El mar rugía con fuerza, como si quisiera poner a prueba a quien osara desafiarlo. La espuma besaba la orilla con un susurro blanco y efervescente. Enfundada en su traje de neopreno, Sarah Almagro avanzaba decidida hacia el oleaje. Nada en su gesto denotaba fragilidad. Al contrario, parece que el océano la reconoce, que el viento la saluda. En Oceanside, California, volvió a reinar. Por segunda vez, campeona del mundo de surf adaptado.
Hace apenas siete años, la vida de esta malagueña pendió de un hilo tan delgado que parecía imposible volver a entrelazarlo con el futuro. En 2018, con 18 años, tras celebrar sus excelentes notas de Selectividad, comenzó a sentirse mal. Fiebre, dolor de cabeza, vómitos… En el centro de salud le dijeron que era una simple gastroenteritis.
Pero Silvia Vallejo, guiada por ese instinto que solo las madres comprenden, no se conformó. La llevó de urgencia al Hospital Costa del Sol de Marbella. Aquel gesto, casi intuitivo, le salvó la vida. Unas horas más y todo habría terminado. Los médicos diagnosticaron una meningitis meningocócica. La infección se había extendido a la sangre, provocando una septicemia que derivó en un colapso multiorgánico.

En coma y cuádruple amputación
Sarah fue ingresada en la UCI, entubada, en coma inducido, conectada a máquinas que sostenían una vida que se apagaba. “Los médicos dijeron a mis padres que no se alejaran esa primera noche, porque todo apuntaba a que tendrían que despedirse de mí”, recordaría después con una serenidad que solo nace de haber mirado de frente a la muerte. Durante las primeras 72 horas le practicaron maniobras arriesgadas, a cara o cruz.
Todo salió bien, pero la victoria tuvo un precio alto. La infección había dañado su sistema vascular, parte de sus extremidades quedaron sin riego sanguíneo. Las necrosis avanzaban, implacables. Tres semanas después, los médicos le comunicaron que debían amputarle manos y pies. Quisieron hacerlo a la altura de los hombros y de la ingle, pero sus padres se negaron. Lograron que conservara codos y rodillas, lo que facilitaría el uso de prótesis. Aun así, el golpe fue devastador.
“Fue un shock. Nadie te prepara para algo así. Lloré, me pregunté qué había hecho mal para que me pasara esto. Pensé que sería una inútil, que nadie me querría. Mi madre me preguntó: ‘¿Era Stephen Hawking un inútil?’. Eso me cambió el chip. No soporto dar lástima. Ante una situación traumática hay que sacar el lado positivo, buscarle sentido a las cosas y luchar por ellas”, confiesa.

Una reconstrucción con el deporte
Con apenas 34 kilos, en silla de ruedas y conectada a una máquina de diálisis, Sarah inició un camino de reconstrucción. Su padre, Ismael, le donó un riñón. La rehabilitación fue lenta, dolorosa, pero constante. Cada movimiento, cada esfuerzo, era un acto de desafío contra la oscuridad. Y entonces, el mar. El surf, ese viejo sueño de infancia, se convirtió en su tabla de salvación, en su psicólogo, en su refugio.
“Siempre quise ser deportista de alto nivel, pero de pequeña no podía dedicarme a un deporte porque los fines de semana los pasábamos en familia ya que mis padres trabajaban durante el resto de los días. Ahora estoy cumpliendo el sueño de aquella niña. Y quién me lo iba a decir, si en 2018 me daban por muerta”, asegura.
Junto a sus padres, Sarah emprendió una cruzada que fue más allá de las olas: lograr que se incluyera la vacuna tetravalente contra el tipo de meningitis que ella sufrió en el calendario gratuito de vacunación de España. Fue una batalla dura, tejida de noches en vela, redactando informes, llamando a puertas que se cerraban y volviendo a llamar hasta que alguna se abría. Meses de obstinada insistencia, de fe en que su tragedia podía evitar la de otros.
Esa lucha fue su manera de devolver la inmensa ola de solidaridad que había recibido cuando la ciudadanía respondió al llamado de ayuda para financiar sus prótesis. De aquel impulso nació ‘Somos tu ola’, una asociación sin ánimo de lucro que permitió cubrir los altísimos costes de las prótesis que necesitaba para recuperar una vida normal y seguir practicando deporte.

