La temporada apenas ha arrancado y, con ella, la cuenta atrás hacia Milán-Cortina 2026. En medio del bullicio de los equipos que se cruzan entre telesillas y pasillos helados, una joven esquiadora española avanza con paso firme y determinación. María Martín-Granizo, 19 años, encara el invierno con la misma mezcla de osadía y hambre de futuro que ha marcado cada etapa de su vida. Su sueño es claro: estar en los Juegos Paralímpicos.
La leonesa, nacida con una agenesia femoral en la pierna derecha, ha aprendido desde pequeña que el deporte no es solo una vía de escape, sino un territorio donde ha construido libertad, técnica y carácter. Lo hace desde los seis años, cuando comenzó a deslizarse por la nieve siguiendo a sus hermanos, aunque aquel primer contacto no fue un flechazo inmediato. Al principio iba en monoesquí, en silla, y no le gustaba. Luego cambió a tres huellas -dos estábilos y un esquí de base- y ahí sí empezó a disfrutar.

Un primer año en la élite duro, pero revelador
La pasada temporada fue su bautismo real en la élite internacional. Debutó en la Copa del Mundo con una mezcla de ilusión y vértigo. “Fue un poco duro mi primer año. Al principio me costó seguirle el ritmo a las deportistas que llevan compitiendo más años. Pero fue una experiencia llena de aprendizajes”, explica.
Subió al podio en varias pruebas FIS y en campeonatos internacionales, confirmando una proyección que la ha convertido en uno de los nombres emergentes del esquí alpino paralímpico español. Europa empieza a conocer su firma en cada descenso.
Esta temporada tiene un punto añadido de importancia, es la que debe abrirle la puerta a los Juegos Paralímpicos. Martín-Granizo llega preparada, aunque no sin dificultades físicas. La rodilla vuelve a reclamar atención. “Estoy contenta con los resultados. Lo único es que tengo una lesión, una condropatía rotuliana. Llevo años con ella. Me hacen infiltraciones de PRP, que es antiinflamatorio. Y este año he probado con ácido hialurónico porque dicen que funciona como almohadilla para el cartílago. La lesión es por sobrecarga, ya que me falta una pierna. Pero me siento bastante fuerte físicamente”, afirma.

Nació con el fémur reducido al tamaño de un hueso de aceituna, con la rodilla junto a la cadera. Le amputaron los dedos del pie y, en 2020, fue operada para crear un fémur artificial. Nada de eso frenó su impulso. Probó natación, baloncesto, kárate, skate… pero hoy el esquí alpino y el surf, donde ya ha sido campeona del mundo, son sus dos pasiones.
El calendario que abre el camino hacia Italia
El invierno arranca exigente. Esta semana se pone en marcha con las primeras carreras: pruebas FIS en Resterhoehe y Steinach (Austria), después Ischgl y, para cerrar diciembre, St. Moritz (Suiza) en gigante y eslalon dentro de la Copa del Mundo. Cada descenso suma puntos, confianza y opciones de clasificación.
“Lo afronto con muchas más ganas. Siento algo de nervios porque los Juegos están cada vez más cerca y estar allí sería un orgullo, una forma de demostrar que todo el trabajo que vengo haciendo sirve de mucho. También es una manera de darle las gracias a todas las personas que me han apoyado en estos años. Conseguirlo con 19 años es increíble, algo con lo que llevo soñando desde pequeña”, confiesa.
Su carácter es parte esencial de esa travesía. Admite que es muy cabezota y, si quiere algo, lucha para conseguirlo. Y ahora quiere Milán-Cortina. Quiere medirse con las mejores en las laderas imponentes de los Dolomitas. Y cada semana, cada entrenamiento, cada curva limpia es un paso más hacia el sueño.
