Antonio Cid se aferraba a la silla de ruedas con una mano; con la otra, mecía y domaba las bolas de cuero, azules y rojas, como quien amansa un animal esquivo. En ese gesto mínimo, preciso, casi ritual, se condensaban años de paciencia, estrategia y una voluntad inquebrantable. Así cazó medallas durante casi dos décadas en la boccia, un deporte tan antiguo como la Grecia clásica y tan desconocido como exigente, rescatado en los años setenta por los países nórdicos y convertido por él en territorio propio.
Su precisión y su inteligencia táctica le dieron un palmarés excepcional. Fue campeón del mundo y de Europa, el español más laureado de la disciplina, ganador de seis metales paralímpicos repartidos entre Barcelona, Atlanta, Sídney y Atenas. Pero más allá de los podios, la boccia le regaló algo aún más valioso: autonomía, viajes, amistades, la certeza íntima de una vida plena.
Hace 71 años, una falta de oxígeno durante el parto le provocó una parálisis cerebral severa que afectó a un 97% de su movilidad y dificultó su expresión oral. Sin embargo, su relato nunca se instala en la queja. “Hay una parte positiva: en aquellos tiempos te trataban como a uno más, no te miraban diferente y formabas parte de todo”, recuerda. Su infancia y adolescencia transcurrieron en A Graña, una pequeña aldea del municipio ourensano de Xunqueira de Espadanedo, junto a sus padres, Amable y Paquita, y sus cuatro hermanos.

En ese mundo rural, sin comunicaciones y con innumerables barreras de movilidad, Antonio buscó la manera de estar. “Siempre que podía participaba en los juegos populares con el resto de niños”, dice. Las cartas, las damas, el parchís y la radio -para seguir telenovelas y deportes- fueron refugio y ventana. Pero el aislamiento también dejó huella. “En esa época no existía integración de las personas con discapacidad en la sociedad y menos aún en el colegio. Al no haber nuevas tecnologías, estaba aislado de todo”, lamenta.
Aun así, la curiosidad pudo más. Con una memoria prodigiosa y una afición temprana por la geografía y la historia, Antonio se hizo autodidacta. “Sus conocimientos los fue aprendiendo en el ámbito familiar. Más adelante, una profesora iba a casa después de dar clase en el colegio. Y, finalmente, gracias a un ordenador conectado a un teléfono con la central de Aspace, recibía tareas. Al principio resultaba muy difícil porque no tenía base alguna: nunca había ido al colegio. En muchos casos tuvo que ser su propio profesor”, explica su hermana Chus Cid.

El pasillo de casa, inicios en la boccia
La boccia llegó como una puerta inesperada. La Asociación Auxilia le mostró el camino, aunque al principio no podía desplazarse a Ourense para entrenar con su silla eléctrica por la falta de transporte adaptado. El pasillo de su casa y el gimnasio del colegio del pueblo se convirtieron entonces en su primer escenario.
“Las bolas eran muy caras, unas 30.000 pesetas -180 euros-, porque se fabricaban en Dinamarca. Mi hermana Mila, que vivía en Holanda, me consiguió un juego a través de un compañero de trabajo danés. Así pude empezar a practicar. Entrenaba varias horas todos los días. Era un esfuerzo grande, porque tenía que hacerlo solo, pero mereció mucho la pena”, recuerda.
En ese trayecto apareció Recaredo Paz, pionero y luchador incansable por la integración de las personas con discapacidad, el hombre que hizo germinar la boccia en España. El debut internacional de Antonio llegó en 1988, en los Juegos Ibéricos. Un año después comenzaron las medallas: bronce en los Juegos Robin Hood de Nottingham, plata por equipos en el Mundial de Assen.
El ascenso fue rápido, impulsado por una pasión muy concreta. “Lo que más me apasionaba de este deporte era poder controlar y conjuntar la concentración, la visión del juego, la técnica, la fuerza y la táctica. Y, además, me daba una mayor vida social”, sostiene.

Dos oros paralímpicos en Barcelona 1992
Apenas cuatro años después de lanzar sus primeras bolas, alcanzó el cénit en los Juegos Paralímpicos de Barcelona 1992. Competitivo, ambicioso, hambriento de retos, Antonio se consagró con dos oros en casa. Aún hoy, la emoción le atraviesa la voz al recordarlo: “Desfilar por primera vez en una ceremonia paralímpica y hacerlo en tu país fue indescriptible. Todo el estadio vibraba cuando salía la selección española. El encendido de la antorcha fue apasionante; en la villa estaba todo perfectamente organizado, no nos faltaba de nada”.
La memoria se detiene en los detalles humanos: “La gente se volcó con nosotros. Querían hacerse fotos, pedían autógrafos. Y tuve la suerte de que mis padres y mis familiares estuvieran allí, animándome y disfrutando conmigo. Fue una experiencia inolvidable”.
En la competición, Antonio volcó todo su talento y un tesón paciente que no conocía atajos. Barcelona le aguardaba con dos finales consecutivas y él respondió con la serenidad de quien ha entrenado en silencio durante años. Diez minutos después de imponerse por 5-1 al estadounidense James Thompson en la final de la categoría BC1, volvió a colocarse en la línea de lanzamiento, esta vez arropado por Manuel Fernández, Daniel Outeiro y Juan Tellechea. Juntos, midieron cada bola hasta doblegar a Dinamarca por un ajustado 4-3 en la prueba por equipos BC1-BC2. Dos oros, una misma tarde que quedó grabada para siempre.

