Sus zancadas eran música sobre la arena, un compás de fuego y determinación que abrió camino en el atletismo adaptado español. Curtido en pistas de ceniza y tierra roja, Antonio Delgado Palomo voló y corrió siempre con una sonrisa valiente, sin mirar a los lados, como quien solo compite contra el tiempo y contra sí mismo. En Toronto, en 1976, siendo apenas un muchacho, se convirtió en el primer español en ganar dos oros en unos Juegos Paralímpicos.
Nació en Salteras (Sevilla, 1959), pero su niñez transcurrió por las serpenteantes calles del barrio de Triana, entre chapuzones en el Guadalquivir y carreras bajo el sol, con la Giralda y la Torre del Oro como testigos de su travesura perpetua. “Tuve una infancia bonita, era muy travieso, no paraba quieto. En verano me pasaba el día en la cucaña o lanzándome del puente para combatir el calor. Pese a mi discapacidad, era uno más entre mis amigos, nunca me sentí diferente”, contaba.
Sus hermanos tuvieron sarampión y él se contagió estando en el vientre de su madre cuando se estaba formando. Vino al mundo sin antebrazo izquierdo. Esa carencia jamás fue un obstáculo. Si acaso, fue un impulso. En el colegio Salesianos Santísima Trinidad empezó a jugar al fútbol, corriendo por la banda con la velocidad de quien ya intuía alas. “Era un extremo muy rápido, nadie me alcanzaba, aunque era muy torpe con el balón”, recordaba.

Inicios en la pista de atletismo de Chapina
El destino lo empujó pronto hacia el atletismo. Un vecino, Pedro Fernández, campeón de España en lanzamiento de jabalina, le animó a calzarse unas zapatillas de clavos. En la pista de Chapina, su segundo hogar, aprendió a volar. Aquel chaval delgado y obstinado entrenaba cada tarde, corriendo sobre la tierra agrietada, con tobilleras que pesaban más que su propio miedo.
“Empecé como mediofondista, me gustaba la distancia de 1.000 metros. Poco a poco los compañeros me retaban en las pruebas cortas y veía que tenía cualidades para la velocidad. Tenía una frecuencia de zancada muy alta y destacaba en 400 metros vallas y en salto”, explicaba el andaluz, orgulloso de haber pertenecido a la sección atlética del Sevilla Fútbol Club.
En 1974 debutó en el Campeonato de España de Santander, donde ganó tres oros -en longitud, 400 metros y relevos- y llamó la atención de la selección nacional. En los Juegos Mundiales de Stoke Mandeville conquistó la plata en pentatlón, compitiendo sin complejos entre atletas alemanes, polacos y británicos. “Era el más bajito de todos, me sacaban dos cabezas, pero nadie me intimidaba”, aseguraba.

Los Juegos Paralímpicos de Toronto 1976
Aquel éxito fue solo el aperitivo de su gran hazaña: Toronto 1976, sus únicos Juegos Paralímpicos. Su pasaporte para Canadá, sin embargo, se hizo esperar. “No pude ir a una prueba clasificatoria en Madrid porque estuve con fiebre, y el seleccionador nacional, Jesús Maza, vino a Sevilla para tomarme él los tiempos. Cuando vio la pista de Chapina, de tierra y agujereada, me dijo: ‘Antonio, hace mucho calor, sé que tus marcas son las mejores, así que vamos a dejar esto y nos tomamos una cerveza fresquita’”, rememoraba entre risas.
A punto de cumplir 19 años, viajó con la ilusión intacta y la promesa de dejar huella. En el Centennial Park Stadium ganó su primer oro con un salto de 5,82 metros, escoltado en el podio por el israelí Nitzan Atzmon y por otro español, José Santos Poyatos. Lo hizo lesionado, con el cuádriceps roto: “El médico me dijo que podía quedarme sin andar. Le respondí: ‘Ya soy manco, no pasa nada si también me quedo cojo. Lo superaré’. Sabía el riesgo, pero quería competir y darlo todo”, relataba.
Al día siguiente, aún con la pierna vendada, volvió a la pista para correr los 100 metros. Ganó en las series clasificatorias con un tiempo de 12.10 segundos. Aquel sobreesfuerzo casi le pasó factura: no podía andar y lo sacaron del estadio en camilla. “Se me partieron las fibras. Me negué a ir al hospital, me aplicaron aerosol frío sobre el músculo y listo para correr a la mañana siguiente”, decía.
En la final volvió a ser el más raudo, conquistando un histórico doblete de oro. “Ha sido lo más grande que me ha pasado como deportista. Escuchar el himno de España al subir al podio no se puede comparar con nada”, reconocía emocionado.

