Hay veces que las cicatrices enseñan más que los trofeos. Íñigo Gerbolés lo sabe bien. Su carrera deportiva ha estado marcada por lesiones, pausas obligadas y sueños aplazados. Vio pasar el tren de los Juegos Paralímpicos hasta en tres ocasiones -Londres 2012, Río 2016 y Tokio 2020- sin poder subirse. Pero nunca dejó de empujar. En Sao Paulo, el judoka navarro encontró una recompensa largamente esperada: el bronce en el Grand Prix de judo para ciegos.
En la categoría J2 -95 kilos, Gerbolés firmó una actuación sólida y valiente que culminó con la victoria por ippon ante el moldavo Nicolai Bondarev. Un combate intenso, de desgaste físico y mental, que le permitió subir por primera vez a un podio de Grand Prix. Un metal que pesa más por todo lo que hay detrás.
“Los combates han sido bastante duros y de mucha intensidad. No tenía nada que perder, he salido con todo y esta vez ha salido cara, aunque casi siempre me había salido cruz”, ha explicado. Sus palabras resumen una trayectoria plagada de intentos y de puertas que parecían cerrarse siempre en el último momento.

Regreso a la competición internacional
Tras apartarse del circuito internacional en el ciclo anterior para centrarse en sus estudios, Gerbolés decidió volver a la élite con un objetivo claro: iniciar el camino hacia Los Ángeles 2028. El regreso ya había dejado señales positivas, como el meritorio quinto puesto en el Europeo de Tiflis (Georgia) el pasado mes de septiembre. El podio, sin embargo, se resistía. Hasta ahora.
“En mi primera etapa deportiva disputé varias opciones de medalla, pero nunca llegué a conseguir una, salvo el bronce en el Europeo por equipos de Lisboa 2015. El resto han sido muchos quintos puestos y, en un Open Internacional -en Heidelberg 2019-, un bronce”, ha recordado. Sao Paulo rompe esa dinámica y se convierte en un punto de inflexión.
Más de diez años entrenando incluso cuando la motivación flaquea, cuando el cuerpo duele y la cabeza pesa. Gerbolés sigue lejos de los focos, sin atajos ni promesas fáciles. No entrena para la foto ni para el aplauso, sino para ser fiel al compromiso que asumió consigo mismo: luchar por estar en unos Juegos Paralímpicos.
Un camino largo en la sombra
Eso sí, el bronce no cambia su realidad cotidiana. “Estoy contento por haber conseguido la medalla, pero siendo realistas, las cosas no van a cambiar. Toca volver al curro, entrenar y seguir con la rutina de siempre”, afirma con los pies en el suelo. Un discurso que refleja la dureza de un camino en el que las medallas no sostienen el esfuerzo; lo hacen las decisiones invisibles, las que nadie ve.
El judoka quiso destacar el apoyo del equipo nacional, clave para poder rendir al máximo nivel. “Me gustaría agradecer a todo el equipo que ha estado en Brasil; a Marina Fernández, la seleccionadora, la confianza depositada en mí; a Álvaro Gavilán, antiguo compañero y actual entrenador; y a Raúl y Dora por cuidarnos y mantenernos en condiciones con la fisioterapia”, ha señalado.
Para Íñigo Gerbolés, el bronce es mucho más que un resultado. Es la confirmación de que seguir creyendo, incluso cuando parece tarde, también puede llevar al podio.
La expedición española se marcha de Sao Paulo con dos metales. En la primera jornada, el aragonés Sergio Ibáñez conquistó el oro en J2 -70 kilos. No tuvieron la misma fortuna Marta Arce, Norberto Tuñón y la joven debutante Elsa Hernández, mientras que el madrileño Rodrigo Suárez se quedó a las puertas del podio con un quinto puesto en J2 +95 kilos.
