Hay llamadas que interrumpen la rutina. Y hay otras que la transforman para siempre. A Alejandra Requesens le sorprendió el destino en una mañana fría de Londres, con la bruma suspendida sobre el Támesis y el pulso acelerado de la City latiendo bajo los rascacielos de cristal. Analista financiera en una firma de banca de inversión y mercados de capitales, revisaba cifras y gráficos cuando su móvil vibró.
Al otro lado, un miembro del Comité Paralímpico Español le dio la noticia: debía preparar las maletas. Viajaría a los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026. El equipo estaba cerrado, pero una invitación en esquí alpino la incorporaba a la delegación. “Me quedé en shock, casi me desmayo en el pasillo de la oficina. Tuve que llamar de nuevo al mismo número porque, de los nervios, no pregunté nada del viaje, de cuándo competía…”, cuenta con una sonrisa que todavía mezcla incredulidad y vértigo.
Con el corazón golpeándole en el pecho, marcó el número de su guía, sus ojos en la nieve, Vic Ibáñez. Una acumulación de gritos, silencios y risas nerviosas. Las opciones parecían agotadas, pero el rendimiento constante de las últimas temporadas había terminado por abrir una puerta que ya daban por cerrada. Era el premio al empeño, a no rendirse.

La niña que aprendió a mirar de otra forma
Para entender el peso de esa llamada hay que retroceder algo más de dos décadas, a Madrid. A los dos meses de vida, Alejandra fue diagnosticada de retinoblastoma bilateral. Perdió el ojo izquierdo -lleva prótesis- y en el derecho conserva apenas un 10% de agudeza visual.
De niña la equitación era su refugio y a los siete años empezó a esquiar con su familia: su madre o amigos descendían unos metros por delante, marcándole el camino. La nieve era intuición, confianza, un salto de fe en cada giro. La competición llegó más tarde, a los 16 años, en el Club Siempre, especializado en esquí para personas ciegas. Descubrió que la velocidad también podía ser libertad.
Hace cinco años, su vida tomó otro desvío: Londres. Estudios primero, trabajo después. El esquí quedó relegado a los márgenes del calendario laboral, pero nunca abandonado. Ya entonces compartía cordada deportiva con Vic Ibáñez.
Durante un tiempo, su rutina fue una coreografía de aeropuertos y madrugadas: viernes a las cuatro de la tarde cerraba el ordenador en Londres, volaba a Málaga, donde Vic la recogía a las once de la noche. De allí, carretera hacia Sierra Nevada. Entrenamiento sábado y domingo bajo la supervisión de Asier Álvarez. El lunes, a las siete de la mañana, regresaba a la oficina con ojeras y determinación.
El año pasado pudieron concentrarse varias semanas en el glaciar de Kaunertal, en Austria, y competir por Europa. Más preparación, más kilómetros, más confianza. Los resultados empezaron a hablar. Su debut internacional fue en 2023, luego lograron podios en Copas FIS -dos bronces en Brand en 2024 y dos platas en Pila en 2025- y este año estreno en la Copa del Mundo con un cuarto puesto en el slalom de Veysonnaz, en Suiza.
“Estamos súper contentas por el largo camino que llevamos trabajando. Nos íbamos solas a las competiciones y el esfuerzo que hemos puesto está teniendo resultados. Ya estamos en Copa del Mundo con las mejores, algo que nos hace mucha ilusión. Mi familia no se lo cree y a veces se ríe, porque yo de pequeña no era nada deportista, la asignatura de educación física no era lo mío”, relata entre risas.

Un tándem sincronizado
En el esquí alpino para deportistas con discapacidad visual no hay margen para la duda. La guía baja unos metros por delante e indica cada giro, cada cambio de rasante, cada placa de hielo a través de un intercomunicador. La comunicación debe ser exacta y el error, inexistente.
“Recuerdo que al principio me bloqueaba y tenía miedo cuando, por ejemplo, había niebla. Pero ahora confío plenamente en ella. Es una guía excepcional, aunque a veces no distingue bien entre derecha e izquierda, le digo que se haga las pruebas de la dislexia”, bromea.
La complicidad entre ellas es total. “Tenemos una magnífica relación de amistad, parecemos un matrimonio. Hay que tener una confianza máxima en la persona que tienes delante para tirarte por una pista a ciegas. Tengo un pequeño resto visual que me permite distinguir el peto rosa que ella lleva, lo veo como si fuera una mancha”, explica. En la montaña helada, Alejandra encuentra algo más que competición: “Me encanta, es súper divertido. Eso sí, si tuviese que hacerlo sola, no lo haría. El esquí me gusta porque lo comparto con mi guía”.

Romper la sequía
Su invitación nominal para los Juegos Paralímpicos confirma que el crecimiento deportivo ha sido tan sólido como su conexión en pista. Además, su clasificación para Milán-Cortina rompe una larga ausencia femenina española en el esquí paralímpico para personas con discapacidad visual desde Vancouver 2010, cuando acudieron Anna Cohi Fornell y su guía Raquel García.
“Romper esa sequía es un orgullo enorme. Una pena que el esquí para ciegos esté desapareciendo en España. Nos lo hemos tenido que currar mucho solas para llegar hasta aquí. Ojalá eso inspire a más gente para que esto no se pierda”, dice.
En Italia competirán en la clase AS3, en gigante y slalom, su especialidad, la prueba donde la agilidad, la precisión y la sincronía con Vic alcanzan su máxima expresión. “Nos pellizcamos de vez en cuando porque aún no nos lo creemos. Queremos vivir la experiencia y disfrutar con el resto de los deportistas. Y en la competición, iremos a dejarnos todo en cada bajada. Es tan surrealista haber llegado hasta los Juegos, que cualquier resultado ya es una victoria”, apostilla.
Aquella mañana en Londres, el número desconocido no solo interrumpió una jornada laboral, abrió una pendiente nueva. Y ahora, desde la bruma del Támesis hasta la luz blanca de Los Dolomitas, Alejandra y Vic descienden hacia el sueño con la única brújula que conocen: la confianza.
