A veces la vida te pide pausa, no para rendirse, sino para escucharse. Eso fue lo que Sara Revuelta, emblema del baloncesto femenino español en silla de ruedas, tardó en comprender. Había dedicado tanto tiempo a correr, a anotar, a jugar, que no escuchó el latido que anunciaba el desgaste. La pasión que un día encendió su camino se volvió una brasa tenue, casi fría.
Competía, pero no disfrutaba en la pista. Ni con el CD Ilunion, uno de los clubes más laureados de Europa, ni tampoco con la selección española. Cada entrenamiento era un tormento. Y ese gris que iba cubriendo sus días terminó por empañar también su mirada. Llegó un punto en el que el balón dejó de ser refugio y pasó a ser carga. Pensó entonces en alejarse del deporte que tanto le había dado.
“Fueron dos años difíciles, planteándome si dejar mi carrera deportiva. Dudé de mí, me sentía inútil, no me reconocía en mi juego, como si no supiera jugar, defender o tirar a canasta. Perdí la confianza, creí que ya no podía aportar más al baloncesto”, confiesa Sara, quien tiene una paraplejia causada por la quimio que recibió durante tres años tras diagnosticarle leucemia cuando tenía dos años.
Graduada en Física, refugiada entre másteres y libros, Sara encontraba más calma en las aulas que en las pistas. “Ir a entrenar era el peor momento del día, lo pasaba fatal, mi juego se había estancado. Tampoco era feliz en las concentraciones con la selección española”, admite.

Renacer en la isla de Cerdeña
A finales de 2024 dejó atrás el club en el que creció, los títulos que la habían coronado (dos Champions League, cuatro Ligas, siete Copas del Rey y una Supercopa de España), y emprendió viaje hacia Italia para jugar con Dinamo Sassari. Cruzó el Mediterráneo casi en silencio, como quien no sabe si va o huye. Cerdeña la recibió con un ritmo más lento, amable. Allí la isla le prestó algo que había olvidado: aire. Cada rincón de la ciudad le enseñaba un modo diferente de empezar de nuevo.
“Siempre quise jugar en Italia. Elegí ese destino por una corazonada. El entrenador es Mat Foden, al que conocí en España cuando tenía 14 años en un campus en el que colaboraba la Fundación Johan Cruyff. Y el destino quiso que nos reencontráramos. Tanto él, como el club, mis compañeros, me han salvado la carrera deportiva. Cuidan de mí. Y vuelvo a ilusionarme”, comenta.
En la isla italiana, la pista empezó a parecerle hogar. Y desde ahí, sin prisa, retornó la sonrisa que creía perdida. Cerdeña no solo le devolvió el brillo en los ojos, la reconcilió consigo misma. “El nivel en Italia es inferior al de España, pero hay mucha igualdad entre equipos y eso lo hace especial. Estoy jugando entre 30 y 40 minutos por partido, tengo más libertad a la hora de leer el juego y me siento muy confiada. Y eso que hace poco quería dejarlo”, cuenta con una sonrisa.

Bronce europeo y en el quinteto ideal
En octubre, cuando Sara volvió a vestir la camiseta de la selección española en Sarajevo, no era la misma que un año atrás se había marchado rota. Era una jugadora entera, lúcida, en paz. Su juego, fluido como el mar que había atravesado, audaz, inteligente, contribuyó a un nuevo podio: el bronce europeo, el tercero consecutivo para España.
“Supone la recompensa tras un verano largo y duro de entrenamientos. La mayoría no tuvimos vacaciones y hubo compañeras que tuvieron que pedir días en el trabajo. Al final, mereció la pena. Pese a perder varios partidos en la fase de grupos, teníamos el objetivo claro y fuimos creciendo en la competición. Estamos muy unidas, un grupo con veteranas y jóvenes que traen ilusión. Nadie confiaba en nosotras, y mira, llegó el tercer bronce. Demostrarnos que estamos a un buen nivel”, comenta.
En lo individual, la madrileña fue incluida en el quinteto ideal del torneo, confirmando su gran rendimiento en la pista. “Sin mis compañeras y el apoyo del cuerpo técnico, no habría sido posible. Les estoy muy agradecida”, añade. El pasado año también brilló con España en 3×3, una modalidad que le ilusiona. En 2024 ganó el Europeo, y en 2025 la plata en el Mundial con Vicky Pérez, Isa López y Sonia Ruiz, así como otra plata en las Olimpiadas Universitarias con Naiara Rodríguez, Bea Zudaire y Sindy Ramos.

Ahora está centrada y feliz en Sassari, solo se ata a contratos por año, así que no cierra puertas a ningún club. Ya mira al próximo reto con la selección, la repesca para el Mundial de Canadá, que se jugará en junio en Madrid. Lucharán por un billete para ir al campeonato del mundo, donde poder seguir creciendo y aspirar a cotas altas.
Y después, a pensar en Los Ángeles 2028. “Estuvimos en Tokio 2020 con la pandemia; luego en París 2024, donde no demostramos nuestro nivel porque no tuvimos concentraciones previas y eso nos lastró. Queremos sacarnos la espinita en 2028. Pero no nos vale con clasificarnos para otros Juegos Paralímpicos, sabemos lo que podemos dar, somos ambiciosas y lucharemos por lo máximo”, afirma con convicción Sara Revuelta, una jugadora que vuelve a abrazar su pasión.
