En Sarajevo todavía resuenan los ecos del oro. En los pasillos del pabellón, en la memoria de quienes presenciaron el primer título europeo de la selección española de baloncesto en silla de ruedas. Fue más que una victoria: fue una liberación, un grito colectivo tras años de rozar el cielo y caer siempre a manos de su bestia negra, Gran Bretaña. Esta vez, España rompió el maleficio.
Detrás de la gesta, la firma del seleccionador Abraham Carrión, uno de los entrenadores más laureados del mundo, arquitecto de un equipo nuevo, tejido con hilos de experiencia y juventud, de defensa férrea y ofensiva audaz. En apenas unos meses, el jerezano levantó un sistema de juego eléctrico, coral, en el que cada jugador entendió su papel como si fuera una nota dentro de una partitura.
Pero entre tantas piezas bien encajadas, hay un cuarteto que brilla con luz propia: Pincho Ortega, Manu Lorenzo, Óscar Onrubia y Pau Poyato. Son los cuatro mosqueteros de esta selección. Cuatro jóvenes descarados, con talento, disciplina y una amistad que se remonta a la adolescencia. Juntos han crecido, caído y levantado, compartiendo pista, sueños y victorias desde los días en que apenas llegaban al aro.

De los campeonatos escolares a la absoluta
“Empezamos a jugar en los campeonatos escolares de España. Alguno ni llegábamos a la canasta al lanzar. Hemos ido creciendo y derribando muros juntos desde que éramos pequeños. Nos hemos criado juntos a nivel deportivo”, recuerda Óscar Onrubia, con una sonrisa que aún guarda la emoción del oro.
Su historia comenzó en Lignano Sabbiadoro, Italia, en 2017, durante el Europeo sub-22. Entonces eran apenas unos chavales y terminaron séptimos. Un año después, en el mismo escenario, se colgaron el bronce, formando parte del quinteto titular frente a Gran Bretaña. En 2021, de nuevo en aquella ciudad bañada por el sol del Adriático, se proclamaron campeones de Europa junior. Un año más tarde, en Phuket (Tailandia), conquistaron el bronce mundial.
El tiempo, y el talento, los llevó al siguiente escalón: la selección absoluta. Debutaron poco a poco, compartiendo minutos con históricos como Asier García, Alejandro Zarzuela, Jordi Ruiz, Fran Lara o Dani Stix, referentes que este año cerraron ciclo. Y fue entonces, en ese relevo natural, cuando los cuatro amigos tomaron el mando. Junto a ellos, Adrián García, Paco García Quiles o Raúl Vega, otros jóvenes con proyección, sumaron minutos de calidad y se perfilan como puntales del futuro.

Óscar Onrubia, corazón, fuego y sonrisa
“La clave del buen funcionamiento es que no nos echamos nada en cara. Nos conocemos al dedillo, trabajamos por el bien grupal, dejamos a un lado los egos y luchamos por un mismo objetivo. Nos apoyamos para cubrirnos, y solo con mirarnos ya sabemos lo que está pensando el otro”, explica Onrubia, esa chispa que incendia el juego y que contagia energía a quien lo rodea.
El barcelonés es un torbellino. Se define como un “perro de presa” en la pista, siempre dispuesto a morder cuando el rival avanza. Su historia, sin embargo, es también la de la resiliencia. Criado en el popular barrio de La Mina, en Sant Adrià de Besòs, creció en una familia humilde, en un entorno tantas veces marcado por los prejuicios. A los tres años, estuvo “al filo de la muerte”: una sepsis meningocócica le arrebató ambas piernas por debajo de la tibia y los dedos de las manos.
Hoy, con 25 años, Onrubia es uno de los mejores del mundo en su puesto. Con el Amiab Albacete, su club, ha ganado cuatro Champions League. En Sarajevo, fue elegido para el quinteto ideal del torneo: cuarto máximo triplista, tercero en asistencias, con casi 30 minutos en pista y 9 puntos de media por partido.
“Desde fuera había pocas expectativas en nosotros. La carga y la presión de estar al frente de la selección era grande y no sabíamos si nos iba a pesar. Lo hemos gestionado muy bien, consiguiendo el mayor éxito de España en su historia, después de la plata paralímpica en Río 2016. Es un sueño cumplido”, confiesa el catalán.

