En marzo de 2018, mientras el viento coreano barría las montañas blancas de Juegos Paralímpicos de Invierno de Pyeongchang 2018, España competía con una delegación mínima y un orgullo inmenso. Cuatro nombres, cuatro historias, un país que no vive del invierno pero que, cuando llega la hora, sabe resistir en él.
Era la representación más reducida desde el debut en Innsbruck 1984. Un síntoma incómodo de la falta de impulso institucional a los deportes de nieve. Pero también la confirmación de que el talento, cuando existe, no entiende de estructuras ni de estadísticas. Aquellos cuatro deportistas regresaron con dos medallas y la dignidad intacta.
El 12 de marzo quedó grabado para siempre. Astrid Fina, abanderada española en la ceremonia inaugural, se lanzó a la pista de snowboard cross en categoría SB-LL2 con algo más que una tabla: llevaba varios años de reconstrucción personal tras la amputación de su pie derecho en un accidente de tráfico en Barcelona.

De la nada al podio paralímpico
Había empezado tarde en el snowboard, pero avanzó deprisa. Las Copas del Mundo la curtieron, la nieve la moldeó y la ambición la sostuvo. En la ronda clasificatoria fue quinta, no era el comienzo soñado. En cuartos de final superó con autoridad a la canadiense Sandrine Hamel. En semifinales se cruzó la intratable neerlandesa Bibian Mentel-Spee. Quedaba una última oportunidad.
La final por el bronce era el todo o nada. Frente a ella, Renske Van Beek. Astrid salió decidida, cerró el interior cuando su rival amenazaba y aceleró con rabia contenida. Cruzó la meta y el tiempo se rompió en un grito. Se dejó caer sobre la nieve, manos en la cabeza, lágrimas limpias. En meta la esperaba su madre, Gemma, abrazo infinito en mitad del frío coreano.
Era el primer y, hasta hoy, único metal español en snowboard paralímpico. Un bronce que pesaba como el oro. “Esta medalla es fruto de horas, peleas y fatigas”, diría después. También rozó la gloria en banked slalom, donde fue sexta. Pero el metal ya era eterno. En categoría SB-LL1, el asturiano Vic González finalizó en la 12ª posición en banked slalom, mientras que en snowboard cross acabó 13º.

Santacana y Galindo, el honor de una despedida
El broche lo pusieron Jon Santacana y su inseparable guía Miguel Galindo, una de las parejas más legendarias del esquí alpino para deportistas con discapacidad visual. La presión era tan pesada como la historia que arrastraban. Rozaron el podio en descenso y supergigante con sendos cuartos puestos. Durante unos días, la nieve parecía resistirse.
Pero los campeones no negocian con la duda. En la supercombinada encontraron la línea perfecta, la sincronía que solo dan los años compartidos, la confianza ciega del que escucha y del que guía. Cruzaron la meta y, esta vez sí, el crono fue aliado: plata.
Con aquella medalla cerraban su ciclo paralímpico. Santacana se despedía con nueve metales -tres oros, cuatro platas y dos bronces- igualando el registro de Eric Villalón como el esquiador español más laureado en la historia paralímpica. Galindo, su voz en la pendiente, bajaba también el telón de una sociedad deportiva ejemplar.
En Pyeongchang, el bronce de Astrid abrió un camino nuevo sobre la tabla. La plata de Santacana y Galindo cerró una era con la elegancia de los grandes. Y entre la nieve coreana quedó claro que, aunque España no viva del invierno, cuando compite en él lo hace con alma.
