Parar también es avanzar. A veces, incluso, es la única forma de volver más fuerte. Sergio Ibáñez lo aprendió a la fuerza a comienzos de 2025, cuando su cuerpo le obligó a bajarse del tatami y pasar por quirófano. Meses de dolor en la muñeca izquierda habían ido minando su rendimiento hasta hacer inevitable la operación. El freno fue brusco, la incertidumbre grande, pero el regreso ha sido contundente: dos medallas internacionales y la confianza recuperada para seguir en la élite del judo para ciegos.
A punto de cumplir 27 años -lo hará el 19 de enero-, el judoka aragonés ya no es aquel joven tímido que empezó en este deporte casi por casualidad. El camino recorrido lo ha curtido. Ha probado el sabor del éxito y el amargor de la derrota, ha aprendido a caer y, sobre todo, a levantarse. Nunca baja los brazos.
El judo no es solo su pasión, es su refugio y su escuela de vida. Le enseñó valores que hoy traslada a su día a día. De niño, en su Alagón natal (Zaragoza), le costaba relacionarse con otros chavales. La timidez era su coraza. Nació con una discapacidad visual del 79% causada por una distrofia de conos que afecta al nervio óptico: no distingue colores y tiene grandes dificultades para ver de lejos.

Éxitos sobre el tatami
Pero todo cambiaba al pisar el tatami. Allí emergía otro Sergio, más combativo, valiente, con un instinto guerrero que acabaría llevándolo a la cima del judo. Medalla tras medalla, fue consolidándose como uno de los grandes referentes internacionales. En ese proceso, una figura ha sido clave: Javier Delgado, su entrenador, guía deportivo y apoyo emocional en los momentos más complejos.
Juntos firmaron el mayor hito de su carrera: la medalla de plata en los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020. Después llegaron más podios, más alegrías… hasta París 2024. Allí, cuando todo apuntaba al oro que se le escapó en Japón, la competición terminó antes de tiempo. Eliminado en la primera ronda, el golpe fue duro.
“Sigo pensando en ese día, para que no vuelva a pasar. Sé que no quiero volver a vivir un momento así en mi carrera deportiva. A la semana de volver de París ya estábamos planeando la siguiente competición y el trabajo a mejorar”, confiesa.
La reacción fue inmediata. Dos meses después volvió a sonreír colgándose el oro en el Grand Prix de Astana, en la categoría J2 -70 kilos. Una victoria que sirvió para demostrar que lo ocurrido en París fue solo un mal día. Sin embargo, la muñeca seguía limitándole y, ya en 2025, tocó parar.

El resurgir con medallas
“Lo peor era la incertidumbre de cómo iba a quedar y cuánta movilidad tendría. Era imposible asegurar mi vuelta al judo”, recuerda. La operación, a cargo del doctor Ortiz Espada, fue un éxito. La recuperación, un trabajo colectivo junto al equipo médico y de fisioterapia del Comité Paralímpico Español. “Mi muñeca es casi un caso excepcional de lo bien que salió”, admite.
Durante meses, una frase le acompañó como mantra: “Mantén el rumbo, aunque haya muchos baches”. Cuidó cada detalle: rehabilitación, descanso, alimentación. “El único camino es el trabajo y la constancia, no conozco otro. He caído muchas veces y me levanté en todas. Eso es lo que hicimos mi equipo y yo”, recalca.
El regreso llegó en agosto, con un bronce en el Grand Prix de Giza (Egipto). Después, un quinto puesto en el Europeo de Tiflis. Y para cerrar el año, el mejor broche posible: oro en el Grand Prix de São Paulo. Más fuerte, más técnico, con un judo más maduro y afilado, sigue instalado en la élite.
“Tras la operación fue una etapa dura y con ciertas dudas, siempre la cabeza quiere pasarte malas jugadas, pero por suerte estoy muy bien rodeado y salió todo genial. Las ganas que tenía de volver a competir me ayudaron mucho”, señala.
El triunfo en Brasil le ha dado el impulso necesario para mirar al futuro con ambición. A partir de septiembre, con el Mundial, comenzará el ranking clasificatorio para los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028. Allí quiere estar y sacarse la espina de París con una nueva medalla paralímpica.
