Fueron apenas un par de segundos. El cuerpo cayó de espaldas, golpeó el suelo mojado y quedó inmóvil, bajo el cielo plomizo de Estepona. La caída le destrozó la cervical C5, le estalló como un vaso de cristal. Aquel 5 de diciembre de 2013, la vida de Alejandro Navarro, un policía nacional, legionario, deportista, marido y padre de dos hijos, se detuvo en seco. Quedó tetrapléjico.
Lo que entonces pareció el final fue, en realidad, el inicio de otra existencia: una en la que, años después, completaría pruebas de ultrafondo como la 101 kilómetros de la Legión o la Desértica de Almería, convirtiendo su historia en un ejemplo de resistencia y solidaridad.
La mañana había sido ventosa, con rachas de lluvia que habían derribado varios cipreses en el jardín de su urbanización. Por costumbre, por carácter, salió de casa a ayudar al jardinero. “Siempre me ha salido natural echar una mano”, recuerda. Pero el terreno estaba húmedo y resbaladizo. Perdió el equilibrio y cayó. El impacto fue seco, brutal.

Una lesión medular grave
Consciente, sin poder moverse, comprendió la magnitud del golpe. “Llama a mi mujer y a mis padres y comunícales lo que me ha pasado”, le pidió al jardinero, tumbado bocabajo. A los pocos minutos, el sonido de las sirenas rompió el aire y las luces de la ambulancia se reflejaban en los charcos. La doctora del equipo de emergencias supo al instante que se trataba de una lesión medular grave. Fue trasladado al Hospital Regional de Málaga. Cuando le colocaron la mascarilla de oxígeno, perdió el conocimiento.
Permaneció 15 días en coma. Cuatro de ellos, en estado crítico. Sus constantes vitales fallaban, su organismo no respondía. Deportista acostumbrado al esfuerzo extremo, su corazón latía tan despacio que los médicos temieron que se detuviera. Lo intervinieron de urgencias al día siguiente del accidente. Cuando se agitaba, entubado, los facultativos volvían a sedarlo. Le practicaron una traqueotomía.
“El día que desperté, el doctor me dijo: ‘Vas a quedarte tetrapléjico’. Fue un palo enorme. Pero siempre he sido un luchador. Sabía que con trabajo y esfuerzo lo superaría”, asegura. El diagnóstico fue contundente: tetraplejia, un 92% de discapacidad, movilidad parcial en los bíceps y hombros, pérdida de equilibrio en el tronco y espasmos musculares constantes. No puede sudar: su cuerpo perdió la capacidad de termorregulación. También se fracturó las vértebras C4 y C6, hoy unidas con una placa y tornillos.
Tenía entonces 35 años. Tres días después habría cumplido 36. Llevaba una vida plena: casado con Nadia, padre de dos niños pequeños, miembro del Cuerpo Nacional de Policía. Antes, había sido Caballero Legionario. Con 18 años ingresó en la Legión, con destinos en Ceuta y Ronda. Pasó por Alcalá de Henares como paracaidista y terminó en Almería, donde aprobó las oposiciones para la Policía, ejerciendo en la Línea de la Concepción, Marbella y Estepona durante casi una década.

La reconstrucción en Toledo
El 25 de diciembre de 2013 ingresó en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Llegó débil, exhausto, con un collarín cervical tipo Filadelfia anclado con tornillos al cráneo. Permaneció dos meses sin poder levantarse de la cama, rodeado de monitores y tubos. “Lloraba de tanto dolor. Las palabras del doctor fueron: ‘Aprende a convivir con ello’. Duras y crudas”, recuerda.
Aquella frase le devolvió un recuerdo preciso de su época en la Legión. Durante el curso de formación, había participado en el ‘Trato de prisioneros’, un simulacro de secuestro si caía en manos enemigas: los aspirantes eran aislados, encapuchados, privados del sueño y sometidos a interrogatorios para probar su resistencia mental. “Eso me ayudó a soportarlo”, asegura.
Un año entero en Toledo dedicado a reconstruirse, a ganar la mayor autonomía posible, a reencontrarse con la libertad, aunque ahora estuviera sujeta a una silla de ruedas. Siempre fue un hombre extrovertido, con carisma de líder, pero sin egos, humilde, querido. En el hospital, las enfermeras solían repetirle que jamás habían visto a un paciente rodeado de tanta gente. Familiares, amigos, compañeros de la Legión y de la Policía pasaban a diario por su habitación. Durante aquel año, nunca estuvo solo.
“La gente lloraba al verme en esa situación, pero yo siempre les sacaba una sonrisa con mi alegría. Cuando se iban y me quedaba solo, explotaba, derramaba lágrimas mirando a través de la misma ventana”, comenta. Era una vista sencilla, casi anodina, pero que se convirtió en su única conexión con la vida exterior: la ladera de una montaña, una línea de arboleda, el vuelo de los pájaros y un fragmento del cielo toledano que cambiaba de color con las horas. Aquel paisaje era su calendario.

