La vida de Eloy Guerrero Asensio fue una lección de coraje y superación, un ejemplo de cómo la voluntad puede doblegar cualquier barrera. Nacido en Esparragosa de Lares (Badajoz, 1953), aquel niño inquieto que corría por las empinadas calles de su pueblo no imaginaba que, con solo ocho años, un error médico cambiaría su destino. Una punción lumbar mal realizada le arrebató la movilidad de las piernas.
“Me quedé parapléjico, fue un palo duro. De cintura hacia abajo ya no volví a sentir nada. En mi pueblo hicieron una colecta y me compraron una silla enorme, con ruedas delanteras grandes. Aquello parecía un sillón”, recordaba hace unos años.
Sus padres, movidos por la esperanza, se trasladaron a Barcelona en busca de tratamientos novedosos. Allí, Eloy ingresó en el recién inaugurado Instituto Guttmann de Badalona, un lugar que se convertiría en su segunda casa y en el germen de su renacimiento. “Era un crío, y aquellas terapias con deporte me ayudaron en la rehabilitación. Practiqué todo lo que pude: atletismo, baloncesto, ajedrez, tenis de mesa, tiro con arco… era muy enérgico y me atrevía con todo”, decía con una sonrisa.

Primer partido de baloncesto en silla en España
Fue precisamente en el Guttmann donde su espíritu indomable comenzó a brillar. Formó parte del histórico primer partido de baloncesto en silla de ruedas en España, disputado entre el Trauma del Hospital Vall d’Hebrón y el ANIC (Asociación Nacional de Inválidos Civiles). Aquel joven de mirada vivaz acabaría ganando su primera y única Liga en 1976 con el equipo del ANIC.
Su talento y velocidad pronto llamaron la atención. En un campeonato nacional celebrado en Madrid, conquistó su primera medalla de oro en slalom y un bronce en atletismo en 100 metros lisos. Ese logro le abrió las puertas de la selección española que viajaría, en 1969, a los Juegos Mundiales de Stoke Mandeville, la cuna del movimiento paralímpico.
Allí, en suelo británico, el joven Eloy, ágil y liviano, se alzó con el primer oro internacional en la historia del deporte adaptado español. “Se me daba bien el slalom. Había que superar escalones, bordillos, rampas… era como entrenar para la vida diaria. Esa prueba me dio libertad para moverme por la calle”, contaba.

También integró en aquel torneo la primera selección española de baloncesto en silla, que debutó ante Gran Bretaña bajo la mirada de la reina Isabel II. “Éramos novatos y nos arrollaron, perdimos 74-5. Ellos tenían sillas ligeras, deportivas; nosotros jugábamos con las de paseo, que se frenaban”, relataba.
Su carrera continuó imparable. En los Juegos Paralímpicos de Heidelberg 1972 mostró su faceta multidisciplinar al competir en baloncesto, tenis de mesa y atletismo: “Me sacaron de la cancha a mitad de un partido para jugar al tenis de mesa. En atletismo, fui noveno en slalom. Había países que nos llevaban años de ventaja. Nosotros hacíamos deporte porque nos gustaba, por divertirnos, y porque nos permitía viajar”.
Plata en los Juegos Paralímpicos de 1976
A lo largo de los años sumó nuevos metales, entre ellos dos oros en slalom y en relevos 4×100 metros en el Mundial de atletismo de Saint Étienne (Francia). Pero su joya más preciada fue la plata en los Juegos Paralímpicos de Toronto 1976. “Fue inolvidable, estuve cerca del oro. No pude recoger la medalla porque la entregaban al día siguiente y no estaba en el estadio. La subió a recoger mi compañero en tiro con arco Manuel Bellón”, comentaba. Su padre, que era carpintero, le hizo un cuadro de madera para conservarla.
Aunque el slalom fue su gran pasión, el trabajo lo llevó a centrarse en el baloncesto. Empleado como oficinista en Transportes La Guipuzcoana, apenas le quedaba tiempo para más disciplinas. Siguió defendiendo los colores del Instituto Guttmann, aunque en los años ochenta desapareció de la selección nacional.
No obstante, su historia tendría un epílogo brillante. El técnico Ángel García lo convocó de nuevo para los Juegos Paralímpicos de Barcelona 1992. “No me lo esperaba, pero me encontraba fuerte y podía aportar mi juego. Era un base sereno, con buena visión de juego. Sabía leer las jugadas y entender lo que necesitaban mis compañeros”, aseguraba.

Despedida en Barcelona 1992
Tras vestir en 94 ocasiones la camiseta nacional, Eloy no pudo tener una despedida más simbólica. Participar en los Juegos de Barcelona 1992, en la ciudad que lo había acogido y donde había forjado su renacer, fue para él el cierre perfecto de un ciclo.
“Fue un sueño participar en aquellos Juegos. Cambiaron la historia del deporte. Era un orgullo jugar delante de nuestro público; fue la primera vez que vi un pabellón lleno, algo increíble, porque en los campeonatos anteriores apenas estaban los familiares en las gradas. En Barcelona me sentí como un deportista de élite. Iba por cualquier instalación y siempre estaban a rebosar, no parábamos de firmar autógrafos, parecíamos estrellas. La pena fue no conseguir medalla, a pesar de tener una gran plantilla”, apuntaba.
Con el equipo de toda su vida aún desplegó su calidad sobre las canchas durante un par de años más, hasta poner punto final a una carrera repleta de trofeos, medallas y reconocimientos. “He ganado muchas cosas, aunque lo que más ilusión me hizo fue el homenaje que me rindieron en mi pueblo. Le pusieron mi nombre al pabellón”, solía decir.
Regresaba siempre que podía a su Esparragosa de Lares natal para disfrutar de la pesca en el embalse de La Serena, rodeado de la calma que tanto apreciaba. Aquel rincón de Extremadura, que tuvo que abandonar siendo apenas un niño, era su raíz más profunda.
Eloy Guerrero falleció a comienzos de este año, dejando tras de sí un legado imborrable. Fue pionero, maestro y ejemplo de tenacidad. Desde aquel niño que soñaba en las calles de su pueblo hasta el hombre que abrió caminos para el deporte adaptado en España, su historia fue la de un espíritu que jamás se rindió. En cada medalla, en cada partido, en cada sonrisa, quedó grabada la huella de quien convirtió las barreras en impulso.
