De sonrisa dorada, como sus triunfos, Tasy Dmytriv tiene esa mezcla de timidez y brillo en la mirada que desarma. Sus ojos azules parecen contener un universo de emociones. No hay aspavientos, ni alardes. Solo una adolescente con alma de gigante que acaba de escribir otra página memorable en la historia de la natación paralímpica. Campeona del mundo. Oro en 100 braza SB8 por tercera vez consecutiva.
En el Centro Acuático OCBC de Singapur, Tasy ha vuelto a dominar sin titubeos, a flotar con firmeza entre la presión y las expectativas, y a tocar la pared en primer lugar. Su victoria en su prueba favorita fue una exhibición. De técnica, de madurez, de poderío.
Antes de la salida, el ambiente era denso. En las calles centrales se respiraba tensión. Todas sabían que el oro pasaba por enfrentarse al vendaval azul de Almería. Brock Whiston, la británica que partía como su máxima rival, evitaba mirarla. Nadie quería cruzar miradas con Tasy. Y ella, como si nada, subía al poyete con la serenidad de quien sabe que domina una prueba que le pertenece.
Un dominio de principio a fin
El disparo marcó el inicio, y todo lo demás fue poesía mecánica. Desde el primer subacuático, la andaluza tomó la delantera. Emergió en cabeza y no soltó el liderato. Braza tras braza, como un metrónomo preciso, impuso ritmo, mando y distancia. Antes del viraje, ya tenía un cuerpo de ventaja sobre su principal perseguidora. Las demás solo podían mirar la estela de su hazaña.
En los últimos metros, con el oro ya acariciado, apretó los dientes como si sintiera la amenaza de Whiston, y aceleró. Paró el crono en 1:19.83. Oro mundial. El tercero tras los de Madeira 2022 y Manchester 2023. A casi dos segundos, llegó la británica. Nadie más se acercó. La barcelonesa Núria Marquès fue cuarta (1:25.05), a solo diez décimas del bronce de la rusa Elena Kliachkina.
La piscina, ese terreno que Tasy transforma en imperio, volvía a rendirse ante su talento. Y allí, en ese instante congelado entre la gloria y la rutina del triunfo, buscó con la mirada a Patricia Prieto, su entrenadora, la arquitecta silenciosa de esta joya deportiva que comenzó a pulirse desde la infancia.
En 2021, con solo 12 años, logró la mínima para ir a los Juegos de Tokio, pero no pudo asistir por no tener aún la nacionalidad española. Con sus marcas esa temporada, habría ganado el oro en Japón. No importó, esperaría su momento. Y cuando le dejaron competir, ya no pararía de salpicar medallas.
En París 2024, esa cuenta pendiente se saldó: oro paralímpico. Y ahora, en Singapur, la hegemonía en 100 braza SB8 se consolida. Con este nuevo título mundial, no solo mantiene su trono, lo fortifica. Y lo hace sin perder nunca esa sonrisa aniñada que apenas disimula el carácter de una campeona que está marcando una época.
