Abraham Carrión no sabe vivir el baloncesto en silencio. En la banda se desgañita, dibuja jugadas en el aire, aprieta los dientes y exprime cada posesión como si fuera la última. Pasional, intenso, exigente y temperamental, es puro fuego en el banquillo. A sus 48 años, acumula ya más de tres décadas como entrenador de baloncesto en silla de ruedas y un palmarés que lo sitúa entre los más laureados: tres Champions Cup con el Amiab Albacete, múltiples ligas y Copas del Rey, y un oro europeo con la selección española que llegó como maná en 2025.
Pero para entenderlo no basta con enumerar títulos. Hay que volver mucho más atrás, cuando todo empezó sin que él lo supiera. El veneno del baloncesto se le inoculó siendo apenas un niño en Jerez de la Frontera. Diplomado en Magisterio y Educación Física, creció jugando en la calle, en descampados de tierra y en el patio del colegio. Probó de todo, fútbol, hockey, tenis, tiro con arco, pero siempre regresaba a la canasta.
Junto a su hermano devoraba cada ejemplar de Gigantes del Basket y quedaba hipnotizado por la voz de Ramón Trecet en el programa Cerca de las estrellas. Madrugaba para ver la NBA, aunque su corazón latía al ritmo de la ACB, con referentes como Epi, Corbalán, Solozábal o Juan de la Cruz.
Empezó a jugar en el Colegio Marianistas de Jerez, sin destacar especialmente. “No era muy coordinado, no sobresalía entre los mejores y tenía que esforzarme mucho para ganarme un sitio. Al no ser un virtuoso, necesitaba mecanismos colectivos para ser útil. Desde pequeño me quedaba viendo partidos de otros equipos y me ponía al lado de los entrenadores para escuchar lo que decían”, recuerda.

Un entrenador muy precoz
Ese instinto observador lo empujó pronto a los banquillos. En cuanto pudo, fue ayudante en equipos benjamines y alevines. Hasta que, en 1995, con apenas 16 años, su vida dio un giro inesperado. Un profesor sugirió a su madre que le buscara un equipo que necesitara ayuda. Ella, tras recorrer la ciudad, encontró uno: era de baloncesto en silla de ruedas. Abraham no puso pegas, aunque los jugadores le lanzaron una advertencia nada amable: “Los cojos tenemos muy mala leche y tú eres muy joven”. No se achantó.
“No sabía ni que existía esta modalidad, pero era echado para adelante”, admite. Permaneció dos años y medio en aquel club, hasta su disolución por problemas económicos. Allí coincidió con David Benítez -hoy mecánico de la selección española- y con los hermanos Alejandro y Pablo Zarzuela, entonces unos críos. “Los gemelos, con brazos larguísimos e inquietos, ya dejaban entrever que llegarían lejos. Han sido una parte muy importante de mi trayectoria”, afirma.
Con ellos se marchó a San Fernando, donde lideró un proyecto sólido que ascendió de Segunda a División de Honor en apenas dos años. Para comprender mejor a sus jugadores, Abraham se sentaba en una silla de ruedas durante los entrenamientos. “Desconocía la discapacidad. Necesitaba entenderlos para saber qué podía pedirles. Hubo química y funcionó. Es un deporte muy complejo, pero me enganchó para siempre”, asegura.

Etapa de éxitos con el ONCE Andalucía
Después llegó el ONCE Andalucía, entonces uno de los grandes del panorama nacional, con nombres como José Manuel Vargas, Juan Lara, Pepe Navarro -exjugador de ACB y varias veces mejor defensor- o Diego de Paz. “Diego es el jugador con más talento que he entrenado. Él terminó de enamorarme de este deporte”, confiesa.
Allí conquistó dos Ligas y dos Copas del Rey consecutivas, antes de aceptar una arriesgada apuesta profesional en el Polaris World de Murcia. “Era la posibilidad de dedicarme en exclusiva, sin tener que compaginarlo con mi trabajo. Hubo años que incluso me costaba dinero entrenar. Pero salió mal, duró una temporada y fue un desastre. De todo se aprende”, añade.
Tras una etapa en Vigo, al frente del Amfiv, lejos de casa y con su primera hija recién nacida, regresó al ONCE Andalucía en 2010, ya en un contexto delicado. Un año después, el club desapareció. “Ha sido lo más duro que he vivido. Era una entidad histórica que se dejó morir. Había problemas económicos de fondo y no se afrontaron con soluciones reales”, lamenta.

Su prestigio lo llevó al Fundosa ONCE -hoy CD Ilunion-, el club más poderoso del país. Ganó todos los títulos nacionales durante dos temporadas, pero la Champions se resistió. “Fueron muy claros conmigo: el objetivo era Europa. No di con la tecla, pese a tener plantilla para ganarla, y decidimos separar nuestros caminos”, explica.
Al frente de la selección española
Tras pasar por Getafe, recaló en el Amiab Albacete, al que transformó de club ascensor en un fijo de la élite. Perdió varias finales ligueras ante Ilunion, pero conquistó dos Challenger Cup. En paralelo, la selección española se convirtió en otro eje vital. En 2015 asumió el reto más complejo: la femenina. La llevó a su primer Mundial y la clasificó para los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020.
“Fue mi reto más complejo. Me siento muy orgulloso del trabajo que hicimos. Tuvimos un inicio complicado ya que el bloque estaba muy ligado al anterior seleccionador -José Miguel López-. Si no es por él y por el empeño de las chicas, habría desaparecido la selección. Fue una transición complicada, con un cuerpo técnico con otra mentalidad. Les prometimos que, si confiaban en nosotros, irían a unos Juegos. Las jugadoras se fueron entregando a la causa, cambió la ambición del grupo y lo conseguimos”, cuenta.