Como un león enjaulado
Su relato está lleno de imágenes que duelen y enseñan. “Yo era un león que caminaba por la sabana, comía lo que quería, hacía lo que me apetecía, era libre. Y de repente, fue como si un cazador me encerrara en una jaula y me llevara a un zoológico para que la gente me mirase”, compara. Le sorprendía el típico comentario condescendiente: ‘Pobrecito, en una silla de ruedas con lo joven que es’. Tardó nueve años en aceptarse.
Antes del accidente, sus piernas eran su forma de vida. Corría por la montaña, participaba en ultratrails, servía en la Legión y después en la Policía. Todo en él dependía del movimiento, del cuerpo, de la acción, era un hombre de aventuras y expuesto a riesgo constante. “No solo no puedo andar. Soy tetrapléjico. No muevo las manos, ni los antebrazos, ni los tríceps, ni el dorsal ni el pecho. No tengo motricidad”, explica.
Su día a día es una carrera de obstáculos invisibles. Necesita la ayuda de su mujer para ir a la cama o al aseo. A diario combate dolores neuropáticos, una sensación eléctrica constante que recorre su cuerpo como un fuego interno. “Tomo diecisiete pastillas al día. La gente me dice que soy un héroe por los retos que estoy superando. Pero mi calidad de vida es una mierda”, dice haciendo una pausa.
“No lo digo con pena, sino con realismo. Mi cuerpo no me da tregua: los espasmos, la falta de equilibrio, el no poder regular la temperatura, los dolores permanentes, pillo fiebre a menudo debido al ejercicio… La vida es dura, pero también es maravillosa. Para muchos, lo esencial es tener el iPhone más moderno, ropa de marca, coches nuevos o lujos innecesarios. Vivimos rodeados de apariencias. Tengo lo que muchos no valoran: amor, compañía, propósito. Cuando me levanto por la mañana, doy gracias por estar vivo, por tener familia, mujer, hijos, por poder abrazarlos y besarlos”, reflexiona con una lucidez que desarma.

Libertad con una handbike
En Toledo volvió a sentir la libertad el día en que, por primera vez, se subió a una handbike. No podía sostener el manillar, así que le ataron las manos con vendas. A su lado estaba José Miguel López, monitor del hospital. Fue él quien lo empujó, literalmente, a volver a moverse. Aquella sensación marcó un nuevo punto de partida. En 2015 completó la Maratón de Valencia, y dos años después, en 2017, emprendió su primer gran reto: recorrer los 440 kilómetros del Camino de Santiago por la ruta francesa. Una travesía física y espiritual, en la que cada pedalada fue también un acto de fe en sí mismo.
En 2019 subió a Peñas Blancas, un puerto de primera categoría, 14 kilómetros de ascenso con 1.400 metros de desnivel. El esfuerzo no fue solo deportivo: destinó todo el dinero recaudado a la planta de Oncología del Hospital Costa del Sol. Junto a su esposa Nadia, fundó la Asociación Alejandro Navarro, una entidad sin ánimo de lucro desde la que organiza eventos solidarios, retos deportivos y conferencias motivacionales. “Ahora intento aportar todo lo que puedo a quienes tienen menos recursos y oportunidades”, afirma.
En 2021 decidió recorrer 20 kilómetros en kayak de pesca el trayecto entre Marbella y Estepona. No solo aquel día fue duro, enfrentándose a olas y a la incertidumbre del mar. Lo más complicado fueron los diez meses de preparación. “Entrenaba entre tres y cinco horas al día, y muchas veces llegaba a casa tiritando y malo. Sufrí una sepsis, una infección en la sangre que casi me cuesta la vida”, recuerda.
Pero no se detuvo. La vida le dio una segunda oportunidad y quería dejar huella. Su objetivo era demostrar que siempre hay una manera distinta de seguir adelante, aunque el cuerpo diga lo contrario. Durante cinco años compitió en ciclismo en categoría handbike H1, la más severa en discapacidad. Ganó varias medallas de oro en Campeonatos de España. También participó en competiciones internacionales, aunque terminó desencantado.

