Enero de 1984. Innsbruck amanecía blanca, envuelta en ese silencio que solo conocen las montañas antes de que el cronómetro rompa el aire. Sobre las laderas del Tirol austriaco no solo se disputaban medallas: también se ensanchaban los límites de lo posible. Y allí, entre gigantes del esquí adaptado, apareció por primera vez una bandera española en unos Juegos Paralímpicos de Invierno. España debutaba en la nieve.
Hasta entonces, las personas con discapacidad habían mirado los ‘Juegos Blancos’ desde la distancia. Tras Örnsköldsvik 1976 y Geilo 1980, la tercera edición, celebrada en Innsbruck, abría una puerta inédita para el deporte paralímpico español. La expedición era breve, casi íntima, cuatro nombres que, sin saberlo, pondrían la semilla de una historia larga: Jordi Faurat, Eduardo Norberto, Ramón Usabiaga y Jordi Ylla.
Cuatro pioneros. Cuatro jóvenes que se deslizaron por pendientes desconocidas con más ilusión que medios, con más coraje que experiencia. En España, el esquí adaptado apenas comenzaba a dar sus primeros pasos. Se contaban con los dedos de una mano los practicantes y con los de la otra, los años de rodaje competitivo. Dependían de la Federación Española de Deportes de Minusválidos Físicos -hoy FEDFF-, presidida por Guillermo Cabezas, uno de los grandes impulsores del movimiento paralímpico nacional. La estructura era modesta, el sueño, enorme.
En Innsbruck compitieron 419 deportistas de 21 países. Se disputaron 107 pruebas en esquí alpino, esquí de fondo y patinaje de velocidad sobre trineo. Por primera vez, además de personas con discapacidad física y visual, participaron deportistas con parálisis cerebral. El estadio olímpico acogió la ceremonia inaugural el 14 de enero y la clausura el día 20. Entre las autoridades, Juan Antonio Samaranch, entonces presidente del Comité Olímpico Internacional, testigo de un movimiento que pedía, cada vez con más fuerza, igualdad y reconocimiento.

Sin apenas experiencia, ante grandes potencias
Los españoles se habían ganado su plaza tras un meritorio papel en los Campeonatos Abiertos de Francia. Aun así, la empresa era titánica. Frente a ellos, potencias como Austria, Suecia, Noruega, Suiza, Estados Unidos, Alemania o Canadá. Países con tradición, recursos, estaciones cubiertas de nieve durante meses. Ellos llegaban con entrenamientos limitados, material lejos de la élite y la dificultad añadida de preparar una disciplina invernal en un país con escasez de nieve.
El más destacado fue Jordi Faurat. Su historia contenía ya una primera cumbre conquistada: antiguo miembro de la selección española de esquí convencional, una gravísima lesión a los 18 años le costó la amputación de la pierna derecha. Lejos de apartarlo de la montaña, la pérdida lo empujó de nuevo a ella. En Innsbruck, en la categoría LW2, firmó un 26º puesto en descenso.
En la misma clase, Jordi Ylla, que alternaba la nieve con el esquí náutico, concluyó 27º en gigante. Eduardo Norberto, con amputación femoral, fue 29º en el técnico y exigente slalom. Ramón Usabiaga, cuarto integrante de aquella avanzada, fue descalificado en slalom y gigante. Resultados discretos en una tabla dominada por Austria -34 oros- y secundada por Finlandia y Noruega.
Aquellos puestos no eran simples clasificaciones, eran puntos de partida. Los cuatro asumieron el verdadero objetivo del viaje: aprender, competir, acumular experiencia y sembrar. En algunas mangas incluso lograron superar a esquiadores con mejores infraestructuras y más horas de nieve. Pequeñas victorias invisibles en el medallero, pero enormes en significado.
Mientras ese mismo 1984 el atletismo, la natación o el tiro con arco brillaría en los Juegos de Verano de Nueva York y Stoke Mandeville con nombres como Puri Santamarta, Maite Herreras, Anna María Peiró o Antonio Rebollo, en el invierno España apenas empezaba a escribir su prólogo. Lo hizo con cuatro hombres que se lanzaron montaña abajo sin red, sabiendo que quizá no serían ellos quienes recogerían los frutos. Pero entendiendo que alguien debía abrir la huella en la nieve.
Desde entonces, el esquí paralímpico español ha crecido, ha ganado experiencia, estructura y medallas. Pero todo empezó allí, en Innsbruck, en aquel enero frío de 1984 en el que cuatro esquiadores se atrevieron a desafiar la pendiente.
