Kim López, el titán de los giros y los brazos hercúleos

El atleta español, oro en lanzamiento de peso en Río de Janeiro 2016, campeón de Europa y plusmarquista mundial con 17.02 metros apunta a las medallas en los Juegos Paralímpicos de Tokio. “Voy a por el oro”, dice.

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El valenciano Kim López, plusmarquista mundial en lanzamiento de peso F12 y oro paralímpico en Río 2016. Fuente: CPE

Desde el círculo de lanzamiento gira y estira una y otra vez el brazo hercúleo para hacer volar la bola de acero. De barba negra azabache y enormes músculos tatuados, Kim López (1.74 metros y 110 kilos) lleva casi una década encaramado en la élite del atletismo. Una gran cantidad de metales mundiales y europeos cuelgan de su cuello, también un oro en Río de Janeiro 2016. Tras darle un gran bocado al récord del mundo en categoría F12 (discapacidad visual grave) con 17.02 metros y ganar el oro en el Europeo de Bydgoszcz (Polonia), su próximo desafío es repetir podio en unos Juegos Paralímpicos.

Pese a las lesiones que ha tenido en los últimos años, el titán valenciano exhala optimismo y vigor por sus poros: “En Tokio voy a por el oro y, si no puede ser, al menos quiero llevarme una medalla”. Lleva desde los cuatro años ligado al deporte, empezó dando brazadas en la piscina de Silla (Valencia), logrando buenos resultados. “Un día estuve a punto de ahogarme y mi madre me apuntó a natación. Con 14 años fui a un Mundial júnior y gané cuatro medallas, pero no terminaba de gustarme”, cuenta Kim, que sufre miopía magna, una enfermedad hereditaria y con solo un 20% de capacidad visual. “Se agrava con los años, aunque aún puedo desenvolverme sin ayuda”, explica.

Dejó el gorro y el bañador y aterrizó en el atletismo por afán competitivo. “Estaba en un centro internado en Alicante y fue por un pique con un compañero. Me dijo que me ganaba nadando y le vencí. Y luego me retó en lanzamiento de disco y volví a ganarle. Me gustó mucho y desde entonces no lo he dejado”, relata. Sin embargo, tuvo un periodo de vaivenes, dejó de estudiar y pasaba muchas horas en la calle, creció en un entorno de delincuencia. “Era muy callejero, un chico de barrio, pero me di cuenta de que tenía que pelear para alejarme de ese lado oscuro”, recalca.

El deporte se postuló como la única salida, dejó su ciudad y accedió a la residencia Blume de Madrid, donde empezó a forjar su leyenda. Su piel es un lienzo de tatuajes que recorre cada vivencia que le ha marcado en su travesía. En el dedo índice de su mano derecha aparece una bala con la H de ‘hermanos’ que “representa a mi gente, siempre que me necesiten ahí estaré”. También lleva un tiburón, unas rosas, una geisha, un dragón, una luna en la espalda que simboliza a su madre y dos pistolas que representan a sus hermanos, Rubén y Kevin, “mis armas de defensa”. “Ahora quiero tatuarme cosas relacionadas con cada sitio en el que haya logrado medalla, así que espero llevar también algo de Tokio en mi cuerpo”, dice riendo.

En los Juegos Paralímpicos de Brasil consiguió su mayor premio en lanzamiento de peso y eso que a punto estuvo de quedarse sin competir. “Estaba malísimo de la barriga y con algo de fiebre, fue una mañana intensa. El conductor del autobús se perdió y cuando llegamos al estadio entré directo a la cámara de llamadas, sin calentar ni nada. Pensé que iba a patinar, que sería un desastre de prueba. Pero me relajé y eso me ayudó. El segundo intento fue el que me dio el oro, jamás lo olvidaré”, subraya Kim, que tiene como referente al neozelandés Tomas Walsh.

El alumno de Juanvi Escolano cuenta con un palmarés de lujo: siete medallas mundialistas (bronce en Nueva Zelanda 2011, oro en Lyon 2013, plata y bronce en Doha 2015, dos bronces en Londres 2017 y plata en Dubai 2019), así como numerosas preseas en europeos. La última la cosechó en junio en Polonia, un metal dorado con 17.02 metros, siendo el primer atleta en categoría F12 en superar la barrera de los 17 metros. Esa cifra la aumentó solo un mes después en un control absoluto para fijarla en 17.10, nuevo récord del mundo. Sin embargo, luego lanzó hasta los 17.23 metros en L’Hospitalet de Llobregat, pero esa marca no fue homologada por no avisar de su participación en el evento con antelación.

Después de una dura preparación en Gandía, donde cambió el lanzamiento lineal por el giratorio y perfeccionó la técnica, llega fuerte, motivado y en un tono óptimo pese a cargar con alguna lesión a cuestas. “A Río fui lesionado de la muñeca, después me lastimé el codo y desde hace dos años y medio una caída me jodió el tobillo, la tibia y sufrí una rotura del ligamento cruzado de la rodilla izquierda”, lamenta el valenciano, que prefirió un tratamiento conservador y esquivar el quirófano: “Si me operaba corría el riesgo de perderme el Mundial y los Juegos. Pese a que acabo cada sesión con el cuerpo dolorido, toca apretar los dientes y aguantar porque llevo cinco años luchando para ir a Tokio”.

Con muchas horas de pesas en el gimnasio ha fortalecido la rodilla y, aunque a veces el dolor limita sus movimientos, ha demostrado estar hecho de otra pasta. “Estoy en buena forma y me veo rápido, en los últimos dos años cogí una buena base de preparación y esta temporada, pese a la pandemia de coronavirus, he seguido el mismo camino. Incluso he solucionado mis problemas mentales a la hora de competir, algo que me ha permitido hacer buenas marcas para imponer un poco de miedo a mis rivales”, comenta.

Kim es uno de los candidatos a subir al podio en Tokio, donde tendrá que lidiar con el ucraniano Roman Danyliuk, campeón del mundo. “Me venció en Dubai, pero ya le gané en Río y en el último Europeo, así que espero hacerlo otra vez. Sé que le puedo superar, confío en mi experiencia, soy muy positivo y puedo dar más, he afinado en estos meses para llegar más allá de los 17.20 metros. Me encantaría repetir el oro de 2016, sería brutal, pero si no, al menos quiero llevarme otra medalla. Voy con muchas ganas e ilusión, me voy a dejar los cuernos para alcanzar el objetivo”, finaliza.

TEST TOKIO 2020. Conociendo a Kim López

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