Las lesiones lo apartaron del atletismo
El regreso a casa fue apoteósico, sus padres lo recogieron en la base aérea de Morón de la Frontera y luego tuvo un gran recibimiento en Sevilla, con la Insignia de Oro del Ayuntamiento y la admiración de sus vecinos. Pero más allá de las medallas, Antonio había encontrado su propósito: demostrar que el coraje no entiende de límites.
Su futuro parecía luminoso. Al volver de los Juegos, se proclamó campeón de España de 100 metros y salto de longitud, pero el destino volvió a ponerle una zancadilla. En 1978, durante un torneo en Roma, una rotura muscular destrozó su pierna y su carrera con apenas 21 años.
“Llegué tarde al estadio, calenté muy poco. Antes del primer salto sufrí una rotura. Ahí se acabó para mí. Fue un hachazo tremendo porque estaba en auge. Fue una pena dejarlo porque me consideraba un drogadicto del atletismo. Residía en una zona en la que era fácil caer en el lado oscuro de la vida y el deporte me ayudó a esquivarlo. Ante cualquier problema que tenía, correr era la escapatoria de todo”, admitía con nostalgia.

Balonmano y entrenador de baloncesto en silla
Lejos de rendirse, cambió las zapatillas por el parqué y probó fortuna en el balonmano. Su talento natural lo llevó a proclamarse campeón de España en 1981 con la selección de Sevilla. “Era habilidoso, con buena finta, hacía diabluras, tenía mucha potencia y un gran lanzamiento. Pero aquello también duró muy poco”, lamentaba.
Su siguiente metamorfosis llegaría desde el banquillo. En el polideportivo Kendall, junto a su amigo Miguel Pérez Moreno, fundó el ONCE Sevilla de baloncesto en silla de ruedas. Lo que nació como un modesto equipo de vendedores de cupones se convirtió en una escuela de campeones. “Pasamos de Tercera a Primera en dos años, imbatidos. Teníamos grandes jugadores, como Eustaquio Mira, Luis Albelda, José Cobos o Diego de Paz, al que cogí con 16 años, lo senté en una silla y le dije que sería una estrella”, contaba.
Fue un entrenador apasionado, un arquitecto de ilusiones. Con él al frente, el equipo conquistó tres Ligas Nacionales (1992, 1993 y 1994) y dos Copas del Rey. La hegemonía del entonces rebautizado ONCE Andalucía comenzó a decaer cuando el club sevillano cedió su lugar al Fundosa ONCE de Madrid -actual CD Ilunion-. Sintió que le arrancaban el alma.
“Descendimos de categoría al cederle los derechos federativos. Y encima me desmantelaron el gallinero, se llevaron la columna vertebral del equipo. Eso me enfadó y lo dejé. Luego regresé, conseguimos ascender y hasta le ganamos más de una vez a Fundosa y fuimos subcampeones en 2001”, explicaba.
Intensa vocación docente
Su vida deportiva se completó con una intensa vocación docente. Ejerció como juez y entrenador de atletismo, además de profesor de Educación Física en distintos centros sevillanos, siendo el IES Julio Verne el último donde impartió clases. “Entre los alumnos traté de divulgar el deporte adaptado como medio de integración social”, señalaba el andaluz, convencido de que el deporte era una escuela de vida.
En 2020 comenzó su batalla más dura, un cáncer de garganta. Aguantó sesiones de quimioterapia, tratamientos experimentales y días sin aliento, pero nunca perdió la sonrisa. Siguió luchando con la entereza de siempre, disfrutando de sus hijos y de sus nietos, aferrado a la vida con la misma fuerza con la que una vez se impulsó hacia el cielo del foso. Antonio Delgado Palomo falleció en abril de 2021.
Se fue un guerrero que aprendió a volar sin alas, un pionero que corrió más rápido que la adversidad y que enseñó a varias generaciones que los límites solo existen para desafiarse. Su legado, forjado entre la arena y el parqué, seguirá siendo eterno.