El recuerdo aún le arranca una sonrisa. “Mi cuñado José, cuando metí el punto que me daba la medalla de oro individual, salió al campo con la bandera española gritando de emoción. Los de seguridad tuvieron que sacarlo porque oficialmente el partido no había terminado y nos podían descalificar”, relata.
Aquel gesto impulsivo tuvo continuidad en una escena casi simbólica: “Él me regaló dos monedas de plata de los Juegos y me dijo que tenía que cambiarlas por las de oro de verdad. Al final fue como una premonición”. Con las medallas colgadas al cuello, Antonio recorrió Barcelona celebrando la victoria, que culminó en un tablao flamenco, entre palmas, risas y la incredulidad de quien había tocado la cima.

Oro por equipos en Atlanta 1996
El idilio con el podio no terminó allí. En los años siguientes, el orensano siguió ampliando sus vitrinas con una regularidad admirable: plata y oro en el Europeo de Bélgica de 1993; oro por equipos en el Mundial de Sheffield de 1994. Los Juegos Paralímpicos de Atlanta 1996 volvieron a teñirse de dorado por equipos, esta vez junto a Jesús Fraile, Miguel Gómez y María Hilda Rodríguez.
“Lo mejor, aparte del resultado, fue viajar por primera vez al continente americano. Lo peor, el transporte desde la villa a las instalaciones deportivas, porque se equivocaban continuamente de camino”, rememora. En la final, sin embargo, todo encajó: “Nos salió un partido redondo, de los que marcan época, por eso el resultado tan amplio contra Portugal (12-1). Antes habíamos sufrido mucho para superar a Noruega en semifinales (7-6)”.
Sin ayudas estructurales y recurriendo una y otra vez a la inventiva para entrenar en solitario en el colegio de Xunqueira de Espadanedo cuando no podía hacerlo en Ourense, Antonio se mantuvo en la cresta de la élite. En el Europeo de Vitoria de 1997 sumó otra plata y otro oro; en el Mundial de Nueva York de 1998, un nuevo oro por equipos. Repitió la misma cosecha en la Copa del Mundo de Mar del Plata, una cita que guarda con especial afecto.
“La recuerdo con mucho cariño. Allí nos reencontramos con toda la familia argentina de mi padre y vinieron a apoyarme. La final, frente a Argentina, fue un partido vibrante. Mi competidor jugaba con el pie, estuvo todo muy reñido y bonito”, comenta.

Dos platas en Sídney 2000
Los Juegos de Sídney 2000 le dejaron dos platas y una mezcla de orgullo y desazón. “Fueron partidos muy emocionantes hasta el último minuto, aunque te queda un sabor amargo cuando tienes tan cerca el oro y no lo consigues”, dice. Atenas 2004 marcaría el cierre de su etapa paralímpica. Allí contribuyó al bronce por equipos, aunque las circunstancias no fueron favorables: “Llegaba bien preparado y con opciones en individual, pero mis problemas físicos me impidieron competir al cien por cien. Tuve que ingresar en el hospital por problemas estomacales y ni siquiera pude recoger el premio”.
En 2007, en el Campeonato de España celebrado en Pinto, puso punto final a una trayectoria extraordinaria con más de un centenar de medallas. Al hacer balance, Antonio no duda en señalar lo esencial: “Me quedo con la superación personal, el esfuerzo y el trabajo enorme de los voluntarios. Con romper barreras y con los amigos que haces”.
Defiende la boccia como un deporte total. “Es integración, apasionante desde el primer al último minuto de partido. Te ayuda a relacionarte y te mantiene despierto, física y psicológicamente”, añade. Solo queda una espina: “Me hubiera gustado compartir mi experiencia dando clases a otros chicos, pero el problema del transporte me cerró muchas puertas. Lo reclamé, pero la Xunta de Galicia me lo denegó”.
Aun así, Antonio Cid nunca dejó de avanzar. Forjó su alegría por vivir en la pequeña aldea de A Graña, donde cada tarde recogía las bolas después de lanzarlas, imaginando trayectorias imposibles. Ese camino que empezó en un pasillo estrecho terminó asfaltándose gracias a la boccia, un deporte que le dio voz, horizonte y un lugar permanente en la historia.