Unas prótesis biónicas en las manos
Las que ofrecía la sanidad pública eran rudimentarias, casi arcaicas, “como los ganchos de las máquinas de feria”, contaba. Las que pudo conseguir, en cambio, eran biónicas: capaces de articular la muñeca, de coger y apretar con precisión, de gesticular. Piezas de metal, fibra de carbono, plástico y circuitos que se movían al compás de su voluntad.
Conseguir las cuatro prótesis tuvo un precio: doscientos mil euros. Las manos, por sí solas, costaban ochenta y cinco mil cada una. Con ellas, Sarah volvió al deporte. Desde pequeña había sido una fuerza inquieta, aventurera: fútbol, tenis, baloncesto, natación, atletismo, judo, esquí nórdico, senderismo, crossfit… y, sobre todo, surf. A los cinco años ya se deslizaba sobre las olas con un bodyboard, y a los trece pasaba los veranos fusionada con una tabla, aprendiendo por instinto, por pasión.
El reencuentro con el mar fue un renacer. Sintió una conexión única, tumbada sobre la tabla, acompañada por un asistente que la ayuda a remar, encontró un modo distinto de libertad. En apenas un año de preparación, la selección española la reclutó para disputar el Mundial de 2021 en Pismo Beach, California. Allí, entre las olas del Pacífico, conquistó la medalla de plata en la categoría Prone 2. Ya nada la detuvo.
Doble campeona mundial
En 2022 fue campeona de España y tercera del mundo. En 2023, lo ganó todo: oro nacional, europeo y mundial. En 2024 repitió como subcampeona del mundo. Y este año, en Oceanside, volvió a lo más alto. Triple corona, reina europea, española y mundial.
“Este campeonato fue una pasada, me sentí súper apoyada, hubo más hermandad”, cuenta Sarah, rodeada por su equipo, Nico Huercano y Kuko Font. Aun con molestias físicas en la final, volvió a dominar el mar. “La noche antes había tomado unos tacos que trajo mi entrenador y no me sentaron bien. Intenté que no me afectara, pero estaba mareada y con fatiga. Lo bueno es que las condiciones del mar me encantaban, con bastantes olas y una corriente brutal”, relata.
Logró una actuación brillante con 16.17 puntos gracias a dos olas -una de 7.50 y otra de 8.67- que le aseguraron la medalla de oro con una diferencia de casi seis puntos sobre la segunda clasificada, la francesa Beatrice Duran.
“Ha sido un año muy bueno. Encima, cinco días antes del Mundial entré en la plataforma de la Universidad de Málaga y vi que tenía todas las asignaturas aprobadas. Ya soy graduada en Derecho. Eso me dio energía para el campeonato. En el futuro me gustaría dedicar mi carrera profesional a la Justicia juvenil”, dice.

En igualdad de condiciones
En el mar, Sarah se siente en igualdad de condiciones. “Las olas no se adaptan a las personas. En tierra, tener una discapacidad hace que la gente te infantilice, te trate con condescendencia, y eso llega a un punto que te fastidia. Pero en el mar demostramos que podemos tener el mismo nivel que cualquiera. No vemos los límites. De hecho, cuando tenía manos y pies era incapaz de surfear una ola de dos metros. Y ahora sí”, afirma.
Ha surfeado en el Atlántico, el Pacífico, el Cantábrico, el Mediterráneo, y este año cumplió el sueño de hacerlo en Hawái. Sueña con hacerlo también en Brasil y Australia, la cuna del surf. Allí, en 2032, se celebrarán los Juegos de Brisbane, donde este deporte podría incluirse por primera vez en el programa paralímpico.
El Comité Organizador de Los Ángeles 2028 lo descartó, y la decepción fue grande. “Los olímpicos querían hacerlo en una playa de roca, inaccesible para nosotros. Propusimos otra, de arena, pero no quisieron. Cambiar de sede implicaba más inversión, infraestructura, logística… Ahora se habla de grandes posibilidades en Brisbane 2032. Sería un sueño: ya he sido campeona del mundo dos veces, me queda ganar una medalla en unos Juegos Paralímpicos”, recalca.
Mientras tanto, seguirá surcando muros de agua y sorteando cualquier obstáculo que la vida ponga en su camino. Porque Sarah Almagro ha aprendido que las olas no se temen: se leen, se escuchan, se cabalgan. No hay límites, solo una mujer fusionada con su tabla, renacida como un ave fénix sobre la cresta del agua.
