La felicidad es redonda para David Mendes. Un balón, su fiel compañero desde niño, ha girado a su alrededor, forjando su destino. Desde que era un crío, el fútbol ha servido de anestésico en momentos de dolor y sufrimiento. La pelota no solo la acaricia y la mima con destreza, sino que la esconde como un prestidigitador, transformándola en goles. Entre muletas, con cabriolas y remates espectaculares, ha demostrado que no hay obstáculos para el sueño de ser futbolista. Hoy es uno de los mejores jugadores de fútbol para amputados del mundo.
Su historia comenzó en África, en un rincón olvidado de Guinea-Bissau, donde las vidas se forjan entre las penurias de un entorno agreste y las aspiraciones de un niño que ya soñaba con el balón. Desde los primeros rayos de luz, cuando el sol comenzaba a teñir de dorado las láminas de zinc de los tejados, David correteaba tras una pelota remendada, en terrenos arenosos o salpicados de maleza.
No importaba la superficie, cualquier rincón entre las chozas le bastaba para competir, para dibujar fantasías, para construir sueños. Los niños jugaban descalzos, otros con zapatillas gastadas o sandalias cangrejeras que chirriaban con cada salto. Porque el lujo de unas botas de fútbol era un privilegio que no podían permitirse. Sobre sus pechos lucían camisetas desteñidas de equipos europeos. Detrás, con rotuladores, escribían los números de sus ídolos. Él llevaba el 7, un tributo al inglés David Beckham: “Me pusieron su nombre por él”, afirma.

Huir por una guerra civil
Cosido a un balón creció, literalmente, aquel niño que jugaba bajo el sol africano, en un peregrinaje de polvo y esperanza que lo llevó de Guinea-Bissau a Gambia, de Gambia a Senegal, y de allí a Almería. Vivía en Canchungo, una pequeña localidad guineana rodeada de vegetación exuberante, donde el verde de los manglares se mezclaba con el marrón de los caminos. El año de su nacimiento, 1998, trajo consigo una sombra: la guerra civil.
El conflicto no alcanzó su pueblo, pero el miedo a la violencia fue suficiente para que su padre, que ya había emigrado a Francia y luego a España, decidiera enviar a David junto a su madre y una hermana a Brikama, en Gambia. La decisión fue tomada para evitar que fueran víctimas de la guerra y para huir de la amenaza de ser convertidos en niños soldados. “La vida era muy difícil allí, no era un sitio seguro”, comenta.
Brikama era diferente, un hervidero de vida, de mercados bulliciosos y olor a especias, de mujeres con telas de colores cargando cubos de agua en equilibrio perfecto. Allí, el niño volvió a reír. Pero el destino se torció una tarde cualquiera. Tenía siete años y regresaba de la escuela. Cruzó una carretera sin percatarse de un coche que se acercaba a gran velocidad. Intentó esquivarlo, pero la pierna quedó atrás, y el vehículo pasó por encima de ella.
Su padre, desesperado, solicitó permiso para traerlo a España con la esperanza de salvar la pierna, aunque las opciones fueron pocas. Tres semanas después, le amputaron. “Cuando desperté de la operación y miré debajo de la sábana, lloré y grité pidiendo que me la devolviesen”, recuerda.

Una reinvención entre muletas
Aquel vacío no lo detuvo. Convertir la adversidad en una oportunidad fue su lema. Con el tiempo aprendió a correr con muletas, a saltar con una sola pierna, a sentir el balón como una extensión de su cuerpo. “Lo pasé fatal, pero solo quedaba aceptarlo y sobrellevar las cicatrices”, reflexiona.
La recuperación no fue fácil. La intervención inicial no fue correcta, lo que lo obligó a someterse a una segunda operación para corregir los errores. Su madre lo mantuvo alejado de cualquier riesgo, temerosa de que se hiciera daño, pero David nunca dejó de desafiar las restricciones. Solo quería jugar, sentir que era uno más entre los niños de su barrio.
Ya vivía por entonces en M’Bour, Senegal, una ciudad costera marcada por la pobreza, pero también por las aspiraciones de los jóvenes que soñaban con un futuro mejor. Era uno de los puntos principales de las salidas de migrantes hacia Canarias. Al principio, sus amigos no lo aceptaron en su grupo. “Me decían que me haría daño, que podía golpear a alguien con las muletas. Costó un tiempo, pero al final me aceptaron. Me adapté a mi nueva situación, y correr y marcar goles me hizo recuperar más de lo que había perdido”, recalca.
En el terreno de juego encontró un oasis donde la tristeza no tenía cabida. Solo paraba de jugar cuando el sol se ponía, dejando paso a la luna que, como una fiel compañera, lo obligaba a descansar hasta el día siguiente. Cada pase, cada regate, cada gol era una victoria personal, un paso más hacia la realización de su sueño. «Mi cabeza solo pensaba en el fútbol. Me daba libertad», asegura.

