Entre el murmullo del público en las gradas y el blanco infinito de Val di Fiemme, donde los picos de los Dolomitas vigilan la pista como gigantes de roca, Higinio Rivero cruzó la meta con una sonrisa tan amplia como el paisaje que lo rodeaba. No era solo el final de una carrera de esquí de fondo. Era el cierre de una pequeña epopeya personal.
El bilbaíno acababa de escribir una página inédita en el deporte español: convertirse en el primero en competir en tres disciplinas distintas entre Juegos Paralímpicos de Invierno y de Verano. Primero fue el agua empujando su canoa, acumulando medallas en campeonatos del mundo y de Europa en piragüismo y compitiendo en los Juegos de Tokio 2020 y París 2024.
Después llegó la nieve. En los Juegos de Milán-Cortina 2026 se atrevió con el biatlón, combinando el esfuerzo del esquí con la precisión de la carabina. En el sprint de 7,5 kilómetros firmó un meritorio vigésimo puesto. Días después, en la prueba de 12,5 kilómetros, terminó vigésimo tercero. Resultados más que dignos para alguien que se adentraba en un territorio nuevo.
Debut en el esquí de fondo
Pero aún quedaba un desafío más. Este martes, se sentó en su sit-ski, agarró los bastones y se lanzó a por otro capítulo de su aventura paralímpica: el esquí de fondo. Apenas un kilómetro de recorrido, una pista casi plana, con trece metros de desnivel acumulado. Un suspiro competitivo.
Con el sol reflejándose en la nieve y un cielo azul salpicado de nubes, el bilbaíno salió decidido a saborear cada metro. Sabía que no estaba entre los favoritos, tampoco era el objetivo. Su carrera era demostrar que los límites, muchas veces, solo existen hasta que alguien decide atravesarlos.
Detuvo el cronómetro en 2:31.04, suficiente para ocupar el puesto 24 y quedarse fuera del corte hacia las semifinales. Lo esperado y, a su vez, irrelevante. Porque su verdadera victoria ya estaba conseguida.
“Si me dicen que no puedo hacer algo, allá que voy. Que nadie me rete. Soy cabezón y tenaz, nunca me rindo”, había confesado antes de viajar a Italia. Esa filosofía es la que lo ha llevado hasta aquí, hasta este momento improbable que hace unos años parecía poco más que una idea descabellada nacida como complemento a los entrenamientos de piragüismo.
“Las sensaciones de esquí han sido buenas. El problema es que tenía reconocimiento de pista de 9 a 9.40 horas y cuando salí a 9.20, ya la habían cerrado y cometí ese error. Eso me ha hecho perder algunos segundos, podría haberme acercado al Top 20. Me he borrado para la de mañana de 10 kilómetros, prefiero reservarme para la última prueba de biatlón y para los 20 kilómetros del esquí de fondo”, ha comentado.
La historia de Higinio cambió en 2013, cuando una caída mientras escalaba le provocó una lesión medular. Desde entonces, cada desafío ha sido una forma de reconstruirse, de demostrar que la vida puede seguir avanzando, incluso por caminos inesperados.
En el esquí de fondo se suma al grupo de españoles que han competido en los Juegos Paralímpicos de Invierno, junto a nombres como Miguel Ángel Pérez Tello -doble plata en Innsbruck 1984 y bronce en Albertville 1992-, Rosa Jaca, Javier Batista, Josu Hernández y Pol Makuri. Pero Rivero añade un matiz singular: es el primero en hacerlo en la categoría sentado. En Tesero ganó un lugar en la memoria del deporte español.
