Eder Rodríguez lleva semanas sobre una nube de endorfinas. Desde aquel 23 de noviembre en Helsingborg, cuando la alegría se apoderó de él en el momento en que entendió que acababa de escribir una línea inédita en la historia del tenis de mesa paralímpico español. Plata europea. La segunda medalla continental para España en categoría de silla de ruedas en la prueba individual. Un hito que él mismo aún paladea con incredulidad, porque ni siquiera estaba claro que pudiera acudir al campeonato.
Su esposa, Marina, estaba a días de dar a luz a la pequeña Mia. Él, a punto de ser padre, pensó que no debía alejarse del hogar cuando el parto podía sorprenderlos en cualquier momento. Pero fue ella quien, entre sonrisas confiadas, lo empujó a subirse al avión. Y el equipo español lo arropó. Esa mezcla de fraternidad, vértigo y responsabilidad se transformó en un tipo de combustible nuevo.
“Pensar en mi hija, en la paternidad, hizo que me quitara presión en la competición. Me salió el torneo de mi vida. Gané a rivales a los que nunca había vencido”, recuerda, aún embargado por la emoción. Venía con la confianza recién alimentada: el bronce logrado semanas antes en el World Elite de São Paulo había encendido algo en él. Y el poso de su debut en los Juegos Paralímpicos de París 2024, más un año entero de progresión, lo colocaban sin saberlo ante un campeonato que cambiaría su carrera.

Un torneo perfecto
Su fase de grupos reveló una pauta que, casi como un guion oculto, seguiría repitiéndose. Arranque torcido, final incendiado. En el debut cayó 1-3 contra el irlandés Colin Judge; después barrió 3-0 al estonio Kristjan Keskula. Ya en octavos volvió a empezar cuesta abajo, cediendo el primer set ante el portugués Stephane Gil-Martins, pero remodeló el partido desde la calma hasta ganar 3-1.
Y entonces llegaron los cuartos. Allí lo esperaba un muro histórico: Florian Merrien, número dos de Europa, más de cien medallas internacionales. Ocho veces habían jugado, ocho veces ganó el francés. Pero las estadísticas, como los hechizos, alguna vez se rompen. Eder se llevó los dos primeros sets, después vio cómo Merrien empataba y los viejos fantasmas aparecían.
“Gané los dos primeros sets y cuando me empató, se me pasaron los demonios por la cabeza. Durante años he tenido muchos partidos así, incapaz de cerrarlos en el quinto set y eso me frustraba. Esta vez fui fuerte mentalmente, muy optimista. Pese a tener enfrente a un rival muy top, pude ganarle”, explica. Fue 3-2. Barrera derribada. Medalla asegurada.

En semis superó a un coloso en la mesa
Pero el torneo no había terminado. En semifinales aguardaba otro coloso: Thomas Bruechle, campeón mundial y europeo, medallista paralímpico y su verdugo en los Juegos de París. Jamás le había ganado. Otra vez, el libreto emocional: Eder abajo 0-2, respirando hondo, resistiendo. Y otra vez, el renacer.
Su plan era mantener ritmo, confiar en su contraataque, imponer su cadencia. “La clave estuvo en el tercer set. Íbamos empatados a ocho, hice un cambio de goma en la pala tras un tiempo muerto. Decidí golpear con la parte lisa de la pala y no con la de picos largos. Eso confundió a mi rival, le sorprendí. A partir de ahí tomé el control y remonté”, rememora. Otro 3-2 y billete a su primera final continental.
Allí lo esperaba Thomas Schmidberger, ocho medallas paralímpicas, tres títulos mundiales, once europeos. El español luchó, pero cayó. Y, sin embargo, para él aquella plata -la primera en la historia para España en clase 3- le sabe a oro. “Es algo que no entraba en mis planes, era una medalla inimaginable. Hay un nivel enorme en Europa y es muy difícil llegar tan alto”, asegura.

