El equipo de refugiados, un mensaje de esperanza al mundo

En los Juegos de Tokio serán seis los deportistas que competirán bajo la bandera paralímpica: los nadadores Ibrahim Al Hussein y Abbas Karimi, el piragüista Anas Al Khalifa, el taekwondista Parfait Hakizimana y los atletas Shahrad Nasajpour y Alia Issa.

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Los seis deportistas que formarán el equipo de refugiados en Tokio. Fotos: IPC

Las suyas son historias de éxodo, de migración forzosa, de supervivencia a la guerra, a la persecución o a las duras consecuencias de vivir en el exilio. Todos huyeron de la desgracia, obligados por los conflictos en sus países. Tras una travesía azarosa han logrado convertirse en grandes deportistas y en una fuente de inspiración. Seis de ellos formarán el equipo de refugiados en los Juegos Paralímpicos de Tokio, que representa a los más de 82 millones de personas en el mundo afectadas por esta situación -12 millones de las cuales con una discapacidad-.

Los seis elegidos que competirán bajo la bandera paralímpica de los tres ‘Agitos’ y que desfilarán en primer lugar durante la ceremonia de apertura el 24 de agosto son el nadador Ibrahim Al Hussein, la atleta Alia Issa y el piragüista Anas Al Khalifa (Siria), el taekwondista Parfait Hakizimana (Burundi), el nadador Abbas Karimi (Afganistán) y el atleta Shahrad Nasajpour (Irán). Todos ellos honran el legado de Sir Ludwig Guttmann, también refugiado que encontró un nuevo hogar en Inglaterra y que devolvió esa hospitalidad creando el movimiento paralímpico.

Nacido en Polonia y de familia judía, su padre murió en un campo de concentración y su hermana en una cámara de gas. El prestigioso neurocirujano pudo escapar en 1939 de la Alemania nazi de Adolf Hitler y fue en Reino Unido donde comenzó a introducir el deporte como herramienta de recuperación física y psicológica para los soldados de la Segunda Guerra Mundial, en el hospital de Stoke Mandeville. Él abrió un camino a la esperanza para mucha gente, algo que hoy también se ve reflejado en estos seis deportistas.

“Quisiera animar a la gente a apoyar al equipo deportivo más valiente del mundo. Estos atletas ejemplifican cómo el cambio comienza con el deporte: han sufrido lesiones que les han cambiado la vida, han huido por su seguridad y han emprendido viajes peligrosos, pero a pesar de las muchas barreras que se les han puesto en el camino, se han convertido en atletas de élite listos para competir en los Juegos Paralímpicos Tokio 2020”, comentó el presidente del Comité Paralímpico Internacional, Andrew Parsons.

Conoce a los seis integrantes del equipo de refugiados

Ibrahim al Hussein: Huyó de la guerra en Siria y actualmente vive en Grecia. Nació en 1988 en Deir ez-Zor, sobre las márgenes del río Éufrates, y de pequeño siempre estuvo vinculado al deporte, nadaba y practicaba judo. Todo cambió en 2011 cuando estalló la guerra en Siria, sus 13 hermanos huyeron a un lugar más seguro, pero él se quedó. Un día, en pleno conflicto, fue a socorrer en la calle a un amigo herido por un francotirador cuando una bomba explotó cerca y perdió la parte inferior de su pierna derecha. Se marchó a Turquía y tras un largo peregrinar por tierras otomanas, cruzó el mar Egeo en una barca hinchable en febrero de 2014 y permaneció 16 días en un centro de detención en la isla de Samos. Finalmente, consiguió llegar a Atenas, donde conoció al médico que le cambió la vida y que le fabricó una prótesis para su pierna. Volvió al deporte, primero al baloncesto en silla, luego a la piscina. En Río de Janeiro 2016 formó parte del primer equipo paralímpico de refugiados, formado únicamente por dos personas.

Alia Issa: Es la más joven y la primera mujer del equipo de refugiados. Su padre, Mohament Issa, abandonó Siria por Grecia en 1996 en busca de una vida mejor para su familia. Trabajó durante cuatro años como sastre, hasta que ahorró el dinero suficiente para traer a su mujer y a sus cuatro hijos. Issa nació en el país heleno poco después, en 2001. Cuando tenía cuatro años contrajo viruela, que le provocó daños cerebrales, dejándole con dificultades para hablar y moverse, sufriendo por ello discriminación en la escuela. El deporte se convirtió en un gran aliado y gracias a Michalis Nikopoulos, profesor de educación física y ahora uno de sus entrenadores, la joven descubrió el club throw, una disciplina de atletismo en el que los deportistas lanzan un palo de madera parecido a un bolo. “Cuando otras refugiadas me vean en el Estadio Nacional de Tokio, quiero que vean que hay esperanza”, dice.

