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Teresa Perales: «El secreto del éxito está en la cabeza»

Javier Martínez
Javier Martínez
Publicado: 10/01/2014 18:01

Esta nadadora paralímpica, es la deportista española con mejor palmarés, con 22 medallas en los Juegos

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Eduardo García/laopinioncoruna.es. Teresa Perales Fernández nació en Zaragoza en 1975 y es la deportista española con mejor palmarés de la historia y una de las más laureadas del mundo.

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Discapacitada desde los 19 años a causa de una neuropatía, es hoy el icono deportivo que mejor sugiere la idea de superación y éxito.

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Tiene 22 medallas paralímpicas en natación (las mismas que tiene Michael Phelps como nadador olímpico), a las que hay que añadir otras 22 en campeonatos de Europa y 11 en campeonatos del mundo.

Tiene la Real Cruz al Mérito Deportivo, el año pasado fue finalista del premio Príncipe de Asturias de los Deportes, pertenece al Consejo de Atletas del Comité Paralímpico Internacional, ha participado en cuatro citas paralímpicas y fue diputada en las Cortes de Aragón. Escribe libros, da conferencias, tiene una empresa de coaching (entrenamiento mental), es diplomada en Fisioterapia y fue profesora de la Universidad de Zaragoza. Está casada y tiene un hijo.

–¿Cuál es el secreto del éxito?
–No tengo ni idea. Si lo supiera sería multimillonaria. Supongo que el secreto está en la cabeza, en la capacidad que tengamos de sacar lo mejor de nosotros mismos y en la capacidad para adaptarnos a las circunstancias.

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–¿Se recuerda saltando y dando brincos?
–Es que yo no paraba. Hasta hacía kárate. Mi discapacidad fue sobrevenida, a los 19 años. Y me costó trabajo convencerme de que esa discapacidad no podía verla como una tragedia porque hay millones de cosas que puedo seguir haciendo. La gente piensa que quedarme en una silla de ruedas es lo peor que me ha pasado en la vida. Y no es cierto.

–¿Qué ha sido lo peor?
–Mire, rebuscando fotos me encontré con una en la que no estoy sonriendo, yo que no paro de sonreír. Yo tenía en esa fotografía unos 16 años y mi padre se había muerto unos meses antes. Murió con 45 años y ése sí fue un momento dramático de verdad. Lo mío tiene solución, lo de mi padre, un hombre extraordinario, no.

Llegó a Zaragoza sin nada, con una caja de mudas, y trabajó sin parar para que no nos faltara de nada. Un buen día se nos fue y cómo le explico yo a mi hijo lo maravilloso que era su abuelo.

–¿La sonrisa es un salvoconducto?
–Cuando por la mañana me pregunto qué ropa me pongo he comprobado que la sonrisa pega con todo. La sonrisa es una puerta abierta, te cambia y ayuda a cambiar a los demás.

–Cuénteme cómo se supera una situación como la que usted ha vivido.
–En tres meses pasé de saltar a verme en una silla de ruedas. La primera tentación, quedarme en casa. Observaba que la gente me trataba de forma diferente, como si yo personalizara un proyecto de vida frustrado. Pero aprendí que la sociedad no es el enemigo, las peores trabas siempre me las he puesto yo. Recuerdo que lo primero que hacía cuando despertaba era mirarme los dedos de los pies para ver si observaba en ellos algún movimiento. Y así un día y otro día. Una mañana dejé de mirarme los dedos y creo que esa mañana fue cuando comencé a mirar hacia delante.

–Y se metió en la piscina.
–Bueno, eso tiene su historia. Mi conexión con la nueva vida comenzó a través del agua. A mí no me gustaba nadar, de hecho mis padres me llevaron de niña a un cursillo de natación y no aprendí. En esta ocasión me puse un chaleco salvavidas y me tiré.

Y comprobé que en lugar de mirar a la gente hacia arriba la podía mirar a mí misma altura, y que tenía otra vez el control sobre mi cuerpo. Al segundo día me vio nadar Ramiro, quien fue mi primer entrenador, y me dijo: «Teresa, pero si tú sabes nadar». Y yo con el chaleco salvavidas, convencida de que no. Cuánto talento desperdiciamos con eso de poner etiquetas en plan de tú vales, tú no vales.

–De ahí, a 22 medallas paralímpicas.
–Sí. Cuando nos planteamos objetivos en la vida tenemos que ser ambiciosos, porque cuanto más lejos queramos llegar, más lejos llegaremos. Y si nos quedamos cortos nunca hay que pensar que hemos fracasado. En la vida aprendemos a todo, a perder y a ganar.

–¿Sería un fracaso no lograr medalla en los Juegos de Río de Janeiro 2016?
–¿Fracaso? En absoluto. Sé que estoy jugando la prórroga. No aspiro a las seis medallas de Londres. Este próximo verano se va a celebrar el Campeonato de Europa y voy a ver. Cada ciclo deportivo significa una etapa personal distinta.

–¿La clave es la motivación?
–La motivación es muy importante, pero si no la llevas a la práctica, pues nada de nada. No se trata de meter una marcha directa porque hay que adaptarse a las circunstancias, pero tampoco andar buscando atajos. No hay que sentir miedo porque el miedo puede hacer que nos paremos antes de iniciar un proyecto.

Sin miedo tienes más posibilidad de aprovechar las oportunidades, y cuantas más oportunidades aprovechas más oportunidades generas. Me fijo en el lema paralímpico «Mente, cuerpo, espíritu» y añado pasión y alma, y no esperar a que los demás te digan cuándo tienes que hacer las cosas, porque te quedarás sin subirte a ese tren de tu vida que pasa y no vuelve. Nadie garantiza el éxito, pero merece la pena intentarlo.

