Dani Caverzaschi, un tenista de pura garra y corazón

El madrileño acumula una carrera brillante en la élite del tenis en silla de ruedas. A sus 28 años acude a sus terceros Juegos Paralímpicos con ganas de dar guerra a los favoritos.  

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En cada carrera las ruedas de su silla dejan sobre la pista surcos de su garra encomiable. De los cordajes de la raqueta que empuña emanan golpes con melodías de perseverancia, pundonor y pasión. Su juego es el claro reflejo de su forma de encarar tanto el deporte como la vida. Es Dani Caverzaschi, un tenista de pura raza y corazón, un ‘gladiador’ que, tenga al rival que sea enfrente, exprime su físico hasta el límite. Un deportista que nunca baja los brazos ni claudica. Lo lleva en el ADN y en los valores que sus padres le inculcaron de pequeño. Al abrigo del tenis ha esculpido una trayectoria ejemplar, siendo uno de los mejores del mundo. A sus 28 años afronta en Tokio sus terceros Juegos Paralímpicos, una cita a la que acude motivado, ilusionado y con ganas de dar guerra.

Lleva 14 años compitiendo y en ese tiempo ha ido dibujando un palmarés cuantioso con más de 60 títulos internacionales entre individuales y dobles. Desde los nueve vive pegado a una raqueta. Osado y pizpireto, de niño también probó baloncesto, béisbol, esquí o natación. “Cuando vivíamos en Estados Unidos hacía de todo. Al llegar a España, en el colegio empecé a jugar al fútbol, era portero y no se me daba mal. Mi sueño era jugar en el Real Madrid -ríe-. Pero llegó un momento en el que ya no podía seguir el ritmo al resto de chavales y lo fui dejando por mi discapacidad”, relata.

Nació con agenesia de fémur, sin parte de la pierna derecha y con afectaciones en la izquierda debido a una malformación congénita. Llevó prótesis de pequeño, luego se manejó entre muletas y desde los 15 se desplaza con una silla de ruedas. Pese a que tuvo una infancia y adolescencia rebosantes de felicidad, tuvo que lidiar con algún episodio amargo. “Pasé días malos, los niños son un poco cabrones y me llamaban ‘cojito’ por tener una pata de palo. Tuve algunas peleas, me buscaba la vida y eso me hizo más fuerte, gracias sobre todo a que en casa nunca me sobreprotegieron. Tuve suerte, me tocó una familia que normalizó la situación. Yo era un polvorilla y mi padre fue duro conmigo, me dio caña, algo que me hizo desarrollarme, le estoy muy agradecido”, asegura.

Ahora no se ofende por nada, al contrario, trata la discapacidad con un toque de humor negro. De hecho, suele bromear en sus redes sociales con el hashtag ‘ValeLaPierna’, su lema vital y con el que ha sacado una línea de camisetas que rompen estereotipos, diseñadas por la marca Silbon. “Con ello trato de normalizar la discapacidad. La gente suele mirarnos con pena y eso me da rabia. Yo soy feliz sin mis dos piernas y aunque el genio de la lámpara me concediese el deseo de volver a tenerlas, no lo haría. Y con esto intento que la sociedad se dé cuenta de que podemos llevar una vida como la de cualquier persona y de las grandes cosas que podemos hacer”, enfatiza Caverzaschi, quien encontró su camino en el tenis. Aprendió muy rápido, envuelto en una gran pasión, al lado de su padre, Jorge, su mentor y mayor apoyo.

No tardó en lucirse y en ganar sus primeros trofeos. Acudió a los Juegos Paralímpicos de Londres 2012, todo le sonreía, pero dos años después, mientras estudiaba Económicas en la Universidad de Warwick -carrera que se sacó con matrícula de honor-, su progenitor falleció de cáncer. “Le echo de menos, podría haber aprendido muchas más cosas a su lado. Su muerte fue otra piedra en el camino, pero no podía venirme abajo y acabé superándolo. Desde entonces intento mantener su legado, esa fortaleza y ese carácter que tenía, él podía con todo”, recalca. Tenaz, brillante y sufridor, Dani no se detiene, nunca da una bola por perdida, lucha y se entrega en cada punto. Eso lo ha heredado de su padre.

“El tenis me encanta cada día más, hace que saque lo mejor y lo peor de uno mismo. Lo siento como un reto diario, cada día me levanto para trabajar por alcanzar mis metas. A veces me frustro porque entreno mil horas y no me salen las cosas, pero he aprendido a controlar mi mente y mis emociones, a saber volcar esa competitividad que llevo dentro”, añade. Con el aval de sus resultados y de su juego agresivo y variado se ha convertido en uno de los mejores tenistas del mundo.

Después de un 2019 aquejado por problemas cervicales y de un 2020 sin apenas rodaje por la pandemia del coronavirus, este curso ha podido jugar y ganar el Open de Antalya (Turquía) y el Fundación Emilio Sánchez Vicario en individuales, así como el Open de Barcelona y el Open de Ginebra (Suiza) en dobles. Pero no se detiene y sueña con ambición. “Quiero intentar ser el número uno del mundo algún día, pero antes hay que meterse entre los ocho primeros para disputar los Grand Slams. No será fácil, pero confío en que lo mejor está por venir”, subraya. Se ha reencontrado con su versión más fiable y llega con buena inercia a sus terceros Juegos Paralímpicos.

“Lo afronto con muchas ganas. Pese a las circunstancias, espero que sean unos Juegos espectaculares, quiero aprovecharlos. No me marco un objetivo, iré partido a partido, aunque tengo claro que el que me quiera ganar tendrá que derramar sudor y lágrimas, soy mejor jugador que el año pasado y lo he demostrado ganando a gente muy buena. Y en dobles, junto a Martín de la Puente, podemos dar la sorpresa. Ya ganamos un diploma en Río de Janeiro 2016. Nos conocemos bien, somos guerreros y estamos preparados para la batalla”, remata Caverzaschi.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Dani Caverzaschi

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