En el esquí alpino, cinco centésimas pueden doler más que una caída. A Audrey Pascual todavía le escocía ese tiempo que le había separado del oro en el descenso. La plata sabía bien, pero no del todo. No lo escondió, toda esa rabia acumulada la guardaría para la siguiente prueba. Y ha cumplido su palabra al conquistar el oro en el supergigante de los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán‑Cortina 2026.
La esquiadora madrileña se lanzó a por la montaña con la determinación de quien no quiere dejar nada pendiente. Salió valiente, agresiva en las líneas, ambiciosa en cada giro. Esta vez no dejó escapar la oportunidad. Con 21 años, ya puede decir que es campeona paralímpica. El metal más preciado del deporte blanco cuelga de su cuello después de una bajada que mezcló osadía y una serenidad sorprendente para alguien tan joven.
En el Centro de Tofane, en el corazón de los Dolomitas, el sol iluminaba la nieve compacta mientras las cumbres aparecían cubiertas por un velo de niebla. Un escenario majestuoso para una disciplina exigente, técnica y veloz, donde cada línea cuenta y cada salto exige control absoluto.
Con seguridad y ambición
Audrey, con el dorsal 26, fue la segunda en deslizarse por la pista. Compite en monoesquí, dentro de la categoría LW12-2, sentada sobre su sit-ski. En el supergigante el margen de error es mínimo: cambios bruscos de terreno, saltos que despegan el esquí de la nieve y aterrizajes que deben ser limpios para no perder velocidad ni estabilidad.
No dudó, se lanzó con seguridad por la ladera italiana, encadenando puertas con precisión quirúrgica. Sus giros fueron limpios, sus trazados rápidos, casi fluidos, como si la montaña y ella hablaran el mismo idioma. Cuando cruzó la meta, 1:17.82, el cronómetro dictó sentencia provisional: primera posición.
Pero quedaba esperar. La japonesa Momoka Muraoka, una leyenda con nueve medallas paralímpicas en su palmarés, no logró rebajar el tiempo de la española. Tampoco lo hizo la china Sitong Liu. La última gran amenaza era la alemana Anna‑Lena Forster, la misma rival que le había arrebatado el oro en el descenso.
Aunque esta vez la historia fue distinta. Forster, que salió arriesgando, se fue fuera de la carrera. El oro tenía nombre español. Audrey Pascual levantó los brazos. Esta vez la sonrisa era plena: la medalla dorada que en el descenso se le escapó por un suspiro ahora brillaba en sus manos.
Su historia es también la de una lucha silenciosa. Nació sin tibias debido a una agenesia bilateral, una malformación congénita poco frecuente. Desde pequeña aprendió a convivir con los límites y a desafiarlos. La velocidad siempre fue su lenguaje. De niña pedía patinetes para lanzarse cuesta abajo, exprimía la bicicleta al máximo y buscaba las pendientes como quien busca su lugar en el mundo. Hoy sigue haciendo lo mismo, solo que ahora vuela sobre la nieve y gana.
Su aventura en Cortina d’Ampezzo aún no ha terminado. Audrey aspira a ampliar su colección de medallas: el martes competirá en la supercombinada, el jueves en el gigante y el sábado cerrará su programa con el slalom. Queda montaña por delante y ella ya ha demostrado que sabe cómo conquistarla.