–¿El éxito también tiene un poco de trampa?
–El miedo al éxito. Yo lo tuve. Me acuerdo de mi primera medalla de oro, en los Juegos de Atenas. La buscaba con toda mi alma, pero en el fondo había algo que me frenaba. Y si la gano, ¿qué pasará después?, ¿quién me va a proteger de ese éxito?

–¿Qué es la felicidad?
–Es difícil contestar. No se puede medir, ni tocar ni hay recetas para conseguirla. Es un sentimiento, una emoción, y solo somos nosotros los que lo podemos generar. Pero tengo muy claro que si no eres feliz, nunca serás capaz de hacer felices a los demás.

–A usted la supongo muy, muy feliz.
–Lo soy. No cambiaría la vida que he tenido hasta ahora. Tengo muchos motivos para serlo. Ahora bien, vivir en silla de ruedas no es cómodo, tuve que asumir que el mundo no está del todo preparado para mi discapacidad. Aquí hay mucho de aprendizaje. Todos hemos sentido la magia del primer beso, del sabor del primer caramelo, de la primera vez que te metes en una piscina. Mi hijo de
tres años está descubriendo cosas todos los días, y yo con él.

–¿Y qué le dice de la silla de ruedas?
–Estábamos en el baño, duchándonos juntos. Yo le pedí: ´¿Me puedes acercar la silla?´. Él se quedó mirando y me preguntó: ´¿Tú siempre andas con silla de ruedas?´. Tragué saliva y le contesté: ´Pues sí, cariño´. Y él, con toda la naturalidad del mundo, me dijo: ´Ah, vale, pues te la acelco´.

Ya pertenece a una generación que va a ver la discapacidad como algo absolutamente natural. Nosotros todavía vivimos en una sociedad que nos transmite muchas creencias limitantes, que nos impide ver en la gente todo su talento oculto. Esa sociedad es la única que me ha hecho sentir minusválida. Yo también tengo mucha creencia limitante, no se crea.

–¿Por ejemplo?
–Pues cuando me pongo a escribir. Hice un libro, se vendió muy bien pero pensé que nunca más.Y, sin embargo, no fue así. Estos días tengo que entregar el original de otro, La fuerza de un sueño, que saldrá para primavera. La pereza de enfrentarme a un folio en blanco. Así que no me queda otro remedio que luchar contra esa Teresa mala que me ataca a la voluntad. Pero suelo ganarla.

–No me cabe la menor duda.
–Es que soy maña. En Aragón tenemos una palabra, rasmia, que es echarle muchas ganas, ser muy echao p´alante. Yo me recuerdo en el colegio como una niña tímida, de las que nunca levantaban la mano en clase, no con complejos pero sí con mucha prudencia.

Siempre estaba ahí para todo el mundo, soy muy rocera, muy cariñosa. Con el tiempo me di cuenta de que caigo bien, que nadie me escupe cuando hablo.

–Estuvo en la India, estuvo en el Sáhara. ¿En silla de ruedas por el desierto?
–En el desierto no hay baños; como mucho, letrinas. Me lo planteé antes de decidirme a ir. ¿Cómo me iba a arreglar? Me compré una sillita de playa, le hice un agujero en el medio y me llevé un poncho para preservar un poco la intimidad. Y me las arreglé de maravilla. Las soluciones en la vida no tienen por qué ser grandísimas y complejísimas. A mí aquello me salió por 15 euros. Estoy convencida
de que la silla de ruedas va pegada a mi culo, es inevitable, pero no a mi cabeza. Hace poco conocí a una canaria de 88 años. La mujer había aprendido a nadar a los 65, cuando se jubiló. Y estaba en la piscina ¡haciendo 400 metros estilos! Es maravilloso y me lleva a pensar que en esta vida no hay límites si no quieres creer mucho en los límites.

–Y ahora se dedica al coaching.
–En plena crisis dejé mi trabajo y comencé con otro proyecto. No sé muy bien lo que me voy a encontrar.

–¿El coaching cómo lo explica?
–Entrenamiento mental, del que todos tenemos un enorme déficit porque nunca nos lo han enseñado en el colegio. El sistema educativo español no fomenta la inteligencia emocional, y así se explica que jóvenes con grandes notas no logren después abrirse todo el camino que merecen. Muchas personas necesitan un desmontaje emocional, una auténtica sacudida de valores. Hablaba hace poco con un alto ejecutivo que decía que todo su esfuerzo en la vida había tenido como objetivo su familia. Lo había conseguido todo, pero a su familia ni la veía. No podía disfrutar de aquello por lo que tanto luchó. Necesitamos activar nuestras capacidades, sacar más a flote nuestra parte creativa y humana. Nos movemos en una sociedad en la que todo cambia a gran velocidad, no lo podemos evitar, pero sí podemos tratar de llevar los cambios a nuestro terreno.

–Reivindica los sueños.
–Es estupendo soñar, pero lo más estupendo es que algunas veces la realidad supera esos sueños.

–Además de nadar, ¿en qué es Teresa Perales muy buena?
–Yo creo que como mamá soy muy buena, lo digo en serio. Es con lo que más disfruto. Y quiero que mi niño se crea que es alguien muy especial. No que vaya de sobrao por la vida, pero sí que sepa lo importante que es. No haber tenido a mi hijo es algo que no me hubiera perdonado jamás.

–¿De dónde saca tiempo?
–Me organizo haciendo malabares. A mí, como a todo el mundo, me gusta el sofá. Exprimo las horas, hoy no llegaré a casa antes de las once y media de la noche. La clave está en cómo disfrutar de ese tiempo. Y disfrutar del camino

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