Una vez más, Íñigo Llopis se ha zambullido en la historia. Lo ha hecho sin mirar atrás, como quien sabe que el trono no se hereda, se conquista. El donostiarra ha impuesto su dominio en la final de los 100 metros espalda S8 al ganar la medalla de oro en el Mundial de natación paralímpica de Singapur.
El español se lanzó al agua con determinación y con la certeza de que el trono le pertenece. Ya lo hizo en el campeonato del mundo de Manchester en 2023 y en los Juegos de París 2024, donde reinó como campeón paralímpico. Y ahora ha vuelto a escribir su nombre con tinta dorada.
Un estilo inconfundible
Era el favorito, nadie lo discutía. Pero en la alta competición, los títulos no se reparten por cortesía, se ganan. Y Llopis lo hizo con su estilo reconocible, ese que mezcla precisión quirúrgica, instinto animal y una pizca de descaro. Lo suyo no es nadar, es gobernar.
Subió al poyete con su media sonrisa, esa que ya anuncia tormenta para sus rivales. Lo acompañaba una calma peligrosa, la de quien tiene todo bajo control. Cuando se tiró a la piscina, el cronómetro empezó a contar una historia que ya se había escrito en su mente.
Salió de la inmersión en tercera posición, pero eso no era más que parte del plan. Él sabe que su verdadero golpe está en la vuelta, cuando el cuerpo arde y la mente flaquea, pero la suya no.
El ucraniano Eduard Horodianyn le sacaba mucha distancia en el primer largo, también le aventajaba el japonés Kota Kubota. Pero al llegar al viraje, encendió el motor. La brazada se hizo látigo, el agua se abrió a su paso. La espalda de Llopis se hizo inalcanzable para sus rivales. Tocó la pared en 1:05.29. Oro y récord de España. El ucraniano fue plata (1:06.18) y el turco Turgut Yaraman se coló tercero (1:06.52).
El segundo título mundial de su carrera
Con este triunfo, el español suma su segundo título mundial, tras el que logró en Manchester hace dos años. Pero más allá de los metales, está la historia que los sostiene.
Porque hubo un tiempo en que Llopis ni siquiera quería nadar. Lo suyo era el fútbol, el balón y los guantes de portero. Como su padre, entrenador de guardametas del Real Madrid.
Pero la vida le cambió el rumbo: una fractura en el colegio le apartó del césped y lo empujó, casi a regañadientes, al agua. Había nacido con una malformación: el fémur más corto y un brazo derecho más pequeño. Encontró en la piscina lo que no sabía que buscaba.
A los 10 años, comenzó a nadar. Hoy, a los 26, es un referente de la natación paralímpica. Es el depredador de la espalda, un nadador de raza. Y en el reino de los 100 metros S8, sigue siendo el rey.
