Hay momentos que parten la vida en dos mitades irreconciliables. Instantes que no duran más que un segundo, pero que arrasan con todo lo que había antes: los planes, la rutina. Un segundo basta para borrar el mapa que creías tener dibujado y obligarte a empezar de nuevo. A Javier Marcos le ocurrió cuando menos lo esperaba, cuando su vida estaba ordenada, estructurada, casi previsible. Un golpe cambió su rumbo. Un salto mal medido. Una palabra que pesa más que cualquier diagnóstico: paraplejia.
Hasta entonces, era un madrileño de vida metódica. Trabajaba como informático ofreciendo soluciones tecnológicas a grandes empresas. Sus días se parecían demasiado entre sí: oficina, gimnasio, descanso. Cada jornada era un clon del anterior. El ciclismo de montaña era su vía de escape. Los fines de semana se subía a su bicicleta y se perdía por senderos técnicos, buscando rocas, troncos, zanjas. Obstáculos naturales que superar. Allí encontraba la sensación de libertad que la rutina le negaba.
En 2020, la pandemia de la COVID-19 lo encerró, como a tantos otros, entre cuatro paredes. No poder coger la bicicleta fue otra forma de clausura. Cuando el Gobierno permitió salir a hacer deporte durante la desescalada, no dudó. Era el 4 de mayo, un día después de cumplir 23 años. Eligió una vía en Las Rozas, en la Dehesa de Navalcarbón. Tenía ganas de saltar, de sentir la tierra bajo las ruedas. En uno de esos saltos se quedó corto, la rueda no encontró el apoyo previsto y salió despedido hacia adelante. Apoyó las manos en el suelo y su cuerpo hizo el movimiento seco de un escorpión. La espalda se quebró.
“Cuando caí al suelo dejé de sentir las piernas. Al principio pensé que era por el propio golpe, que se me pasaría. Pero fueron pasando los minutos, el trayecto en ambulancia, y seguía igual. Ahí empecé a darme cuenta de la magnitud de lo ocurrido. Aunque hasta después de la operación mantenía la esperanza de que no fuera tan grave”, explica.

Una rehabilitación metódica en Toledo
En el Hospital Puerta de Hierro de Majadahonda los médicos no cerraron del todo la ventana a la incertidumbre. Había que operar, esperar, observar. Pero el traslado posterior al Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo disipó cualquier ilusión. Allí escuchó la frase que dividiría su vida para siempre. “La doctora fue tajante: ‘No volverás a caminar’. Aun así, muy en el fondo mantenía esa fe, y eso hizo que mi rehabilitación fuera muy metódica durante seis meses”, recuerda.
Comenzó entonces una rutina exigente. Las mañanas se consumían en sesiones interminables con el fisioterapeuta. Ejercicios repetitivos, dolorosos, minuciosos. Después, comida y una breve siesta. Por la tarde, deporte. Todo con un único objetivo, recuperar algo de movilidad en las piernas. La disciplina, que siempre había formado parte de su carácter, se convirtió en refugio.
El duelo, sin embargo, no fue inmediato ni sencillo. Aceptar que no volvería a andar implicaba desmontar la imagen que tenía de sí mismo. “Creí que estaría el resto de mi vida sentado en un sofá en casa. Tuve que trabajar con un psicólogo. El apoyo de mi familia, sobre todo de mi mujer, Lourdes, fue clave. Ella tiró del carro. Si salí antes del pozo fue gracias a su insistencia. Me decía que desde una silla de ruedas podría hacer todo lo que me propusiera”, comenta.
Esa idea, la de que la vida no terminaba en la silla, empezó a abrirse paso. En Toledo probó el tenis y el bádminton, deporte en el que llegó a competir a nivel nacional y con el que conquistó varias medallas. Volvía a sentir la adrenalina de la competición, el compromiso con un objetivo, la satisfacción del progreso.

Reencuentro con el esquí
Y el reencuentro con la nieve se dio a finales de 2020. De pequeño había esquiado con su familia; más tarde, en viajes con amigos. Fue Lourdes, licenciada en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte, quien le habló del esquí adaptado. Javier se empapó viendo vídeos de deportistas que descendían sentados en un sit-ski.
Aquella imagen le despertó algo conocido. Se puso en contacto con el Comité Paralímpico Español y acudió a un campus en Baqueira Beret. El primer descenso fue una revelación. “Con la silla de ruedas no puedes moverte a gusto en el día a día. Pero en la montaña, al deslizarme con los esquís, sentí una libertad absoluta, sin barreras ni obstáculos que me detuvieran”, cuenta.
La velocidad y el desafío volvieron a formar parte de su identidad. Empezó a competir en el circuito nacional con un nivel todavía justo, suficiente para bajar una pista con solvencia, pero lejos de los mejores. Un día le hablaron de la asociación Play and Train. Comenzó a entrenar bajo las órdenes de Ester Noguera, la entrenadora que moldeó su progresión. Se trasladó a La Molina para preparar cada detalle con rigor, decidido a dar un salto real en su trayectoria.

Progresión hacia los Juegos Paralímpicos
Entró en el Equipo Allianz de Promesas Paralímpicas de Deportes de Invierno. En 2024 debutó internacionalmente en pruebas FIS, en categoría sentado LW11. “En la primera carrera, cuando llegué a meta, lo celebré porque para mí ya suponía una victoria”, recuerda entre risas.
Aquella temporada logró tres medallas en campeonatos nacionales de Suiza y Liechtenstein. En 2025 dio otro paso al estrenarse en la Copa del Mundo, donde firmó un 13º puesto en gigante. Pero el deporte de élite no concede treguas. Una caída le provocó la rotura de tendones y ligamentos en el hombro izquierdo. Quirófano, rehabilitación y el Mundial visto desde fuera. “Aunque me costó recuperar la confianza y tuve que hacer hincapié en el trabajo mental, este año he mejorado”, afirma.
Los resultados avalan esa sensación: un bronce en Abtenau (Austria) y tres platas en Kubinska Hola (Eslovaquia), en pruebas FIS. “Hay mucho nivel en mi categoría. Para estar entre los mejores me ha costado muchas horas de trabajo y esfuerzo. No tengo talento, y lo suplo con eso, con sacrificio y perseverancia. Nadie me ha regalado nada para llegar hasta aquí”, añade.
Ahora, con 29 años, alcanza el mayor escenario posible: los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026. Competirá en slalom y gigante, las disciplinas más técnicas, aquellas en las que el margen de error es mínimo y la precisión lo es todo. Llega sin presión y con la serenidad de quien ya atravesó su prueba más dura.
“Estar en unos Juegos, el sueño de cualquier deportista, es algo que no asimilas. Me gustaría llegar a meta sabiendo que he competido fuerte, sin reservarme nada, que he bajado atacando. No me fijo en resultados, pero un diploma paralímpico sería brutal”, apostilla Javier Marcos.
Calendario de pruebas de Javier Marcos
Viernes 13 de marzo: Gigante
Domingo 15 de marzo: Slalom
