A dos semanas para que se encienda el pebetero el próximo 6 de marzo, los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026 se ven sacudidos por una tormenta política que amenaza con eclipsar el espíritu deportivo. La decisión del Comité Paralímpico Internacional (IPC) de permitir que Rusia y Bielorrusia compitan bajo sus propias banderas e himnos nacionales ha provocado una reacción frontal del Gobierno italiano, el rechazo de Ucrania y el anuncio de boicot por parte de la Comisión Europea.
Italia, anfitriona de la cita, ha sido tajante. El ministro de Asuntos Exteriores, Antonio Tajani, y el ministro de Deportes, Andrea Abodi, expresaron su “rechazo absoluto” a la resolución adoptada por el IPC. Consideran que la restitución plena de símbolos nacionales a Rusia y Bielorrusia contradice el contexto internacional actual y ha solicitado formalmente que el organismo reconsidere su postura. Según el Ejecutivo italiano, más de una treintena de países comparten esa inquietud.
La controversia es especialmente sensible porque, en los Juegos Olímpicos, los deportistas rusos han competido bajo bandera neutral y sin representación oficial por equipos. En cambio, en Milán-Cortina podrían desfilar con su enseña nacional y escuchar su himno en caso de victoria. Sería la primera vez que la bandera rusa ondea en una cita paralímpica desde Sochi 2014.
Sin representación institucional ucraniana
Desde Kiev, la respuesta fue inmediata. El ministro de Deportes ucraniano, Matvii Bidnyi, calificó la medida de “indignante” y anunció que ningún representante institucional de su país acudirá a la ceremonia de apertura ni a actos oficiales.
La ausencia será un gesto político claro. Ucrania considera incompatible la presencia de símbolos nacionales rusos y bielorrusos con la continuidad de la guerra. La protesta institucional añade presión a un evento que debería centrarse exclusivamente en el rendimiento deportivo.
La Comisión Europea también ha tomado posición. El comisario europeo de Deportes, Glenn Micallef, confirmó que no asistirá a la ceremonia inaugural en el Arena de Verona. En un mensaje público, afirmó que no puede respaldar la reinstauración de banderas e himnos nacionales mientras continúe la guerra en Ucrania.
El gesto institucional de Bruselas refuerza la dimensión política del conflicto y sitúa al país anfitrión en una posición incómoda: organizar unos Juegos bajo el paraguas del IPC, pero en desacuerdo con una de sus decisiones clave.
Un regreso polémico
Rusia y Bielorrusia habían sido excluidas de las competiciones paralímpicas tras la invasión de Ucrania en 2022. Sin embargo, en septiembre pasado, la Asamblea General del IPC levantó las suspensiones parciales, devolviendo a ambos comités sus derechos como miembros plenos.
El retorno llega en un momento de máxima sensibilidad y reabre el debate sobre la neutralidad del deporte frente a los conflictos internacionales. A menos de un mes del inicio de los Juegos, el foco se desplaza inevitablemente de las pistas nevadas al terreno diplomático.
Milán-Cortina ultima preparativos logísticos y deportivos, pero el clima político ya anticipa unos Juegos marcados por la tensión. El 6 de marzo comenzará la competición. La incógnita es si el ruido exterior permitirá que el protagonismo vuelva a los atletas o si el pulso diplomático seguirá ocupando el centro del escenario.
