Julio Requena avanzaba sobre el tartán como si cada zancada fuera un renacer. Cuando brazos y rodillas se acompasaban, exprimía la velocidad que llevaba dentro y regalaba tardes mágicas. Sin embargo, su vida había dado un giro completo cuando, de golpe y porrazo, le “cortaron la luz”.
Nacido en León en 1969, había crecido viendo el azul del cielo y el verde de su tierra. Trabajaba como soldador, tenía proyectos, rutinas, una vida normal. Hasta que, con 25 años, un accidente -del que prefiere no hablar- lo sumió en la oscuridad. “Fue un golpe durísimo, una etapa difícil de digerir. No podía imaginar que ya nunca volvería a ver. Pero no me quedaba otra que levantarme y seguir adelante”, recuerda.
Hubo de empezar desde cero. Gracias a la ONCE aprendió braille, a moverse con un bastón, a reconstruirse. Durante un tiempo lo dominó la desesperanza, hasta que descubrió el deporte. “Estaba hundido y fue mi mejor vía de escape, me ayudó a reconciliarme conmigo mismo”, asegura. Y eso que él, de joven, odiaba correr: “Solo corría detrás de un balón cuando jugaba al fútbol, pero nada más”.
Los Juegos de Seúl 1988, un impulso
El empujón definitivo llegó cuando vio en televisión los Juegos de Seúl 1988. Allí competían atletas ciegos; aquella imagen lo detuvo y lo llamó. Contactó con Luis Ángel Cueto, entrenador en León, quien le hizo unas pruebas y detectó algo especial en esas piernas que parecían nacidas para acelerar. No se equivocó: en su debut, en Segovia, Julio se proclamó campeón de España.
Aun así, al principio iba con miedo a la pista. “Sobre todo cuando hacía aire de cara porque me desorientaba. Para el ciego el viento es como la niebla para el que ve. Pero desde el primer día sentí una libertad tremenda”, comenta. En el Estadio Hispánico inició la carrera que lo llevaría a convertirse en uno de los hombres más rápidos del planeta en su categoría. Comenzó tarde, pero la evolución fue vertiginosa.
Su estreno internacional, sin embargo, fue amargo en el Mundial de 1990 en Assen, Países Bajos. “En esa época corríamos los 100 metros a la llamada. El entrenador se colocaba en mitad de la pista y otro en la meta, guiándote con palmas. Yo era un novato, me sentía perdido y me metía cada hostia porque me salía de la calle dando tumbos. Lo hice mal, quedé quinto”, lamenta.
Allí conoció al ruso Sergei Sevastianov, imbatible entonces. A su regreso a España, Julio decidió cambiar el chip. Y el cambio surtió efecto: al año siguiente, en el Europeo de Caen, se coronó con tres oros en 100, 200 y relevo 4×100 metros. “Era un desconocido, un don nadie, pero llegaba con marcas muy buenas y me salí. En la final del 100 me pulí al ruso, y los rivales ya se preguntaban: ‘¿De dónde ha salido este?’”, recuerda entre risas.

Los Juegos Paralímpicos de Barcelona 1992
A fuerza de disciplina, inteligencia y voluntad, comenzó a sumar medallas y récords. Barcelona 1992 lo consagraría para siempre. Tuvo incluso el honor de portar la antorcha por las calles de su León: “Fue muy emocionante, me trataban como lo que era, un deportista. Me sentí profeta en mi tierra”. Ya en la Villa Paralímpica, vivió dentro de una burbuja irreal y maravillosa. “Fue todo mágico, desde el desfile de inauguración hasta la clausura”, relata.
Su irrupción en Montjuïc fue espectacular. Batió el récord del mundo en los 200 metros (24.04 segundos) con Pedro Maroto como guía, hoy seleccionador nacional. “En la final tuve un error en la curva y se me escapó la victoria ante el portugués Carlos Conceiçao. Me llevé la plata”, rememora sin pesar.
En la prueba reina de la velocidad, Julio sí alcanzó lo más alto, aunque aquella victoria llegó con un sabor insólito. Compartió el podio con su gran rival, Sevastianov. “Ambos calcamos la marca, 11.83 segundos. Nunca se había dado un caso así y nos tuvieron dos horas esperando para decidir qué hacían. Querían que corriésemos otra vez para desempatar, aunque al final los jueces nos dieron el oro a los dos”, explica.
Para coronar su actuación en la Ciudad Condal, volvió a saborear el oro en el 4×100 junto a Jorge Núñez, Marcelino Paz y Juan Antonio Prieto. “El estadio estaba lleno y, con la gente chillando, no oíamos nada. Así que acordé con mi guía que me diera un toque para salir zumbando cuando fuese nuestro turno. Crucé la meta y, si él no me para, yo sigo corriendo”.
De Barcelona regresó con tres medallas, tres récords del mundo y “una palmadita en la espalda, porque dinero para nosotros no había”. En 1993 acudió a Berlín al primer Mundial integrado para ciegos, compartiendo hotel y pista con gigantes del atletismo: “Michael Johnson, Haile Gebrselassie, Sergéi Bubka, Mike Powell, Abel Antón, Fermín Cacho… No podía creer que estaba en el mismo hotel y compartiendo pista con estas estrellas, que te trataban con mucho cariño y respeto. Y encima gané el oro en el 200 ante el portugués que me venció un año antes en Barcelona”, recalca.
Una lesión y un resurgir
Pero cuando mejor estaba, tuvo que frenar en seco. Una lesión en el bíceps femoral lo castigó durante años. “Fue un calvario, estuve tres años sin sacar resultados y me afectó. También influyó que mi entrenador y yo no estábamos ya en la misma guerra. Mi nuevo guía, José María Álvarez ‘Morato’, me decía que no dábamos para más, pero sentía que aún tenía mucho potencial por ofrecer”, admite.
Necesitaba un cambio drástico. Buscó entonces a Paco López, técnico veterano de la Blume de Madrid. “Le llamé por teléfono y le conté mi historia, le dije que necesitaba que alguien confiase en mí y me diese una oportunidad. Su respuesta, como para quitarme de encima, fue: ‘Si está usted mañana a las 9 le atenderé’”, relata.
No se lo pensó. Llamó a su guía, tomaron un tren y se plantaron allí a las ocho de la mañana. Poco después apareció Juan Trapero, el español más veloz del momento, a quien Paco encargó que lo preparase. “Con Juan aprendí a entrenar con más sapiencia y calidad”, dice. Gracias al actual preparador físico del Real Madrid de baloncesto, Julio Requena renació como un auténtico ave Fénix. “Estaba muerto como atleta y resucité. Siempre les estaré agradecido a ambos porque me tendieron la mano en mi peor momento como deportista”, afirma.