Se marchó del equipo con sensación agridulce ya que no pudo dirigir en la cita paralímpica de Tokio el último partido por problemas personales: “Me queda esa espinita. Fue un adiós triste y me dolió mucho”. Ese año tomó las riendas de la selección masculina. Volvió a reencontrarse con una generación que él había visto crecer, con jugadores como los Zarzuela, Asier García, Fran Lara, David Mouriz, Agustín Alejos…
La derrota por el bronce en los Juegos de Tokio fue algo más que un mal resultado, un punto de inflexión que nadie supo leer a tiempo. El calendario no dio tregua y, apenas unos meses después, el Europeo de Madrid apareció en el horizonte como una obligación más que como una oportunidad. Los jugadores llegaron exhaustos. El cuerpo estaba vacío y la cabeza también. Acabaron séptimos y sin billete para el Mundial.
“Venían muy cansados y nosotros no supimos entenderlo. Fue un error querer exprimirlos cuando no había gasolina”, admite Abraham con la autocrítica de quien no se esconde: “Pecamos de exceso de ganas y de ilusión”. Lejos de rendirse, reconstruyó el proyecto.

Plata europea y tropiezo en París 2024
El siguiente ciclo trajo brotes verdes. En 2023, en el Europeo de Rotterdam, España volvió a competir al máximo nivel y se colgó la medalla de plata. Sin embargo, el destino volvió a ser cruel. En los Juegos Paralímpicos de París 2024, tras una sólida fase de grupos, Alemania frenó en seco el sueño español en los cuartos de final. Fue el adiós definitivo de una generación magnífica, con nombres propios como Asier, Alejandro Zarzuela o Fran Lara.
El jerezano entendió entonces que tocaba asumir responsabilidades. Puso su cargo a disposición de la Federación Española de Deportes para Personas con Discapacidad Física y se reunió con Enrique Álvarez, presidente de la entidad. No fue una conversación de reproches, sino de futuro. “Le trasladamos nuestras valoraciones y le dijimos que nos sentíamos con fuerza para darle un giro a la selección. Enrique apostó por nosotros y le estamos muy agradecidos. Tras un resultado tan duro como unos Juegos, siguió confiando en el proyecto”, recuerda.
Con ese respaldo comenzó una nueva etapa. Abraham mezcló experiencia y juventud, cedió galones y dio protagonismo a una generación que pedía paso. Pincho Ortega, Manu Lorenzo, Óscar Onrubia, Pau Poyato o Adrián García respondieron sin complejos. En el Europeo de 2025, en Sarajevo, echaron la puerta abajo.
España, tras tres finales perdidas, conquistó por fin su primer título continental. Venció a Gran Bretaña y se proclamó campeona de Europa con un equipo valiente, sin miedos, sin una estrella única, pero con una fuerza colectiva arrolladora. Una manada de lobos que muerde para proteger al compañero.

“La reconstrucción se hizo desde la humildad. Este oro confirma que el baloncesto español tiene un futuro brillante. Hay jóvenes que reclamaban un sitio importante y, cuando se les ha dado, han respondido sin temor. Es una delicia dirigir a esta plantilla”, subraya.
Nuevos retos con España y con Amiab Albacete
El siguiente desafío ya asoma en el calendario. En septiembre, Ottawa (Canadá) acogerá el Mundial y la selección no se esconde. “Hemos demostrado que podemos ganar a cualquiera. Queremos remar todos en la misma dirección, que cada jugador se sienta importante y tratar de hacer historia en un Campeonato del Mundo. Esta generación tiene hambre, y esa es nuestra gasolina. Tenemos el derecho y la obligación de ir a por medalla”, afirma con convicción.
Antes, Abraham sigue acumulando retos en el banquillo del Amiab Albacete, al que regresó en el verano de 2022. Desde entonces ha conquistado dos ligas y tres Champions Cup consecutivas. Arquitecto de plantillas, gestor de egos y motivador incansable, vive los partidos con una intensidad que forma parte de su identidad. “A veces, cuando vamos ganando con claridad, hay jugadores que me dicen que me relaje y me siente. No sé hacerlo de otra manera. Siento envidia de los entrenadores que pueden dar instrucciones sentados. El día que yo lo haga, dejaré el baloncesto”, dice entre risas.

Pese a su amplio bagaje, mira al futuro con la ambición intacta. Sueña con más títulos, con nuevas metas y con seguir creciendo. “Ganar es adictivo. Cuando logras un título, todo merece la pena: los meses de trabajo, sacrificar vacaciones, no ver a la familia, las broncas, los entrenamientos malos… Con Albacete queremos pelear por la Liga y la Copa del Rey, además de la Champions. Y con España me encantaría una medalla mundialista, algo que aún no se ha conseguido, y llegar a Los Ángeles 2028 para subir al podio paralímpico”.
Pero, por encima de todo, se queda con lo esencial: “Seguir encontrando retos diarios que me hagan levantarme motivado y disfrutar de esta pasión”. Abraham Carrión no dirige partidos, los vive. Y mientras siga ardiendo por dentro, el baloncesto en silla de ruedas tendrá a uno de sus grandes motores empujando desde la banda.
