Cristian Westemaier Ribera nació en Rondônia, en la selva amazónica al noroeste de Brasil, y creció en Jundiaí, en el estado de São Paulo, donde el invierno apenas se anuncia con una brisa más fresca y el blanco pertenece a las nubes, no a la tierra. Allí, en un país que respira fútbol y calor tropical, comenzó la historia de un hombre que aprendió a amar la nieve sin haber crecido en ella.
Fue un niño curioso, inquieto y observador. Aprendió pronto que el esfuerzo era un valor central en su familia, nada se regalaba, todo se construía. Hasta los 11 años se sometió a 21 cirugías en las piernas debido a una artrogriposis múltiple congénita que afectaba las articulaciones de sus extremidades. Fueron años de quirófanos, terapias y rutinas exigentes, pero también de una convicción inquebrantable: la discapacidad no definiría el alcance de sus sueños.
Como parte de su rehabilitación, los médicos lo alentaron a practicar deportes. Era necesario fortalecer músculos, ganar coordinación y estimular la independencia. Lo que comenzó como tratamiento terminó convirtiéndose en pasión. Practicó natación, atletismo, tenis, capoeira, skate e incluso baile. “El deporte me hizo ser quien soy; me dio independencia y me impulsó a dar lo mejor de mí en todo, a superarme como persona”, explica.

Flechazo con el esquí de fondo
Brasil no tiene tradición en deportes de invierno ni pistas de esquí con nieve natural. Sin embargo, Cristian se sintió atraído por el esquí de fondo paralímpico, una disciplina de resistencia extrema que exige potencia de brazos, técnica depurada y fortaleza mental. Tal vez hubo algo simbólico en esa elección: un brasileño con antepasados europeos buscando en la nieve una parte de su historia. “Mi bisabuelo era alemán y durante la Segunda Guerra Mundial vino a Brasil para intentar tener una vida mejor”, recuerda.
Ribera fue introducido en el esquí nórdico en 2015 como parte de un proyecto impulsado por la Confederación Brasileña de Deportes de Nieve (CBDN), con el apoyo del área de desarrollo del Comité Paralímpico Internacional.
El primer obstáculo fue geográfico. ¿Cómo entrenar en un país sin nieve? La respuesta fue el ingenio. Entrenaba con rollerski, que simulan los esquís, pero sobre asfalto, en sesiones interminables bajo el sol. Mientras sus rivales perfeccionaban detalles en circuitos nevados, él repetía técnica sobre pavimento caliente. El sonido no era el crujir de la nieve, sino el roce constante de las ruedas contra la carretera.
“En casa solemos entrenar con temperaturas de 30 o 35 grados. Es difícil adaptarse, pero con el tiempo te acostumbras. Hago 300 horas al año de entrenamiento en rollerski”, asegura. No vio la nieve real hasta los 14 años, en Suecia. Allí entendió que el desafío era mayor de lo imaginado: el frío cortante, la textura cambiante del terreno, la velocidad que exige precisión en cada curva. Pero también descubrió que estaba a la altura. Que no era un invitado exótico en un deporte ajeno, sino un competidor legítimo.

Una progresión meteórica
En 2018 ganó sus primeras medallas en la Copa del Mundo: una plata y un bronce en Vuokatti (Finlandia). Ese mismo curso, con solo 15 años, en Pyeongchang se convirtió en uno de los debutantes más jóvenes en unos Juegos Paralímpicos de Invierno. Lejos de intimidarse, compitió con entusiasmo y terminó sexto en la prueba de 15 kilómetros en categoría sentado. Aquella experiencia le confirmó que el podio no era una fantasía lejana, sino una meta alcanzable con más trabajo.
En el siguiente ciclo paralímpico los resultados comenzaron a respaldarlo. Su nombre empezó a aparecer entre los mejores, llegaron medallas y podios frente a potencias históricas del esquí de fondo. En enero de 2022 conquistó la plata en el Mundial de Lillehammer (Noruega). Sin embargo, el camino hacia los Juegos de Pekín de ese mismo año estuvo marcado por la pandemia, que alteró calendarios, restringió viajes y limitó entrenamientos. Prepararse para un deporte de invierno desde un país tropical ya era complejo; hacerlo en medio de restricciones globales lo fue aún más.
Llegó con menos rodaje competitivo del deseado y con dificultades físicas, tras sufrir hasta tres episodios de COVID-19 en la antesala del evento. Volvió a quedarse a las puertas del podio. Allí, en la nieve china, no solo Cristian llevó la bandera de la familia Ribera: su hermana menor, Eduarda, había competido semanas antes en los Juegos Olímpicos de Invierno. Hoy ambos comparten entrenador, su hermano Fábio Ribera.

A por la medalla paralímpica en Milán-Cortina
El joven transformó aquella frustración en aprendizaje. En los años posteriores consolidó su madurez deportiva, perfeccionó detalles técnicos y fortaleció su preparación física. Su palmarés creció hasta acumular una veintena de medallas en Copas del Mundo, además de metales en campeonatos mundiales: bronce en 2023 en Östersund (Suecia), dos bronces en Toblach (Italia) y un oro en sprint en Noruega en 2025.
Medallas que reforzaron su confianza y dieron visibilidad a Brasil en un mapa deportivo donde no figuraba. Ahora la mirada está puesta en los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026, en las montañas de los Dolomitas italianos. Con apenas 23 años, será su tercera cita paralímpica, pero en muchos sentidos la primera a la que llega en plenitud. “Será diferente. Espero grandes cosas”, afirma con convicción.
“Quiero dar lo mejor de mí, eso podría significar una medalla. Siempre me he estado preparando para este momento. Desde que elegí ser deportista decidí que sería medallista paralímpico. Este sueño nunca ha cambiado ni cambiará”, añade.
La trayectoria de Cristian Ribera es una lección de persistencia. Entrenó sin nieve, soñó sin tradición, compitió sin referentes locales. Y aun así convirtió la ausencia en impulso. Si logra subir al podio, la imagen tendrá una fuerza especial: un brasileño forjado bajo el sol coronándose en la nieve europea. Y detrás de esa medalla no habrá solo metal, sino años de asfalto, disciplina heredada y la certeza de que el esfuerzo, cuando es sostenido, siempre encuentra su recompensa.