La 101 de Ronda y la Desértica de Almería
Este 2025 ha marcado otros dos hitos en su historia personal. Primero, un desafío que le había sido esquivo durante 29 años y que, más que una meta deportiva, era una deuda pendiente con su pasado: los 101 kilómetros de la Legión de Ronda. Lo había intentado antes, y el destino siempre lo frenó. No pudo en los 11 años que estuvo como legionario, porque formaba parte de la organización. Después, como policía, se lo planteó en 2013, pero llegó el accidente que cambió su vida. Y ya en silla de ruedas, quiso hacerla dos veces.
Once años después del accidente, en mayo, lo consiguió. Veintidós horas y cuarenta minutos de esfuerzo continuo, empujado por la voluntad y el recuerdo de quien fue. “Lo más difícil fue desde el kilómetro 70 hasta la meta. Iba en hipotermia, tiritando, mi cuerpo no se regulaba. Pero no podía abandonar. Tenía que hacerlo. Sentí honor como legionario, cerraba un círculo. Pero, sobre todo, fue por el carácter solidario que me motiva. Recaudamos dinero para la Asociación AOPA Autismo Ronda, que atiende a más de 170 niños y jóvenes con trastorno del espectro autista”, confiesa.
Hace unos días, encaró otro reto: la Desértica de Almería, una de las pruebas de ultrafondo más duras de España, organizada también por la Legión. Fue el primer deportista con un 92% de discapacidad en completarla. Hizo 76 kilómetros, en un entorno marcado por el calor abrasador, el polvo y la aridez del desierto almeriense.
Fueron 15 horas de lucha ininterrumpida contra la fatiga, el terreno hostil y sus propias limitaciones físicas. “Llevaba un paraguas pequeño para protegerme del sol directo en la cabeza. No paré de hidratarme, y con un pulverizador y hielo que llevaba en una mochila nevera, me iba refrescando constantemente la cabeza. El polvo me pasó factura; al ir tan bajo, acabé cubierto completamente, como si llevara una manta encima. Fue durísimo, prácticamente toda la prueba era en subida hasta el kilómetro 53. Pero el equipo se comportó como unos auténticos titanes. Sin ellos, no habría llegado”, narra.
Un equipo a la altura del reto
Navarro volvió a contar con el mismo equipo que lo acompañó en los 101 kilómetros de Ronda: seis legionarios, más una quincena que se fue sumando sobre la marcha, y el doctor López, del Hospital Nacional de Parapléjicos, todos con amplia experiencia en pruebas de ultrafondo.
Además, más personas siguieron el recorrido desde un vehículo de apoyo, entre ellas su mujer Nadia y la doctora Ceruelo, directora de todas las plantas del hospital, encargada de supervisar la parte médica. Gracias a la asociación, recaudaron más de 2.000 euros para URA Clan, equipo de rugby inclusivo que promueve la integración de personas con y sin discapacidad.
No habiéndose recuperado aún de la Desértica, son muchas las voces que le piden que haga la Carrera Africana, en Melilla, y la Cuna de la Legión, en Ceuta, ciudad en la que comenzó como legionario. Y sueña con ir a unos Juegos Paralímpicos. Debido a su lesión y el lugar en el que vive, Estepona, los deportes con los que podría aspirar son la boccia y el lanzamiento de club, una modalidad de atletismo que lo fascinó tras la cita paralímpica de París 2024. Acaba de adquirir un juego de mazas -el objeto que se lanza- desde Reino Unido, aunque carece de referentes en España.
“Tengo 47 años y puedo lograrlo si me dan la oportunidad. Quiero entrenar y demostrar que puedo hacer algo importante”, afirma. Alejandro Navarro es mucho más que un deportista: es un ejemplo de resiliencia, solidaridad y pasión. Su historia demuestra que, incluso cuando la vida nos rompe, se puede reconstruir con coraje, determinación y un propósito más grande que uno mismo.
