En unos días, Jen Lee, portero del equipo estadounidense de hockey sobre hielo en trineo, volverá a encender la pasión en los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026. A sus 39 años, con reflejos felinos y una agilidad asombrosa, es capaz de regalar una sonrisa desde el otro lado de la pista mientras defiende la portería con una valentía que ha definido su carrera. Pero detrás de esa sonrisa hay una historia de resiliencia, sacrificio y reinvención. Una vida que une la infancia en Taiwán, la emigración a Estados Unidos, el servicio militar, un accidente que lo cambió todo y una carrera deportiva extraordinaria.
Nació en Taipéi, Taiwán, y emigró a Norteamérica a los ocho años junto a sus padres y sus dos hermanas. Un tío, convencido de que necesitaba un nombre más americano, lo bautizó Horitius. Creció en San Francisco, donde practicó baloncesto y atletismo, y descubrió el patinaje en línea en la escuela. El deporte se convirtió en su vía de integración y expresión, aunque el destino le tenía reservados desafíos mucho mayores.

El impacto del 11-S y su carrera militar
Los atentados del 11 de septiembre de 2001 marcaron un antes y un después. Impulsado por un profundo sentido del deber, se alistó en el Ejército tras graduarse del instituto en 2004. “De pequeño veía películas bélicas, leía libros y jugaba con G.I. Joes. Pero aquello me dio la motivación real para alistarme”, recordaría después.
Comenzó como mecánico de aeronaves y, en 2007, fue desplegado en la guerra de Irak. Las largas jornadas y el calor extremo pusieron a prueba su resistencia física y mental. “Tuve una buena carrera militar durante mi juventud. Me enseñó el valor del trabajo en equipo, la camaradería y anteponer a los demás a uno mismo”, afirmó.
Su trayectoria dio un giro inesperado en marzo de 2009. Destinado como sargento de estado mayor en Savannah, Georgia, sufrió un accidente de motocicleta en Jacksonville, Florida, al ser atropellado por un vehículo. La consecuencia fue devastadora: la amputación de su pierna izquierda por encima de la rodilla. “Lo primero que pensé fue: ‘¿Podré volver a caminar? ¿A correr? ¿Podré seguir sirviendo a mi país?’”, confesó.

Una nueva misión sobre hielo
Tras el accidente fue trasladado al Brooke Army Medical Center, en San Antonio, Texas, donde comenzó una exigente rehabilitación física y emocional. Allí conoció Operation Comfort, organización sin fines de lucro que ayuda a veteranos heridos a descubrir el deporte como herramienta de recuperación.
Probó baloncesto en silla de ruedas, voleibol y otras disciplinas. Pero cuando escuchó hablar del hockey en trineo quedó sorprendido. “Ni siquiera sabía que se podía jugar al hockey con una discapacidad. Me apunté de inmediato. En mi primera práctica con otros miembros del servicio me enamoré”, contó.
Lo que empezó como terapia se convirtió en pasión y vocación. “Es el deporte más rápido que existe. Y tiene muchas similitudes con el Ejército”, aseguró. Su vínculo con el hockey también venía de la infancia, alimentado por películas como The Mighty Ducks, que le enseñaron la importancia del trabajo en equipo y la disciplina.

Búsqueda de equilibrio
Su progresión fue meteórica. En pocos años se ganó un lugar en la selección estadounidense y debutó en los Juegos Paralímpicos de Sochi 2014 como portero suplente, donde el equipo conquistó el oro. Poco después, su madre falleció a causa de un tumor cerebral. “Había muchas emociones que no sabía cómo procesar”, admitió.
El duelo se sumó a experiencias pasadas: las burlas sufridas en la escuela, la adaptación como inmigrante, las exigencias del Ejército. En ese momento recurrió al budismo, la religión de su familia, y comenzó a meditar. “Me ayudó espiritualmente a encontrar equilibrio. Ahora soy más agradecido”, afirmó.
Ese proceso de introspección le permitió sanar y redefinir prioridades. También decidió completar su formación académica: se tomó dos años fuera del equipo nacional para estudiar en la Universidad de Texas, donde obtuvo un título en administración y gestión deportiva y fitness.
Consolidación y liderazgo
Con el paso del tiempo se consolidó como pieza clave de la selección. Ha conquistado cinco títulos mundiales (2012, 2019, 2021, 2023 y 2025) y dos platas (2013 y 2024). En Pyeongchang 2018 logró su segundo oro paralímpico. Pero su gran momento llegó en Pekín 2022, ya como portero titular. Allí firmó una actuación memorable en la conquista del tercer oro consecutivo para Estados Unidos: mantuvo su portería invicta durante cuatro partidos y detuvo 16 disparos en la final ante Canadá, que terminó con un contundente 5-0.
“Fue la primera vez que sentí que realmente ayudé desde el hielo. Pensé en mi familia. Llegué a Estados Unidos como inmigrante desde Taiwán y sé lo mucho que sacrificaron. Mi sueño de ser deportista de élite, aunque el camino fuera distinto al que imaginaba, era un logro enorme”, recordó.
Ahora, con los Juegos Paralímpicos de Milán-Cortina, afronta un nuevo desafío: mantener su portería invicta y conquistar el cuarto oro consecutivo. Entre protecciones, casco y su pequeño trineo, Jen Lee no es solo un guardián de élite. Es un símbolo de resiliencia, liderazgo y transformación. Su historia va mucho más allá del hielo, es una lección de adaptación, perseverancia y pasión por la vida y el deporte.