Una nueva vida en Almería
El fútbol fue su aliado, incluso cuando puso rumbo a Europa en busca de un futuro mejor. David llegó a España un 25 de diciembre, con tan solo 14 años, y se instaló con sus tíos en Campohermoso, una pedanía de Níjar, en Almería. “Ahí empezó mi otra vida, tuvimos que huir de la pobreza”, recuerda, y sus palabras reflejan la dureza de aquel cambio, pero también la esperanza que traía consigo.
Aunque se integró rápidamente en una nueva cultura, le costó más de tres años atreverse a pedir jugar en un equipo. “Practicaba delante de la puerta de casa con mi primo, me daba vergüenza que la gente me viese”, confiesa, desvelando una timidez que contrastaba con la determinación que siempre lo definió. El adolescente con muletas era la novedad en el pueblo. En el descampado en el que jugaba, la gente se paraba absorta, asombrada, al ver la destreza, la habilidad y las acrobacias de aquel joven con el balón.
“El Comarca de Níjar me dejó entrenar con ellos y llegué a disputar un amistoso. El público alucinaba con lo que era capaz de hacer”, rememora. Sin embargo, su ambición no se conformaba con ese reconocimiento, necesitaba un equipo con compañeros que compartieran sus mismas condiciones físicas. Fue un profesor, Jorge Rodríguez, quien encontró la web de la selección española de amputados. Tras enviar un vídeo de David, a los pocos días, la respuesta llegó: lo llamaron para una concentración. “Fue el momento más feliz de mi vida”, asegura.

Logros con la selección española
En 2016, en Olot (Barcelona), se enfundó por primera vez la elástica de ‘La Roja’, con la que ya ha disputado varios mundiales y europeos. En la primera cita continental en Estambul (2017), España quedó cuarta, pero fue en la edición de 2021, en Polonia, donde la selección logró la plata, la primera medalla de la historia para el fútbol amputado español. En 2024, repitió el subcampeonato y, un año después, en Ávila, se proclamó campeona de la Liga de Naciones B, con David como máximo goleador del torneo.
“Fue espectacular, estamos muy orgullosos. Siempre había deseado ganar un título con la selección. Apenas nos concentramos en la temporada, pero el grupo está muy unido. En hambre e ilusión nadie nos gana. Hemos demostrado que somos una potencia europea, que tenemos talento y proyección. Podemos conseguir más éxitos, pero para ello necesitamos el apoyo de las instituciones”, subraya, con la convicción de quien sabe que el camino recorrido hasta ahora es solo un peldaño más en una escalera que no tiene fin.
En su carrera, ‘La Pantera’, como lo bautizaron sus compañeros por su agilidad y rapidez, también ha cosechado un palmarés impresionante a nivel de clubes. Jugó en la liga turca, la más fuerte del mundo, donde el fútbol para amputados se vive con una pasión desbordante. En Turquía, los jugadores son profesionales, con contrato y salario. “Allí, los partidos se retransmiten por televisión, es otro nivel”, explica David, cuyo talento fue clave para que el Şahinbey Belediye SK de Gaziantep levantara la Champions League en 2021.
Después se mudó con su familia a París. Y en 2024, con el Wisła Cracovia, logró ganar la liga polaca y otra Champions, destacando en una final épica contra el CD Flamencos Amputados Sur, equipo andaluz en el que juegan amigos y compañeros. Pese a la importancia, no celebró el gol decisivo (2-1) que marcó en el último minuto.

Su tercera Champions y nuevos objetivos
Su insaciabilidad no tiene límites y en 2025 regresó a Turquía al fichar por Alves Kablo, con el que ganó la Supercopa turca y, en mayo, conquistó su tercera Champions, otra joya más para su extenso museo. “Un mes antes me había lesionado, los ligamentos rotos. Hice todo lo posible para jugar, me infiltraron, horas de fisios, hielo, reposo e incertidumbre. Pero llegué. Fueron siete partidos en pocos días. En el primer encuentro ante el Real Betis ganamos y marqué dos goles. Luego seguí marcando, hasta nueve tantos, con un vendaje en la pierna. La final fue 6-1 e hice un doblete”, relata.
Ahora, lejos del sol abrasador de Almería bajo el que creció en la adolescencia, David alterna sus competiciones con el París FC y el Flamencos, con el que recientemente ganó la Copa de Andalucía. “En España, hay torneos, pero el problema es que no tenemos una Liga. Hay que salir y buscar alternativas para subir el nivel”, lamenta.
El siguiente reto será el Mundial en agosto en Costa Rica. “Queremos dar guerra. Si nos brindan los recursos, podemos llegar alto. No tememos a nadie, somos ambiciosos y estamos listos para soñar en grande», afirma David Mendes con su eterna sonrisa y su voluntad indomable. Un jugador que, con el fútbol como brújula, demuestra que incluso con las alas rotas, mientras haya un balón rodando y un sueño al que aferrarse, también se puede volar.
