En el pabellón de Sarajevo, el eco del altavoz rompió el murmullo: “Most Valuable Player, number eight… Beatriz Zudaire”. La protagonista, enrojecida, apenas levantó la vista. No buscaba focos ni aplausos. Pero allí estaba, en el centro de la pista, convertida en la mejor jugadora del Europeo de baloncesto en silla de ruedas. A sus 25 años, la navarra es ya una referencia en el Viejo Continente, un nombre escrito con letras firmes en la historia del basket femenino.
Es la primera vez que una española consigue este premio. Zudaire lideró con talento y aplomo a una selección que sigue agrandando su legado con un tercer bronce consecutivo -tras los logrados en Madrid 2021 y Rotterdam 2023-. En Bosnia, firmó un torneo soberbio: 17 puntos, 9 asistencias y 5 rebotes de media por partido. Y en el duelo decisivo por la medalla, frente a Alemania (66-55), desplegó su mejor versión: 20 puntos, 12 asistencias y 7 rebotes. Una actuación redonda para coronar su madurez deportiva.
“Recibir el galardón fue un orgullo tremendo. No me lo esperaba; estaba hablando con mis compañeras cuando escuché mi nombre. Me daba mucha vergüenza estar allí con tanta gente, pero enseguida lo transformé en felicidad. He entrenado mucho para dar un paso más con la selección, y esa fue la recompensa. Estaba muy nerviosa, pero disfruté un momento irrepetible”, confiesa con una sonrisa tímida.

Arropada siempre por su familia
En las gradas, su mirada buscó a los suyos. Allí estaba su familia, con el corazón desbordado. Su madre no podía contener las lágrimas; aquellas mismas que tantas veces la acompañaron en los largos trayectos desde Pamplona hasta Vitoria, más de 200 kilómetros diarios para que su hija pudiera entrenar. Esos viajes, hoy, encuentran sentido en el brillo de una carrera ejemplar.
“Este reconocimiento tiene un valor muy especial. Es una satisfacción por todo el trabajo, por las horas invertidas para ser mejor. Sé que estoy en el camino correcto, aunque aún hay muchas cosas que pulir”, reconoce.
Sobre la pista, Bea acaricia el balón como quien interpreta una melodía conocida. Su juego es música: ritmo, pausa, improvisación. Con sus manos de prestidigitadora reparte magia y dirige el juego con serenidad. Es descaro e inteligencia, el metrónomo de la selección española. Desde que tomó el timón del equipo, se ha convertido en su guía silenciosa, en esa figura que hace mejores a las demás.

Convive con una enfermedad degenerativa
En Sarajevo dio un paso más. Si en los dos últimos campeonatos europeos ya había sido incluida en el quinteto ideal, ahora alcanzó la cima con el trofeo de mejor jugadora del torneo. Pero el reconocimiento no llega sin esfuerzo. Zudaire convive con una enfermedad degenerativa que convierte cada entrenamiento en una batalla contra el cansancio.
“El trabajo físico es lo que más me cuesta, por eso me he centrado mucho en ello estos años. Mi enfermedad hace que la fatiga juegue en mi contra, y no siempre es fácil encontrar el equilibrio entre rendimiento y salud. Por eso este logro me llena de orgullo, porque sé lo que hay detrás: mucho esfuerzo y constancia. También he trabajado la parte psicológica; me ayuda a ser consciente de mis errores y a mejorar. La cabeza es mi gran aliada en la pista”, asegura.
Lleva una década ligada al baloncesto, un deporte que siente metido en vena desde que seguía embelesada los partidos del Basket Navarra en el pabellón de Anaitasuna. Los ojos de aquella niña rebosaban sueños cada vez que veía una canasta. Sin embargo, durante años tuvo que conformarse con lanzar el balón entre las paredes del patio junto a su casa: en su ciudad no existían clubes, y para entrenar debía desplazarse hasta Vitoria. Convenció a su padre, aunque no fue sencillo. “Eran muchas horas de carretera, mal tiempo, y él tenía miedo”, recuerda.

