A cada disparo, el mundo de Puri Santamarta se reducía a una línea recta, a un latido sobre el tartán. Cuando el sonido estallaba en el aire, la burgalesa se despegaba del suelo y aceleraba como un proyectil desbocado. No veía la pista, pero la sentía vibrar bajo sus pies veloces, livianos. Con los años, la historia le otorgó su sitio: el de la mejor atleta ciega en los años ochenta y noventa.
Durante casi dos décadas, reinó en la velocidad con la naturalidad feroz con la que corren los animales salvajes. Zancada elegante, piernas de fuego, carácter volcánico: así la reconocían quienes la vieron devorar rectas y doblar el mundo a golpe de medalla. Nueve títulos mundiales, dieciocho europeos, dieciséis medallas paralímpicas -once de ellas de oro-. Un palmarés que parecía inagotable, como si el hambre competitiva de Puri jamás se saciara.
El atletismo llegó a su vida de puntillas, por casualidad, cuando estudiaba en el colegio de la ONCE en Alicante. Hacía apenas unos años que la oscuridad la había alcanzado por completo. “Nací ciega, aunque tenía un pequeño resto visual, distinguía los colores, pero a los ocho años sufrí un accidente doméstico y perdí la poca visión que me quedaba”, cuenta sin dramatismos. La ceguera no la detuvo, fue solo el punto de partida de otra forma de mirar el mundo.

Benito Peláez, el entrenador que la forjó
Los técnicos la descubrieron rápido y a los 17 años ya estaba en los Juegos Mundiales de Stoke Mandeville. Un mes antes había conocido a Benito Peláez, el entrenador que la pulió y convirtió en una joya. “Ha sido mi sombra y mis ojos durante casi 30 años, mi gran apoyo. Él me lo enseñó todo, la técnica, la forma de correr… los éxitos que conseguí se los debo a él. Una de las claves es que me trató como si no fuese ciega”, recalca. Bajo su guía, la joven atleta comenzó a tallarse a golpe de disciplina y talento.
En su debut en Mandeville logró un oro en 60 metros y dos platas en 400 y salto de longitud. Eran solo las primeras piedras de una catarata de triunfos. Con la mayoría de edad recién cumplida llegó a Arnhem 1980, sus primeros Juegos Paralímpicos. “Los recuerdo con cariño, estábamos en una base militar con pequeños barracones prefabricados y era un evento más bien familiar”, recuerda.
Allí, una descalificación en los 60 metros la dejó sin la plata por una insólita razón: “Mientras competía, un compañero corría por el césped de forma paralela a mí porque buscaba una chaqueta y los jueces decían que me había ayudado. En aquella época corríamos de una en una y a la voz de un guía que nos llamaba”. El disgusto se convirtió en impulso, y en los 400 metros ganó la plata.
Primeros oros paralímpicos
Nueva York 1984 fue su coronación. En el estadio Mitchell Park comenzó, sin saberlo, su dinastía. Oro en 100 y 400 metros, este último con un estudiante universitario estadounidense como guía. “Fueron increíbles esos Juegos, todo me salió bien. Incluso tuve tiempo para visitar la ciudad, allí fue la primera vez que vi un gran centro comercial y un rascacielos. Visitamos las Torres Gemelas, no se me olvidará lo rápido que iba aquel ascensor, parecía un avión”, recuerda entre risas. En la pista, quien parecía volar era ella.
En Seúl 1988 volvió a demostrar que su reinado no era casual. Oro en 100 metros, platas en longitud y 400 metros, guiada por José Antonio Valledor. “Esos Juegos fueron un salto importante, ahí empezó la evolución del deporte paralímpico. Utilizamos las mismas instalaciones que los olímpicos. Estar en la pista en la que un mes antes habían corrido Carl Lewis y Ben Jonhson me motivó más”, cuenta. Aún evoca el murmullo de las gradas llenas de escolares y militares, la peculiar escena del público dividido para animar según la calle de cada atleta.

Póker dorado en Barcelona 1992
El gran viraje del deporte paralímpico, ese momento en que la luz se abrió paso con una claridad inédita, llegó en Barcelona 1992. En aquella ciudad que olía a celebración y futuro, Puri alcanzó un lugar reservado solo para los mitos: fue la única deportista española en lograr un póker dorado en pruebas individuales.
Un logro tan descomunal que todavía hoy parece un destello suspendido en el tiempo. “Ahí me sentí una estrella, la gente se volcó, iba a vernos en masa, lo que vivimos fue un sueño, algo mágico e inolvidable. Firmé muchos autógrafos, incluso a dos monjas que nos pararon por la calle”, confiesa entre risas.
En aquellos días, el Comité Paralímpico Español ni siquiera existía, y las ayudas eran apenas un gesto modesto: unas 60.000 pesetas mensuales de la ONCE para preparar los Juegos entre enero y septiembre. Por las medallas, ni una recompensa económica. Lo que Puri ganó allí fue prestigio, historia, eternidad.

