La última vez que Elena Congost había cruzado una línea de salida fue aquel 8 de septiembre de 2024, en las calles de París. Ese día devoró cada kilómetro con la firmeza de quien conoce el peso y la gloria del maratón. Pero a unos metros de la meta, cuando el rugido del público ya se adivinaba y la medalla estaba en sus manos, su entonces guía, Mía Carol, sucumbió al calambre que le torció el gesto y el equilibrio. En un acto puramente humano, mientras él se tambaleaba, ella soltó la cuerda que los unía para ayudarle a no caer.
Un segundo, un acto prohibido por el reglamento. Un castigo, la descalificación. Una injusticia que le arrebató la medalla paralímpica. Ha pasado más de un año desde aquel golpe que le desgarró la carrera y un pedazo de alma. Y, sin embargo, el pasado domingo, en la maratón de Valencia, Elena volvió a lo grande.
Con su nuevo guía, Roger Sans, avanzó acompasada, armoniosa, precisa. Detuvieron el reloj en 2:54:36, la segunda mejor marca de la historia en la categoría T12 (discapacidad visual), la mejor del año y un récord de Europa, superando la antigua plusmarca de la rusa Elena Pautova, fijada en 2015 con 2:58:23.

La sintonía con el nuevo guía
“Mi entrenador siempre me decía que valía menos de tres horas, pero se me resistía bajar esa barrera”, cuenta, aún envuelta en la euforia tranquila de quien sabe que sigue haciendo historia. “En Río de Janeiro 2016 -ganó el oro- hice 3:01 por el clima. En París me quedé en tres horas por lo que pasó con mi guía. En Valencia salió la marca que llevaba tiempo persiguiendo”, dice con orgullo.
Ni siquiera el sol otoñal de la ciudad valenciana brillaba tanto como su sonrisa. Ella misma relata la sintonía con su nuevo compañero: “Roger me iba cantando cada kilómetro. Se conocía el circuito y me avisaba cuando venía una cuesta para reservarnos; y en las bajadas apretábamos. Fuimos muy regulares, nunca pinché, controlamos el ritmo y salió el resultado”.
Pero nada de todo esto ha borrado el eco del episodio de París. Sigue ahí, en un rincón que duele. La cuerda soltada un segundo. La reclamación de la japonesa Misato Michishita, que corría demasiado lejos para verse afectada. La decisión arbitral. Y, aun así, tras la tormenta, llegó el calor, una oleada de cariño, de apoyo, de reconocimiento. Oportunidades nuevas, ayudas, focos que antes se apagaban cuando ella conciliaba deporte y maternidad -tiene cuatro hijos: Arlet, Abril, Ona y Lluc- mientras las instituciones le daban la espalda y ella seguía corriendo.
La batalla legal
Ahora, su caso avanza por los tribunales ordinarios de París. El 23 de marzo tendrá lugar una vista. La representa Jean-Louis Dupont, el abogado que cambió el fútbol europeo con el caso Bosman. “Están trabajando al máximo. No sé qué pasará, pero daremos guerra para que a nadie le vuelva a pasar lo mismo”, dice, esperanzada. Y recuerda que hace un año el presidente del Comité Paralímpico Internacional, Andrew Parsons, prometió revisar aquella norma que penaliza a quien ayuda.
“A veces los maratonianos necesitamos atarnos las zapatillas o ir al baño. Soltarse la cuerda no significa hacer trampa. Si se consigue modificar esa norma y evitar que perjudique a ningún atleta más, yo me doy por satisfecha”, insiste.

Un año emocionalmente duro
Pero este año, además, Elena tuvo que atravesar una montaña rusa emocional. Sufrió dos abortos y, en mayo, anunció que le habían detectado un tumor en el nervio óptico. Los dolores eran persistentes y el diagnóstico cayó sobre ella como un jarro de agua fría. Pasó por quirófano. Ahora, con inmunoterapia, resonancias y vigilancia constante, sigue batallando contra la enfermedad con la misma firmeza con la que encara cada maratón.
Nació con una atrofia en el nervio óptico, pero jamás permitió que aquello fuese una barrera. De niña tuvo que convencer a sus padres de que la dejasen ser atleta. Con 14 años debutó en un Mundial; a los 15, ya estaba compitiendo en los Juegos Paralímpicos de Atenas 2004. En Londres 2012 conquistó una plata en 1.500 metros y en Río 2016 selló su nombre en la historia: fue la primera campeona paralímpica de maratón en categoría de discapacidad visual.
Luego llegó el parón con la maternidad. Cuatro hijos. En su tercer embarazo, incluso hubo quien le insinuó que debía abortar si quería ir a los Juegos de Tokio 2020. Ella ni lo consideró. Más tarde, tras el nacimiento de Ona, dejó de percibir la baja por maternidad con el argumento de que “habían sido tres partos muy seguidos”.
Aquello la derrumbó. “Te das cuenta de que, al final, los deportistas somos simples números para ellos, una inversión”, pensó entonces. Nunca había fallado en las grandes citas, siempre había vuelto con medallas, y así se lo pagaban.
El renacer tras el parón
Después de dar a luz a su cuarto hijo, creyó que su carrera había terminado. No lo había anunciado, pero lo sentía, se despidió en silencio. Pero su marido, Jordi Riera, exgimnasta, la desafió a volver. Y ella, un verano de 2023, en casa de su padre en Cádiz, empezó a caminar por la cinta por las noches, a trotar unos minutos por la calle. El cuerpo, testarudo, empezó a reclamarle lo que había sido. Entonces llamó a su entrenador, Roger Esteve, y le dijo que quería regresar.
Lo de París la devolvió al foco mediático, aunque por motivos dolorosos. Pero más de un año después, en Valencia, ha encontrado paz. Y un nuevo guía, Roger Sans, con quien la complicidad fluyó por las calles valencianas. Corrió feliz, sostenida, a un promedio de 4:08 por kilómetro.
Aunque el cansancio muscular apareció en el tramo final, supo conservar, apretar los dientes y lanzarse hacia la pasarela sobre el agua de la Ciudad de las Artes y las Ciencias. Allí detuvo el tiempo y firmó una de las mejores marcas de la historia en su categoría. El récord mundial, todavía lejos, pertenece a la marroquí Fatima Ezzahra El Idrissi, campeona en París 2024 con 2:48:36.
Cuando se pregunta “¿y ahora qué?”, la respuesta llega teñida de reivindicación. “Los maratonianos estamos abandonados y desamparados por el camino, porque no hay mundiales ni europeos para nosotros. Si queremos competir, alguna organización de maratón nos tiene que invitar. A mí tampoco me gusta competir mucho porque desgasta. Así que quizá compita dentro de un año, otra vez en Valencia”, afirma con esa serenidad que la caracteriza.
Lo que sí mira ya al horizonte, a los Juegos de Los Ángeles 2028. Allí quiere estar y cerrar un círculo. “Este resultado en Valencia me ha dado un chute de motivación y confianza. Espero mantenerme en un buen estado físico y dentro de unos años subir al podio paralímpico”, comenta. Y es imposible no creerla. Porque el deporte le debe una. Porque Elena Congost siempre vuelve para escribir historia.
