A las personas con discapacidad que practicamos deporte se nos suele colocar una etiqueta curiosa: la de superhéroes. Entiendo que nace de una intención amable, incluso admirativa. Para muchos, el simple hecho de vernos competir parece una proeza casi sobrehumana. Y, sinceramente, siempre será mejor eso que el menosprecio, la condescendencia o el desprestigio. Ahora bien, también es cierto que, en ocasiones, la historia se exagera un poco.
Últimamente me he encontrado en varias situaciones de ese tipo. Momentos en los que alguien expresa tanta admiración que uno no sabe muy bien cómo responder. Porque cualquier comentario puede sonar desconsiderado o incluso borde. Probablemente no estemos sintonizando la misma frecuencia: ni en la forma de entender el deporte ni en el conocimiento de lo que realmente implica.
Recuerdo que, en una de esas ocasiones, intenté quitarle hierro al asunto con una broma. Dije que lo verdaderamente admirable sería que, solo por tener un balón con cascabeles, pudiera saltar al estadio de La Cartuja, robarle el balón a Anthony, hacerle un caño a Marc Bartra y colocarla por la escuadra de Álvaro Valles. Porque, al final, nosotros también jugamos contra ciegos. Ellos tampoco ven la pelota. Y, como en cualquier deporte, todo depende de las cualidades de cada uno: hay quien se mueve más rápido y quien tiene más puntería al golpear el balón.
Ahí está realmente la cuestión. Cuando alguien destaca en el deporte para ciegos no es por un milagro ni por un don sobrenatural. Hay trabajo detrás. Mucho trabajo. En algunos aspectos, incluso más complejo que el de muchos deportistas sin discapacidad que vemos por televisión.
Para competir hay tres pilares fundamentales: el trabajo psicológico, el técnico y el físico. Podría detenerme en los dos primeros, porque a lo largo de mi carrera deportiva he vivido muchas situaciones relacionadas con ellos. Pero hoy prefiero centrarme en el tercero, quizá el más invisible de todos: la preparación física.
Invisible porque es la parte que menos se percibe desde fuera. Curiosamente, también puede ser donde yo más flaqueo, dependiendo de con quién me compares. Aun así, algo estaré haciendo bien si, con 35 años y toda una vida dedicada al deporte, el cuerpo solo se queja por los achaques normales de tantos años de entrenamiento y competición. A día de hoy sigo sintiéndome bien físicamente en los partidos, y eso ya es, en sí mismo, una pequeña victoria.
Hace tiempo tuve un entrenador que, con los años, ha demostrado ser un técnico bastante deficiente. Era de los que soltaban frases llamativas para motivar al grupo. Una de ellas se me quedó grabada: decía que en nuestro equipo hacía más un plátano que un psicólogo. Era 2011 y quizá pretendía provocar una reacción antes de un partido importante. Sin embargo, la estrategia del desprestigio, aunque sea dirigida al rival, nunca me ha parecido la mejor manera de trabajar la psicología de un equipo.
Después de algunos torneos que no salían como esperábamos, su solución siempre era la misma: más físico. Si corríamos veinte minutos, había que correr treinta. Si hacíamos diez repeticiones, había que hacer doce. Si entrenábamos dos días, había que entrenar tres. Y tú, que ya venías pensando que el día tenía pocas horas para todo, acababas llegando a una conclusión bastante lógica: quizá el problema no era entrenar más, sino entrenar mejor.
Con el tiempo entendí que, para aquel técnico, el trabajo físico funcionaba como un cajón de sastre. Un lugar donde intentar compensar carencias técnicas o psicológicas que, en realidad, no se estaban trabajando correctamente.
Además, dentro de un equipo siempre conviven realidades muy distintas. En España, especialmente en equipos de liga doméstica,los perfiles son variados. Para algunos compañeros el deporte es casi un pasatiempo. Para otros, en cambio, es algo muy importante. Y también hay quien termina allí sin tener muy claro cómo le convencieron para empezar.
Yo siempre he comparado esto con estudiar una carrera universitaria. Hay personas que, repasando un par de veces los apuntes, llegan al examen y lo clavan. Otras necesitan pasar muchas horas en la biblioteca. Al final cada uno encuentra su propia motivación. En mi caso, la motivación siempre ha sido la competición. Y competir mejor significa entrenar más. Incluso en el gimnasio, que sinceramente es la parte que menos me gusta. Pero también entiendo que, si quieres competir con dignidad, necesitas una rutina mínima. Al fin y al cabo, los rivales también entrenan.
El problema aparece, sobre todo, en épocas como la Navidad o las vacaciones de verano. Son momentos en los que la competición se detiene y los entrenamientos con el equipo se paran. Pero el cuerpo no entiende de calendarios. Si paras demasiado, lo notas. Además, esas fechas traen sus propias tentaciones: helados en verano, turrones en Navidad. Así que, casi por equilibrio vital, toca seguir entrenando. Y ahí entra en escena el gimnasio.
Para una persona ciega, entrenar en un gimnasio puede ser bastante más complicado de lo que parece. No todos los gimnasios sirven. No a cualquier hora se puede ir. Y, casi siempre, necesitas contar con alguien que te eche una mano. Hay gimnasios enormes, llenos de máquinas y de pasillos que primero hay que aprender a reconocer. Puedes pasar bastante tiempo intentando orientarte: localizar cada aparato, entender cómo colocarte o simplemente caminar sin terminar chocando con media sala.
Luego está el problema del horario. Muchas veces solo puedes ir cuando sales del trabajo, que coincide con la hora punta. Todo está ocupado. Hay que esperar, pedir paso, preguntar… y si eres ciego, entrenar completamente solo se vuelve prácticamente imposible. Existe la opción del entrenador personal, claro. Pero no todo el mundo puede permitirse pagar un gimnasio y, además, un entrenador. Por eso algunos terminan montándose un pequeño gimnasio en casa con lo que tienen a mano: un par de mancuernas, una elíptica y mucha voluntad.
También están los amigos. Siempre hay alguno dispuesto a ayudarte un día. Pero no puedes depender constantemente de ellos. Tienen su vida, sus horarios. Lo mismo ocurre con la pareja: no puedes organizar toda la vida familiar alrededor de tus entrenamientos.
Por eso, más que una queja, esta columna quiere ser una pequeña reivindicación. Detrás de cada deportista ciego que compite hay una enorme cantidad de gestión invisible: horarios, espacios, ayudas, adaptación. Todo para que, al menos, uno de los tres pilares del rendimiento deportivo, el físico, se mantenga en un nivel aceptable.
Y así, cuando alguien te vea jugar y piense que eres casi un superhéroe, quizá no esté tan desencaminado. Aunque por razones muy distintas a las que imagina. Porque, al fin y al cabo, Peter Parker era un friki de laboratorio al que le picó una araña y al día siguiente ya estaba «to ciclao». Sin creatina, sin mesociclos y sin salir a correr. Cosa que, por cierto, también tiene su mérito. Sobre todo si eres ciego.