Dominio absoluto en Montjuic
Guiada por Roberto Cibrián y movida por una ambición sin grietas, se adueñó del tartán en 100, 200, 400 y 800 metros, seis récords mundiales incluidos. Era el dominio absoluto. Cuando aún recuerda la primera prueba en un estadio de Montjuic a rebosar, a la burgalesa se le pone la piel de gallina. Eran las semifinales de los 200 metros y su entrenador le dijo que no desgastara más de la cuenta porque tenía un calendario tremendo.
“Ni caso le hice. Tras dar la curva el público empezó a rugir y salí disparada, como si me persiguiese un toro. Benito me gritaba desde la banda que parase, pero no podía frenar. Hice 27.20 segundos. Al día siguiente, otra vez récord del mundo con 26.04 y oro”, relata con orgullo. Después vinieron los 100 y los 400 metros, ambos con oro y plusmarca mundial.
El cuerpo empezaba a protestar, pero la voluntad seguía erguida. “Acumulé mucho agotamiento, aunque corriendo me encontraba bien, parada me dolía todo el cuerpo. Solo descansé la penúltima jornada de competición, ese día me lo pasé tumbada en la cama, solo quería dormir y darle un achuchón a mi perro guía, Dan”, recuerda.
En el 800, agotó las reservas de aire y fuerza: “Escuchaba al público como si estuviese debajo del agua, pensé que me desmayaría. No quería fallar, apreté los dientes y llegó el oro con récord. Sin oxígeno me tiré al suelo y tuvieron que sacarme en brazos, casi ni podía ir a recoger la medalla porque no podía andar”. Lo había conquistado todo. Incluso, para alejar suspicacias, su entrenador pidió un control antidopaje voluntario.

Una excedencia para Atlanta 1996
Pero la vida, siempre testaruda, le mostró pronto su lado más áspero. Tras tocar el cielo, Puri tuvo que volver a la tierra y enfrentarse a los equilibrios imposibles: entrenar, vender el cupón de la ONCE, cuidar a sus hijos Alberto y Sara. “Estuve a punto de dejarlo porque no podía con todo. Pedí una excedencia de un año para preparar los Juegos de Atlanta 1996, pasé de ganar 200.000 pesetas al mes en mi trabajo a cobrar 60.000, era un cargo de conciencia importante, así que tenía que ganar, la plata habría sido un fracaso”, admite. Y ganó. Con Juan Carlos Gutiérrez como guía, se coronó en 100, 200 y 400 metros.
Esta vez, sí hubo una recompensa: 150.000 pesetas por medalla. “Ahí corríamos de forma más profesional, con una técnica depurada y zancada amplia y potente. De hecho, algún juez no creía que fuese ciega total hasta que me veía los ojos”, comenta.
Su leyenda la llevó a estar nominada a los Premios Príncipe de Asturias, aunque fue Carl Lewis quien alzó el galardón aquel año. Nada que impidiera que ella siguiera sumando gloria. En Sídney 2000 volvió al podio: oro en 400, plata en 100, con Javier Ascanio como lazarillo.

Atenas 2004, sus últimos Juegos
Sus últimos Juegos fueron Atenas 2004, donde se colgó un bronce en 200 metros. El desencanto, sin embargo, ya había empezado a hacer mella. “Me había llevado muchos desengaños y promesas incumplidas, no me sentía valorada. No podía pelear por un oro cuando tenía que trabajar ocho horas diarias y luego ir a entrenar y a cuidar a mis hijos”, dice.
Y la gota que colmó el vaso fue que, a Benito, su entrenador, no lo acreditaron para esos Juegos. Ella tuvo que pagarle el viaje. “Me dio rabia la desidia del Comité Paralímpico Español, así que me vi sin la responsabilidad de tener que ganar”, explica con serenidad.
Con 45 años, y tras quedarse a una centésima de la mínima para Pekín 2008, Puri echó el telón a una carrera monumental. “Si hubiese vivido del deporte habría sido mejor, incluso habría corrido en pruebas convencionales. De hecho, en Castilla y León disputé muchas finales en campeonatos regionales”, reflexiona sin lamento, solo con certeza, una mujer que convirtió sus zancadas en eternidad.
