchas, con problemas y situaciones complejas. Es como el ‘ave fénix’, de sus cenizas sale una y otra vez. Y ahora toca ver si realmente muere ese sueño porque se ha hecho real”, añade. La ala-pívot madrileña ha sido una de las jugadoras de las clases 4,0 y 4,5 que ha superado la revisión exigida por la Federación Internacional de Baloncesto en Silla de Ruedas para poder competir. Su alegría es incompleta ya que la andaluza Veva Tapia todavía no cuenta con el visto bueno: “Somos muy amigas, hemos sufrido juntas y aunque yo tenga el apto, sigo en la espera con ella”.

Para este grupo de ‘guerreras’, que ha tenido que reinventarse muchas veces, estar en la cita de Japón es la recompensa a años de sacrificio y arduo trabajo. “Es un premio que hay que saborearlo”, coinciden. Eso sí, tendrán que aguantar un año más por culpa de la crisis sanitaria del Covid-19. “Ha sido un giro digno de guion de película. Que lo retrasen está añadiendo un grado de ansiedad y dramatismo, la incertidumbre no nos está permitiendo disfrutarlo, pero la ilusión sigue estando. La espera habrá merecido la pena”, apostilla Abraham Carrión.

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