Pincho Ortega, el director de orquesta
Otro de esos pilares es Pincho Ortega. Tiene el instinto de la canasta en la cabeza, una especie de brújula interior que siempre apunta al aro. Es un ilusionista de recursos infinitos, capaz de transformar lo imposible en rutina. Encarna la frescura y la pasión. Con su sabiduría táctica y liderazgo natural, el madrileño se ha convertido en el director de orquesta que marca el ritmo del conjunto, componiendo la melodía perfecta con su batuta.
“Me gusta la responsabilidad, ha cambiado mi rol, lo que necesite el equipo de mí intentaré dárselo. Tenemos un grupo muy distinto al de años atrás, se han ido piezas muy importantes, y me ha tocado a mí asumir otro estilo de juego, pero encantado de hacerlo. La suerte de mi juego es que puedo aportar más a los demás y es lo que más me gusta. Siempre busco levantar el trofeo que estamos disputando, lo individual no me importa. Cuento con compañeros que han podido completar el puzle para ser un equipo potente”, explica Ortega, que nació sin ambas piernas de rodilla hacia abajo.
En el Europeo firmó números de líder: 15 puntos de promedio, cuarto máximo reboteador y primero en robos. “Todavía no somos conscientes del éxito conseguido, es algo histórico. Un grupo renovado y hemos estado a un nivel enorme. Y encima, compartiéndolo con jugadores con los que he crecido y madurado. En un abrir y cerrar de ojos hemos pasado de niños que ganaban medallas en categorías inferiores a adultos campeones de Europa. Estamos contentos y excitados por lo que puede venir en el futuro”, añade con una mezcla de serenidad y orgullo.

Manu Lorenzo, la roca interior
Ha demostrado ser un armador eficiente, un anotador confiable, capaz de tomar las riendas cuando el partido se oscurece. Su visión de juego y capacidad para generar espacios se complementan con la potencia interior de Manu Lorenzo, un pívot de enorme versatilidad que se multiplica en ambos lados de la pista.
El jugador de Mugardos (Ferrol), nacido con paraparesia espástica familiar, una enfermedad hereditaria, se ha convertido en un referente de regularidad. En Sarajevo, su rendimiento fue descomunal: 17,6 puntos por partido, tercer máximo anotador del torneo, integrante del quinteto ideal y el jugador más utilizado por Carrión, con 33 minutos de media.
Su capacidad atlética, su agilidad y coordinación hacen de él una amenaza constante bajo el aro. Intimida en la pintura, protege el rebote y, sobre todo, transmite una sensación de seguridad que se contagia. Es la roca sobre la que se apoyan sus compañeros cuando el rival aprieta.
Pau Poyato, el alma obrera
Y para completar el cuarteto, emerge la figura silenciosa pero imprescindible de Pau Poyato, uno de los mejores punto uno del mundo – jugadores con discapacidad más severa-. En él se encarnan los intangibles: el esfuerzo invisible, la defensa incansable, el trabajo sucio que sostiene al grupo. Capaz de defender a rivales más altos a toda pista, botar, pasar y finalizar en el pick and roll, Poyato es el reflejo de la entrega.
No estuvo en los Juegos Paralímpicos de París 2024, y esa ausencia le dolió profundamente. “Es una herida que estará para siempre, una espinita clavada y latente para seguir esforzándome cada día. Me siento en el mejor momento de mi carrera, aunque aún me queda mucho por dar”, confiesa el vallisoletano, que sufrió una lesión medular con seis años en un accidente de tráfico.
En su voz se mezcla la madurez y el hambre de quien ha aprendido a levantarse. “Son mis chavales, con los que me he criado. Hay una química especial, una forma de tratarnos increíble, ninguno quiere sobreponerse al resto. Disfrutamos entre amigos y eso se nota en la cancha. Me parto la cara por ellos porque juntos hemos pasado momentos difíciles y muy buenos desde la infancia. Voy con ellos al fin del mundo”, asegura con rotundidad.

Una nueva era
El segundo entrenador, Jonay Caraballo, trató de quitarles presión durante el verano con la misma frase: su objetivo, repetía, era clasificarse para el Mundial de Canadá 2026, y mirar con calma hacia los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028. Pero ellos, fieles a su estilo, fueron más rápidos. Como su juego eléctrico, adelantaron los plazos y conquistaron el oro europeo.
La conexión entre estos cuatro jugadores va más allá de la táctica. Su entendimiento es instintivo, casi telepático. En la pista se mueven como los mosqueteros de Alejandro Dumas, sincronizados, valientes, inseparables. La comunicación y la confianza se transforman en fluidez, en jugadas precisas, en una cohesión que muy pocos equipos pueden presumir.
En un deporte donde la velocidad y la toma de decisiones lo son todo, ellos han encontrado el secreto: la amistad como motor, la complicidad como ventaja competitiva. Son ya los guardianes del futuro del baloncesto español en silla. Y por sus manos pasa la promesa de que este oro europeo no será el último.
