Cuando Audrey Pascual cruzó la meta levantó la mirada hacia la pantalla que marcaba el tiempo y sonrió a medias. Fue una sonrisa luminosa, de esas que nacen cuando se sabe que algo grande acaba de suceder. Pero también tenía un matiz agridulce: el oro había estado tan cerca que casi podía tocarse. Apenas cinco centésimas la separaron de él.
En su primer descenso en unos Juegos Paralímpicos de Invierno, la madrileña de 21 años acababa de escribir su nombre en la historia del deporte español. Medalla de plata. Histórica. Brillante. Y también inevitablemente acompañada de ese pequeño pellizco que dejan las carreras que casi fueron perfectas.
En el corazón de los Dolomitas, el Centro Alpino Tofane despertaba con un sol limpio y una temperatura que apenas superaba el grado. La nieve, dura y compacta, reflejaba la luz entre las gigantescas torres de roca que parecen robarle espacio al cielo. Allí, en ese escenario majestuoso, Audrey firmó una actuación memorable.
Con el aval de una gran temporada
La abanderada española en esquí alpino llegaba a Cortina d’Ampezzo con una temporada sobresaliente en la que ya había dejado claro que su ambición no era un farol. Su palmarés en la Copa del Mundo, con 17 medallas -diez oros- la señalaba como una de las grandes protagonistas de la cita.
Aunque el descenso era otra historia. La disciplina reina de la velocidad exige experiencia, lectura de pista, valentía y una confianza que roza la temeridad. Curiosamente, este es el primer año en el que compite en esta especialidad. Y aun así había conquistado el Globo de Cristal con cuatro oros y una plata.
A su alrededor estaban algunas de las esquiadoras más curtidas del circuito en la categoría LW12-2, reservada para deportistas que compiten sentadas. Nombres de peso como la alemana Ana-Lena Forster, con nueve medallas paralímpicas; las chinas Sitong Liu y Wenjing Zhang, protagonistas en Pekín 2022; o la neerlandesa Barbara van Bergen, campeona mundial en descenso.
Pero nada intimida a Audrey. Van Bergen sufrió una aparatosa caída nada más empezar y Forster, pese a un error en un salto, hizo un registro de 1:25.79. Esa era la referencia, la barrera a batir. Con el dorsal 22 en el peto, se lanzó a la pista con una mezcla de descaro y determinación. Su descenso fue rápido, limpio, seguro, valiente. Superó saltos, cambios de rasantes y enlazó giros técnicos con precisión milimétrica. El cronómetro se detuvo en 1:25.84. Cinco centésimas. Lo justo para que el oro se escapara por un suspiro y, al mismo tiempo, lo suficiente para conquistar una plata paralímpica que ya forma parte de la historia del deporte español.
Primera española en sit-ski en ganar medalla
El resultado devuelve a España al podio de unos Juegos Paralímpicos de Invierno. La última vez había sido en Pyeongchang 2018, cuando Jon Santacana y su guía Miguel Galindo lograron la plata en supercombinada y Astrid Fina el bronce en snowboard.
Con la medalla de Audrey, España alcanza las 44 preseas en su historia en los Juegos. Pero su logro tiene un significado aún más profundo. Desde Nagano 1998, cuando la barcelonesa Magda Amo conquistó cuatro oros, ninguna esquiadora española había logrado subir al podio paralímpico. La madrileña rompe esa sequía y además lo hace siendo la primera española en lograrlo en categoría sit-ski.
Con la presión ya liberada tras la primera medalla, seguirá compitiendo en Cortina con hambre de más. El próximo reto será el lunes en el supergigante, una disciplina que se adapta perfectamente a su estilo audaz. Audrey Pascual no ha venido a competir, ha venido a volar.