Tres oros en Atlanta 1996
A las puertas de Atlanta 1996 confirmó su resurgir batiendo el récord de España en los 100 metros con 11.56 segundos. “También hice 11.32, pero no se validó la marca por la ayuda del viento. Estaba como un avión, me sentía imparable, con sensación de poderío, sabía que nadie podía cogerme”, declara.
Y así fue. En los Juegos en Estados Unidos ningún rival pudo seguir su estela. Se llevó tres oros -100, 200 y 4×100 con Jorge Núñez, Juan Antonio Prieto y Enrique Sánchez-Guijo- y firmó récords paralímpicos. “Como anécdota, antes de competir tuvimos una recepción con las infantas Elena y Cristina y a ésta última le pedí una pulsera. Le dije que se la devolvería cuando ganase el oro. Al final lo hice en 2005, cuando recibí la Medalla de Oro al Mérito Deportivo”, confiesa.
La bala de León mantuvo el impulso. En el Europeo de Rímini (Italia) de 1997 ganó dos oros y una plata; al año siguiente, en el Mundial de Madrid, una lesión lo dejó sin recompensa: “Me dio un pinchazo, pero cojeando hice 11.66 para acabar la prueba. Me superó un cubano -Jorge May Masso-, con quien andaba picado, pero me desquité de esa derrota un año más tarde”.

Campeón del mundo en Sevilla
El escenario de su revancha fue el Mundial de Sevilla. Allí, rodeado de los mejores, buscó inspiración donde solo acuden quienes compiten con el destino. “El hotel estaba al lado de la Basílica de la Macarena, a la que acudí para pedirle a la Virgen que, si no me lesionaba y ganaba la prueba del 200 para ciegos, le llevaba flores. Logré el oro y me paseé por la ciudad con aquel ramo para cumplir mi promesa”, comenta.
Esa victoria le valió el Víctor Ludorum, el trofeo con el que la IBSA (Federación Internacional de Deportes para Ciegos) coronaba al mejor atleta ciego del mundo. “Era un galardón en forma de estatuilla de bronce diseñado por Javier Mariscal, el creador de Cobi y Petra, las mascotas de Barcelona 1992. A los ganadores de ese Mundial les daban dinero, pero a los ciegos no. Nos prometieron también un viaje al Caribe y todavía lo estoy esperando”, bromea.
Ese mismo curso sumó un doble oro en el Europeo de Lisboa, una inyección de moral para afrontar sus terceros Juegos: Sídney 2000. “A Australia llegué pasado de entrenamientos, no me preparé como en las anteriores ediciones, aunque no es una justificación. Ya sabía que estaba cerca de mi retirada”, admite. Aun así, subió al podio dos veces, con sendos bronces en los 200 metros y en el relevo 4×100.
En 2001, una plata en los 100 metros del Mundial de Edmonton (Canadá) puso el punto final a su peregrinaje deportivo. “Mi guía ya no podía acompañarme a diario en las pistas y así era imposible competir, así que lo dejé, me desvinculé por completo del atletismo y ya no volví a correr”, sentencia Julio Requena, velocista de raza, decidido, dueño de un talento tan caprichoso como innato.
