Treinta años de silencio pesan como polvo antiguo sobre unas vitrinas vacías. Tres décadas sin que una medalla brillara bajo la bandera española en un Europeo paralímpico de tenis de mesa en categoría femenina. Desde aquel bronce de María Cinta Campiña en Hillerod (Dinamarca) en 1995, la sequía parecía eterna. Hasta ahora.
En Helsingborg (Suecia), una joven de San Sebastián, que acaba de cumplir 18 años, ha devuelto el brillo perdido: Olaia Martínez, nueva referente y promesa convertida en realidad, se colgó un bronce individual y una plata en dobles mixto que iluminan la disciplina.
“Aún no me lo creo, estoy en una nube. Pensé que no iba ni a pasar la fase de grupos, y mira, he conseguido dos medallas. Pero no me gusta alardear. Tengo muchas cosas que mejorar, que trabajar, me falta para estar a un gran nivel”, dice con naturalidad, como si restar importancia al hito fuera parte de su estilo.

Una infancia sin frenos
Olaia nació sietemesina. Veinte días después, una parálisis cerebral le provocó hemiparesia lateral izquierda. Afectación en la movilidad, en el equilibrio, en la fuerza. La mano que no aprieta con firmeza, el tobillo fijo que condiciona cada paso. Pero de niña, ella solo sabía que se caía mucho. “Tuve una infancia como la de cualquier otro niño, no era consciente de lo que me pasaba. Eso sí, siempre estaba en el suelo, me caía todo el rato”, recuerda con una media sonrisa.
Sus padres eligieron un camino, el de no sobreprotegerla. Le enseñaron a esforzarse, a hacer las cosas por sí sola. Con una bota ortopédica que le ayudaba a estirar el tendón de la pierna, corría detrás de un balón en la ikastola. “Se me daba bien, me defendía y marcaba goles”, cuenta. Al mismo tiempo nadaba desde los ocho meses en un centro de Aspace, pero al cumplir diez años ya no encontraba ninguna motivación en la piscina. “Me aburría, no me lo pasaba bien”, admite.
“Amá, quiero jugar al fútbol”. La petición era clara, pero su madre sabía lo que su limitación física podía complicar. “No puedes”, fue la respuesta sincera. La negativa se convirtió en búsqueda de otro deporte que encajara. Lo encontraron en el tenis de mesa. En el Club Atlético San Sebastián, una niña de diez años que apenas asomaba por encima de la mesa agarró una pala y descubrió un nuevo mundo.
“Al principio no era capaz de golpear la bola, costó bastante. Pero me parecía muy divertido y me atrapó”, cuenta. El tenis de mesa le dio algo más que un hobby: movilidad, coordinación, confianza. De quedarse quieta en sus inicios pasó a moverse con fluidez, a divertirse en cada punto.

De promesa a realidad
En 2021 debutó en un Campeonato de España, en Antequera. Perdía 0-2 en la final y ganó 3-2. Tenía 13 años. Ese mismo año se estrenó internacionalmente en el Open Costa Brava, donde un bajón de tensión le impidió terminar el torneo. Al año siguiente llegó la primera medalla internacional, un oro en dobles mixtos en el Open de República Checa, junto a Ander Cepas, actual referente español, subcampeón de Europa y bronce paralímpico en París 2024.
Coincidieron en el mismo club desde que ella era una niña, aunque tardaron en hablarse. Dos tímidos, distantes al principio, socios naturales en la mesa después. Juntos suman ya cinco medallas internacionales. Pero Olaia estuvo varios años con el talento dormido bajo capas de apatía, dudas y esa nebulosa que es la adolescencia.
Había viajado ya a competiciones, aunque sus resultados seguían siendo sombras sin forma, fogonazos que no terminaban de arder. Todo cambió el año pasado, en una reunión breve pero decisiva con un directivo del club y sus entrenadores, Jaime Vidal y Roxana Iamandi. Las palabras resonaron como un golpe imposible de ignorar: “O cambias o estás fuera”.
Algo dentro de su cabeza hizo click, un sonido íntimo, pero definitivo para su despertar. “Era perezosa, no tenía buena actitud. Desde entonces, no he faltado a entrenar. Y los resultados han llegado”, reconoce. Entrenó como si cada sesión fuera un puente hacia otra versión de sí misma. Corregía errores con la misma meticulosidad con la que otros desmenuzan sueños, y con una seriedad que sorprendió incluso a quienes la veían cada tarde en el club.

El camino hacia las medallas europeas
Pronto el esfuerzo empezó a tomar forma visible. Una plata en marzo en Platja d’Aro, dos más en el Future de Lahti y en el Challenger de Lasko, además de un oro y varios bronces en dobles. Llegó al Europeo de Helsingborg con convicción, llevando en la mirada esa serenidad firme que quienes la conocen atribuyen al carácter de su tierra: constancia, orgullo silencioso y trabajo.
Frente a la mesa azul, su timidez habitual se transformaba en un relámpago preciso. Aunque su objetivo era simplemente jugar bien, las medallas quedaban en un plano secundario. Pero la competición, paso a paso, fue revelando su nivel. Fue segunda en la fase de grupos y, en cuartos, ante la danesa Freja Juhl Larsen, jugó el mejor partido de su carrera, un 3-0 incontestable.
En semifinales le tocó la británica Grace Williams, a quien ya había derrotado dos veces este año. Sin embargo, tener asegurada la medalla la relajó más de la cuenta y lo pagó caro. Perdió 0-3. “De los errores se aprende”, afirma sin dramatismos. Aun así, su bronce es histórico e ilumina una sequía de tres décadas en el tenis de mesa paralímpico español femenino.
Y apenas dos días después volvió a subirse al podio europeo, esta vez junto a Ander Cepas, logrando la plata en dobles mixto. Dos metales que simbolizan un comienzo. Con Ander aspira a cotas mayores. Todavía hay timideces que derribar entre ellos, pero se entienden. Ya han llegado a una final continental y miran más lejos: el Mundial de 2026, los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028. “Esos son los objetivos. Queremos ir allí y dar guerra. Sobre todo, con Ander, tenemos posibilidades”, asegura Olaia, una perla del tenis de mesa.