Shahrad Nasajpour: Junto a Ibrahim al Hussein, fue el otro deportista que compitió en Río de Janeiro 2016. De hecho, gracias a su insistencia el Comité Paralímpico Internacional creó el equipo de refugiados. Una parálisis cerebral nada más nacer le limitó los movimientos del brazo izquierdo, pero siempre fue un apasionado del deporte, primero empezó en tenis de mesa y luego en lanzamiento de disco. En 2015 abandonó Irán y consiguió asilo en Estados Unidos, donde retomó la práctica deportiva. “Sean resilientes en tiempos difíciles. Escucharán muchos no de forma regular, pero no tomen ese no como una respuesta. Intenten encontrar diferentes maneras de llegar a sus objetivos y al final podrán llegar a donde quieran”, comenta.

Parfait Hakizimana: Del campo de refugiados de Mahama (Ruanda), donde viven unas 60.000 personas, a los Juegos Paralímpicos de Tokio. En octubre de 2015 huyó por la violencia y los disturbios en Burundi. Su madre fue asesinada de un disparo en 1996 y él también quedó gravemente herido en el brazo izquierdo tras recibir un impacto de bala. Con 16 años se agarró al taekwondo y su vida cambió. Creó un club en su país, pero la Guerra Civil en Burundi le obligó a marcharse al campo de refugiados en la frontera con Ruanda, donde volvió a crear otro club, en el que entrena a más de 150 personas, entre ellas muchos niños que siguen su ejemplo. Ahora vivirá sus primeros Juegos como taekwondista.

Anas Al Khalifa: “Vi a un joven asustado. Se podía ver en sus ojos. Era muy infeliz. Pero al mirar su cuerpo, sus manos y hombros, pude ver lo fuerte que era, el potencial que tenía”, asegura la medallista olímpica en Seúl’88 y ahora entrenadora de piragüismo, Ognyana Dusheva, cuando conoció a Anas Al Khalifa. Le animó a probar el kayak y como era pleno invierno en Alemania y no podían salir al río congelado, la primera vez remó en una piscina. El deporte le devolvió la libertad y la sonrisa a su rostro. Con la guerra de Siria llegó a un campamento de desplazados a tres kilómetros de la frontera con Turquía y tras superar “el viaje de la muerte”, como él lo llama, llegó a Alemania en 2015. Allí, trabajando en un edificio resbaló y cayó desde un segundo piso, sufriendo una lesión incompleta de la médula espinal. Surcar las aguas le ha dado una nueva luz Al Khalifa. “Si tienes que intentarlo una o cien veces, hay que luchar y seguir adelante”, dice.

Abbas Karimi: Nacer sin brazos y en un país como Afganistán lo convertían en un blanco de burlas. Sus padres trataron de protegerlo, pero él decidió defenderse solo, por ello aprendió kickboxing con 12 años. Aunque un año después descubrió la natación gracias a una piscina construida por su hermano y el agua se convirtió en su oasis, en su hábitat natural. “La natación me calma. Es como un escudo para mí, siempre protegiéndome. Si me siento mal o cada vez que tengo problemas, simplemente me sumerjo y me relaja. Nadar me salva la vida”, confiesa. Su futuro en Kabul, en guerra desde que nació, no era esperanzador y decidió escapar. “Mi tribu, los hazara, son a menudo asesinados cuando son atrapados por el talibán”, asegura. Su primer destino fue Irán y luego llegó a Turquía tras viajar en un camión de contrabandistas, hacer un tramo a pie por las montañas, esquivando controles fronterizos y sobreviviendo al ataque de perros salvajes. En Turquía pisó cuatro campos de refugiados hasta que Mike Ives, un profesor jubilado y antiguo entrenador de lucha libre le invitó a ir a Portland y le apoyó en su carrera como nadador. Ha sido medallista mundial y ahora disputará sus primeros Juegos.

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