Aquel adolescente de rostro apacible y mirada ardiente apareció como una llama inesperada en el escenario mundial del tenis de mesa. Era octubre de 1998, París acogía el Mundial y él, Álvaro Valera, acababa de cumplir 16 años. Era joven, aún verde, pero poseía algo que ni la experiencia ni los años podían otorgar: frescura, atrevimiento y una fuerza física que lo empujaba a mirar de frente al podio más alto. Y lo logró. Se coronó campeón del mundo.
Dos años después, en Sídney 2000, lo imposible volvió a suceder. Con apenas 18 años, y aún cargado de ese impulso juvenil, Valera tocó la cima paralímpica. Aquel oro, el primero y, hasta hoy, único que ha logrado España en tenis de mesa, sigue brillando 25 años más tarde.
Su carrera fue deslumbrante. De esas que se escriben con paciencia, golpe a golpe, con la misma tenacidad con la que se persigue una pelota blanca que apenas roza la superficie de la mesa. Disputó siete Juegos, con seis medallas. Conquistó nueve metales mundiales, 19 europeos y sumó más de cien medallas en torneos internacionales. Su palmarés, incontestable, lo sitúa entre los más grandes de la historia de este deporte.

El adiós en la ciudad donde todo empezó
En París 2024, la ciudad donde empezó todo, fue el encargado de portar la bandera de España en la ceremonia inaugural de los Juegos. Una imagen cargada de simbolismo, como si el círculo se cerrara justo donde comenzó a forjarse su leyenda. Pocos días después, tras caer en cuartos de final, dijo adiós. No hubo drama ni lamento. Solo satisfacción, orgullo, serenidad. Se retiraba con la frente alta, sabiendo que había dejado huella.
Nacido en Sevilla, Valera conserva un récord insólito: liderar el ranking mundial durante 14 años. Un dominio ininterrumpido, producto de la excelencia y la perseverancia. Pero detrás de ese dominio se esconde una historia que empieza mucho antes, cuando tenía apenas diez años.
Fue junto a una piscina, en un club sevillano donde veraneaba con su familia. Allí, entre chapuzones y días largos, descubrió una mesa de tenis que cambiaría su vida. A los cinco años le habían diagnosticado la enfermedad de Charcot-Marie-Tooth, una dolencia degenerativa que afecta a las extremidades y acelera el desgaste físico. No podía correr como los demás niños, ni jugar al fútbol. Pero con una pala en la mano, se sentía libre. Competía, era uno más. Y muchas veces, el mejor.
Su padre, cómplice y testigo de aquella pasión naciente, le compró una mesa de ping-pong. La colocaron en el sótano de su casa, y allí, entre paredes y ecos, empezaron las primeras batallas. Durante horas golpeaban la bola. Día tras día. Sin saber que estaban cincelando los cimientos de una carrera prodigiosa.
Debut paralímpico con oro en Sídney 2000
En París, en aquel Mundial de 1998, subió a lo más alto del podio siendo apenas un crío. Y dos años después, aterrizó en Sídney para vivir lo que describiría como un sueño. “Es un recuerdo muy especial. Cuando aterricé allí, estaba en una nube por la juventud, la ilusión, la novedad. Paseaba por la villa paralímpica y tenía que pellizcarme cada mañana para darme cuenta de lo que estaba viviendo”, recuerda.
No tenía aún la madurez suficiente, pero le sobraban ganas y energía. “Me faltaba sabiduría como jugador, pero tenía esa frescura y confianza. Estaba fuerte físicamente, ya que mi enfermedad aún estaba poco desarrollada. Jugaba con una alegría tremenda y eso me llevó a lo más alto”, dice.
Por entonces competía en la Clase 8, destinada a deportistas con discapacidad moderada en las piernas o impedimentos leves en el brazo dominante. Su debut en la competición por equipos, junto a su amigo y compañero Jordi Morales, fue duro: cayeron 0-3 ante Francia. Los nervios les jugaron una mala pasada. Pero la derrota no lo detuvo. La revancha llegó en la prueba individual, donde no partía como favorito, a pesar de su título mundial.

