Tel Aviv, 1968. Una ciudad aún marcada por el eco de la guerra. En las calles, los blindados avanzaban con el rugido grave del acero, y los soldados patrullaban bajo un sol sin tregua. Apenas un año antes, Israel había doblegado a la coalición árabe en la Guerra de los Seis Días, y celebraba el vigésimo aniversario de su independencia acogiendo los Juegos Paralímpicos. México había renunciado a organizarlos, y el país hebreo quiso mostrar al mundo una imagen de fuerza y modernidad.
Fue allí, entre ese aire militarizado y expectante, donde España enviaría por primera vez una delegación paralímpica. Eran once deportistas -nueve hombres y dos mujeres- procedentes de la Asociación Nacional de Inválidos Civiles. Al frente, Guillermo Cabezas, uno de los pioneros del deporte adaptado en el país. Entre ellos, una muchacha de Barcelona de apenas diecisiete años que no imaginaba que estaba a punto de abrir un camino que nadie antes había recorrido: Carmen Riu Pascual.
Aquella joven, víctima de la poliomielitis desde los siete años, se movía en silla de ruedas. “Mujer y con discapacidad, éramos inservibles para la gente. Nos trataban diferente, nos veían como bichos raros. El carnet de identidad ya nos marcaba: en nuestra profesión ponía ‘inválidos’. Para la sociedad no valíamos nada. Nos miraban como si fuésemos a infectarles algo. Era muy difícil, teníamos que superar muchas barreras”, recuerda.

La natación como rehabilitación
Los médicos habían recomendado la natación como rehabilitación, y sus padres convirtieron esa sugerencia en rutina. “Pasábamos los veranos en Castelldefels y me hacían nadar siete kilómetros diarios. En invierno iba a la piscina del Club Natació Catalunya, pero al tener discapacidad mis padres tenían que pagarle a un monitor una hora porque no me dejaban nadar con el resto de niños”, relata.
Ocho años de agua y de perseverancia, de brazadas solitarias bajo la mirada de una sociedad que aún no entendía. Más tarde, Carmen se unió al club deportivo de la ANIC, antecedente del Instituto Guttmann, y entrenaba los sábados en una piscina municipal. “Nos dejaban la más pequeña de los niños y nos apagaban las luces para que nadie se percatase de que estábamos allí entrenando”, confiesa. Así era la oscuridad en la que nadaban los pioneros.
Un día, alguien le preguntó si quería ir a Israel. Ella no sabía qué eran exactamente aquellos Juegos, pero aceptó sin dudar. “Quería vivir la experiencia”, dice. Sin preparación, sin medios, sin apenas recursos, Carmen y sus compañeros volaron a Tel Aviv cargados de ilusión. “No nos prepararon ni mentalizaron para el evento. Nos llevaron por probar. No tenía ni idea de cuáles eran mis marcas, solo pensaba en no quedar última”, recalca.
Alojados en barracones militares
Los deportistas se alojaban en barracones militares, separados por sexo. “Dormíamos chicas de varios países en grandes tiendas de campaña”, apunta. La inauguración, en el Estadio Universitario de Jerusalén, ante 10.000 espectadores, fue un estallido de emoción. “Ensayamos el desfile marcando el paso con la silla de ruedas. Los hebreos querían mostrar que eran personas civilizadas. Íbamos uniformados: nosotras con falda, ellos con pantalón gris y chaqueta azul oscuro. Aún conservo la ropa”, comenta.
Cuando llegó la hora de competir, Carmen y su compañera Rita Granada se trasladaban solas a la piscina en un camión del ejército. “Los soldados, como no sabíamos inglés, nos decían con gestos qué prueba tocaba”, afirma. En la primera, la barcelonesa ganó una plata en 50 metros braza; unas horas después, otra plata en 50 metros libre: “No se usaban marcadores electrónicos, era con cronómetro manual, y me ganaron por cuatro décimas”.
Guardó las medallas sin enseñarlas, le daba vergüenza colgárselas. “Cuando nos reunimos con el resto del equipo, no se creían que hubiera ganado dos. Me dijeron que las sacara para que nos hicieran fotos”, añade. Poco después, Miguel Carol sumaría una plata y un bronce. España había entrado en la historia de los Juegos Paralímpicos.

Peligro y asombro en el viaje a Israel
Con las pruebas terminadas, Carmen y Rita recorrieron Jerusalén, Haifa y Belén. Las guiaba un teniente sefardí que hablaba castellano antiguo. “Por las calles había muchos soldados y sonaban las alarmas todo el tiempo. Hacían simulacros para saber cómo esconderse en refugios en caso de bombardeos. Era frecuente que árabes e israelitas se apuntaran con las armas”, explica.
Pero Carmen tenía diecisiete años, y la juventud tiene la inocencia de no temer del todo: “Hasta que un día nos llevamos un buen susto. Íbamos de paseo y varios árabes en un camión empezaron a discutir con nuestro guía. Querían cambiarnos a las dos por una vaca”. Lo cuenta entre risas, pero aquel instante resume la mezcla de peligro y asombro de aquel viaje improbable.
Una efímera carrera como nadadora
Su carrera deportiva fue tan luminosa como breve. En los años que siguieron a Tel Aviv, Carmen brilló en los campeonatos de España y conquistó varias medallas de plata en los Juegos Internacionales de Stoke Mandeville, en Gran Bretaña, y en el Mundial de Saint-Étienne, en Francia. Pero aquella trayectoria de éxito resultaría efímera.
En 1972 viajó a sus segundos Juegos Paralímpicos, en Heidelberg, Alemania. El evento debía celebrarse en Múnich, junto a los Juegos Olímpicos, pero la organización decidió vender los apartamentos de la Villa Olímpica y trasladar la cita paralímpica a más de 250 kilómetros. A Carmen, aquello le pareció una afrenta.
“Gané la plata en 50 espalda, pero no quise la medalla. Cuando me la iban a entregar, la tiré al suelo como protesta, por eso no aparece en las estadísticas. Intentaron taparlo”, recuerda. Fue su último acto de rebeldía en el agua: “Con 21 años me retiré de la competición. No me parecía bien el trato que nos daban respecto a los olímpicos, competíamos en instalaciones distintas”.

Lucha por la dignidad
Esa personalidad volcánica, ese espíritu inconformista, se convirtieron en las armas con las que enfrentó la vida. “El deporte me ayudó a ver la vida de otra forma, demostré que valía para algo. Pude haber ganado más medallas, pero no me arrepiento, he hecho otras cosas importantes”, aclara.
Durante tres décadas, Carmen Riu ejerció como profesora de psicopedagogía. Fue representante de las mujeres de Cataluña ante las Naciones Unidas y miembro del Consejo de Europa en el área de Mujer y Discapacidad. Desde 2003 preside la Asociación Dones No Estàndards, una entidad que lucha por la inserción laboral y contra la violencia de género hacia las mujeres con discapacidad.
“Nos han puesto muchas barreras, y siempre intenté hacer justicia por nuestra dignidad. Para sobrevivir había que poner los puntos sobre las íes. Decidí rebelarme contra mi destino, de lo contrario, me habrían seguido tratando como a una basura”, afirma, sin un atisbo de rencor, pero con la misma firmeza que un día la hizo cruzar la piscina en silencio, cuando aún se entrenaba a oscuras. Así, entre rebeldía y valentía, Carmen Riu escribió la primera página del deporte paralímpico español.