Acaba con una sequía de 24 años
Su éxito rompió una sequía española que se alargaba desde 2001, cuando Manuel Robles subió al podio en Frankfurt. Robles -dos veces bronce paralímpico- había sido uno de sus maestros años atrás, junto al andaluz Miguel Rodríguez, en el Club La Raqueta de Monachil. Allí, entre sesiones intensas y aprendizaje sin descanso, Eder afiló el juego que ahora lo ha llevado a la élite.
“Son dos deportistas históricos, ambos me llamaron para felicitarme. Manolo me entrenó sin darle nada a cambio, ama este deporte y me enseñó mucho, me ayudó a subir mi nivel”, cuenta. Con ellos protagonizó una gesta doméstica que suena casi a fábula: los tres, jugadores en silla con lesión medular, venciendo en la Liga de Tercera Nacional a equipos formados íntegramente por jugadores a pie.
A todo lo vivido en Helsingborg se suma la historia de un obrero del tenis de mesa. Su infancia estuvo marcada por mudanzas continuas y cambios de rumbo, pero muy feliz. Se crio primero con sus abuelos, más tarde con su madre y su hermano, y terminó asentado en el barrio madrileño de Carabanchel, donde el fútbol ocupaba la mayor parte de sus tardes.

Un accidente de tráfico cambió su vida
Su camino se quebró cuando tenía 14 años. Viajaba hacia Cazalegas, su pueblo en Toledo, dispuesto a pasar unos días de verano, cuando un accidente de tráfico detuvo su mundo. Iba en un coche sin cinturón, una rueda reventó, el vehículo dio un giro brusco y se estrelló contra un muro de arena. Él salió despedido por la luna trasera y cayó contra el asfalto.
La lesión medular, nivel D4, las fracturas en codo, clavícula y otros huesos, y sobre todo la sentencia médica de que no volvería a caminar, lo sumieron en un impacto emocional devastador. Era un niño y el territorio de la discapacidad le era ajeno, pero, contra todo pronóstico, lo asimiló con madurez.
La estancia de seis meses en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo le dio un sostén inesperado. Allí convivió con otros jóvenes que también reconstruían su vida y comenzó a conocer el deporte adaptado. Probó el tenis de mesa durante la rehabilitación, aunque al principio no le sedujo; después se lanzó al pádel, al baloncesto en silla, incluso al patinaje sobre hielo. Hasta que, casi sin buscarlo, se reencontró con la pala en las instalaciones de la Fundación del Lesionado Medular, guiado por Miguel Ángel Toledo -hoy referente de la clase 2-.
Bronce mundial por equipos
A base de insistencia, de horas y de una capacidad de trabajo que pocos ven, Eder empezó a hacerse un hueco entre los mejores. En 2017 obtuvo un bronce mundial por equipos junto a Miguel Rodríguez. Estuvo cerca de clasificarse para los Juegos de Tokio 2020, algo que abrió una herida profunda. Fue su época más oscura, dudó de sí mismo, pensó en colgar la pala, creyó que quizá no valía la pena tanto esfuerzo sin recompensa. Pero siguió. Y con los años fueron llegando medallas internacionales, la clasificación para los Juegos de París 2024 y, finalmente, esta plata europea que lo consagra en la élite.
“Durante un tiempo me sentía frustrado porque no terminaba de ganar partidos, me replanteaba si valía para este deporte y pensé en retirarme muchas veces. Era duro entrenar cada día, echarle muchas horas, es un trabajo, esfuerzo, sacrificio, y que no llegaran esos resultados. Todo lo malo que he pasado estos años recompensa con esta plata europea”, confiesa.
Ahora, recién estrenada su paternidad junto a la pequeña Mia, Eder se prepara para un parón competitivo de varios meses. No quiere perderse ni un instante de los primeros pasos de su hija. También aprovechará para cuidar la muñeca derecha, que arrastra molestias desde hace tiempo. El Mundial de 2026 en Tailandia aún es una incógnita.
“Intentaré entrenar lo máximo posible para no perder la forma, pero competir internacionalmente no sé cuándo lo haré. Soy padre primerizo y a ver qué tal me adapto a la pequeña. Me gustaría jugar el torneo de marzo en Platja d’Aro (Girona) y luego encadenar otros campeonatos. Si no compites, no sumas puntos y eso te lastra en el ranking. Pero vamos a pelear por la clasificación. Ahora mismo tengo otro reto, el de mi hija. Luego, ya se verá”, sentencia.