Una competición con susto en octavos
Había rivales más experimentados, con más rodaje en grandes citas. Pero partido a partido, se fue tejiendo el milagro. Lideró con solvencia el Grupo F: 2-0 al croata Dragan Rakic, 2-0 al sudafricano Johan du Plooy y 2-1 al taipeiano Hsiu Hsien Lin. En octavos de final, vivió su primer momento delicado. Ganó con autoridad al belga Nico Vergeylen por 2-0, pero el encuentro no terminó en la mesa. Tras el partido, su rival lo denunció ante la organización, acusándolo de usar material ilegal.
“Mi pala era sofisticada, con pico, cuya superficie a veces se humedece y la solemos cuidar poniéndola en contacto con arroz o con un producto antihumedad. Él me vio manipulándola y lo denunció por si colaba. Me hizo pasar un mal rato. Unos minutos antes yo había pasado un control oficial de raqueta y todo estaba bien. Evidentemente, no prosperó porque era ridículo lo que planteaba. Pero fue dura la espera”, relata.
Pasado el susto, en cuartos superó 2-0 al surcoreano Cheon Sik Lee. En semifinales, mismo resultado ante el finlandés Kimmo Jokinen. Y en la gran final, otra barrera emocional: Alain Pichon, francés, jugador con fama de conflictivo en la mesa. “Fue un partido de mucha tensión. Él era un jugador conocido por su mal carácter, muy marrullero y sucio. Con mucho ego profesional, era el mejor del circuito hasta que llegué yo, y no lo llevó bien. Gané 2-0”, recuerda Valera.
Pero no hubo provocación que pudiera frenar su tenis. Jugó como nunca. Fluido, preciso, indomable. Se llevó el oro, el mayor sueño cumplido. En aquella época, sin retribución económica, sin becas ni premios. “El deporte paralímpico era amateur. Financiaba el material con la ayuda de mi padre, me costeaba los viajes. Jugaba por pasión, no pensaba en el dinero, como nunca lo hice después”, asegura
Confianza en Ander Cepas como relevo dorado
Ese oro fue también un regalo para su padre, su mentor, que fallecería poco después. La pérdida fue devastadora. Estuvo meses sin competir. Pero en su ADN no hay espacio para la rendición. Se apoyó en su carácter indómito para volver. Y, desde entonces, no dejó de añadir metales a su vitrina.
“Me siento orgulloso de aquella hazaña. Es un privilegio, pero ojalá no sea el único español en conseguirlo”, desea. Tiene fe en el futuro. En particular, en el joven Ander Cepas, de clase 9. “Es un jugador que está creciendo como la espuma, tiene todas las papeletas para estar en la final y plantarle cara al peso pesado que es el belga Laurens Devos. Ha tenido la mala suerte de toparse con un crack mundial, pero lo puede hacer. A un partido el oro siempre es posible. Si alguien puede arrebatarle esa medalla al belga, que está imbatible, ese es Ander”, confía.

Reinventarse una y otra vez en la mesa
Valera tuvo que adaptarse, reinventarse para mantenerse competitivo. Su enfermedad, una polineuropatía progresiva, le robaba poco a poco fuerza, agilidad, movilidad. Pasó a competir en clase 6, y aún allí se mantuvo entre los mejores del mundo durante años. “Tenía dolores cuando entrenaba. Las rodillas y la espalda no me respondían. Perdí tono muscular y fuerza en la mano, lo que me impedía darle efecto y potencia a la bola como antes”, confiesa.
Por eso tuvo claro que París 2024 sería su despedida. Y no podía haber un epílogo más simbólico: abanderado del equipo español. “Llevar la bandera fue otro sueño cumplido, como una medalla más. Cerré con un digno diploma paralímpico. Lo tenía claro. Fue una liberación al dejarlo. Tenía agotamiento físico y mental”, reconoce con honestidad.
Esa misma energía de superación la ha trasladado al mundo empresarial, a sus negocios, y también ofrece conferencias inspiradoras bajo el título “Ganarle al tiempo”, donde comparte su experiencia vital, enseñando cómo sostener resultados a largo plazo gracias a la disciplina y la resiliencia. Sin adornos, sin discursos vacíos. Desde la autenticidad.
Algún día volverá a jugar, pero solo por placer, en un entorno informal, con amigos, lejos de la presión del marcador. “Lo echo de menos cero. Me apasiona el tenis de mesa, pero cuando el cuerpo no tira y no responde, no tiene ningún sentido seguir alargándolo. Hay que ser humilde y saber retirarse. Creo que dejé una huella y me fui muy satisfecho de lo que he aportado”, sentencia Álvaro Valera, campeón de un oro paralímpico que sigue brillando un cuarto de siglo después.