Una batalla contra la fatiga y la falta de fuerza
Su primer día sigue grabado en la memoria. “Me senté en la silla de ruedas, hice tres tiros y me fui. Ya había cumplido un sueño, solo quería probarlo. Pero mi entrenador, Lander Lozano, me dijo: ‘Si entrenas mucho, llegarás a la selección femenina’. Me reí… pero tenía razón. Nunca imaginé que llegaría a este nivel”, apunta.
A los seis años le diagnosticaron una enfermedad neuromuscular degenerativa que afecta a sus extremidades inferiores y a la cadera. Hasta los nueve pudo caminar sin dificultad, pero con el tiempo la fatiga, la falta de fuerza y la pérdida de coordinación comenzaron a hacer mella. Amaba el fútbol, aunque poco a poco comprendió que ya no podía seguir el ritmo del balón.
Aprendió a convivir con la discapacidad sin renunciar al deporte. Encontró en la natación una vía de escape y rehabilitación: en el agua se sentía libre, lejos de los hospitales y las pruebas médicas, y llegó incluso a conquistar medallas a nivel nacional. Pero el destino tenía forma de balón naranja. Cuando el Zuzenak de Vitoria le abrió sus puertas, cambió el bañador por la camiseta. Su progresión fue meteórica, tras un par de temporadas en el club vitoriano, fichó por el UCAM Murcia, donde ganó una Euroliga 3. Desde hace dos años defiende los colores del Fundación Aliados de Valladolid, en la Superliga española.
Tres bronces europeos con España
Su capacidad de pase, su imaginación y su lectura del juego le han otorgado galones en la selección. Cada ataque pasa por sus manos. Rodeada de jugadoras como Isa López, Sonia Ruiz, Naiara Rodríguez, Sara Revuelta, Lourdes Ortega, Vicky Pérez o Vicky Vilariño, ha vuelto a subir al podio continental.
“Era un reto. Llevábamos dos bronces, conseguir un tercero era muy difícil. Fuimos con la idea de hacer un buen papel. No fue fácil el partido por el bronce porque Alemania llevaba tiempo preparándolo y quería revancha. Tuvimos mucha cabeza para afrontarlo, y esa fue la diferencia: la concentración. Ganar fue completar el desafío”, explica.
España solo cedió ante Países Bajos y Gran Bretaña, las dos grandes potencias europeas. “Nosotras estamos en otro punto, aprendiendo a conocernos y a jugar de la forma que nos lleve al máximo rendimiento. En el Europeo, por momentos, pudimos competir contra esas dos selecciones, que están entre las tres mejores del mundo. Estamos más cerca, pero aún debemos reducir al máximo los errores para poder pelear con ellas más minutos”, reflexiona.

La repesca del Mundial de 2026, el objetivo
El horizonte inmediato está claro: la repesca para el Mundial de Canadá, donde habrá cuatro plazas en juego. “Es nuestra responsabilidad clasificarnos, sin excusas. No sabemos aún todos los rivales, pero tenemos nivel suficiente. Y una vez allí, queremos sentirnos competitivas. Ya no nos vale con clasificarnos, debemos aspirar a más. Quizás no a medalla todavía, porque es difícil pasar de cero a cien, pero tengo esa espinita de no haber sido realmente competitiva en los grandes torneos”, admite con franqueza.
Aquella espina se clavó en Tokio 2020 y París 2024, donde el equipo no alcanzó su mejor versión. Por eso, Los Ángeles 2028 aparece como una meta innegociable. “Estar allí es obligatorio. Clasificarse será complicado, hay pocas plazas, pero ya hemos jugado dos Juegos. El trabajo no puede quedarse ahí, tenemos que dar el salto a nivel mundial. No basta con ir; debemos ser ambiciosas”, sentencia con convicción.
Mientras tanto, Zudaire seguirá creciendo en Valladolid, donde su talento madura cada temporada. Pero su corazón mira más al norte, hacia su tierra. Sueña con vestir algún día la camiseta del BSR Navarra, el club que su familia impulsa con su hermano Alberto como presidente y entrenador.
“Es un proyecto precioso, para que nadie tenga que irse de Navarra a jugar, como me pasó a mí. Este verano disputé un amistoso con ellos y, al ponerme la camiseta, me puse muy nerviosa. Es un objetivo personal. Me haría muchísima ilusión jugar en el equipo de mi tierra algún día”, confiesa Bea Zudaire, la joven que soñaba con canastas en Anaitasuna y que hoy guía a una generación.
