Sara Carracelas, chapuzones de gloria en la piscina

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La donostiarra fue una de las mejores nadadoras del mundo con parálisis cerebral. Ganó una treintena de medallas entre mundiales y europeos y conquistó seis oros, una plata y tres bronces en cuatro Juegos Paralímpicos.

 

 

Toda su energía la extraía cada vez que se enfundaba el bañador y el gorro para competir. Cuando su cuerpo se deslizaba y sus brazos hendían el agua, Sara Carracelas siempre sonreía. Lo hacía porque para ella, en la piscina estaba la felicidad plena. En 16 años en la élite de la natación dominó las pruebas de velocidad pura, los 50 y los 100 metros, en los dos estilos más rápidos, la espalda y el libre. En su carrera no paró de dar chapuzones de gloria y de salpicar medallas en mundiales, en europeos y en cuatro Juegos Paralímpicos, en los que dejó su estela con un botín de seis oros, una plata y tres bronces.

Con esa alegría perenne, rectitud, coraje y perseverancia, esta nadadora curtida en retos alcanzó la cima de un deporte que no le llamaba la atención cuando a los cinco años empezó a zambullirse, a disgusto, en la piscina de Aspace en San Sebastián. Se sumergía cada día por necesidad, era su terapia de rehabilitación. Hace 39 años nació con parálisis cerebral por falta de oxígeno durante el parto. “No fue un flechazo, al principio no me gustaba, pero con los años se convirtió en mi pasión. Casi aprendí a nadar antes que andar, ya que para caminar necesitaba la ayuda de otra persona. La natación me ayudó a ser más independiente, a moverme y a tener una disciplina. El agua es el medio donde mejor me desenvuelvo, ahí soy feliz y libre”, asegura.

Con algunas dificultades, pero siendo una más, Sara creció en el municipio de Rentería: “Tengo muy buenos recuerdos de mi infancia y adolescencia ya que siempre me he sentido integrada en el colegio o en el instituto. Si tratas una discapacidad como algo normal, el resto de la sociedad lo verá como tal”. Con la natación derribó cualquier barrera que encontraba por el camino y con 13 años decidió iniciarse en el mundo de la competición en el Club Dordoka. Cada tarde su abuela Eugenia, su gran apoyo, la llevaba hasta la piscina de Anoeta, donde encontró en Julia Pérez su complemento perfecto para desatar sus ansias de superación. La donostiarra no tardó en despuntar. Dos oros en el campeonato de España en Plasencia y otros dos metales dorados en el Europeo de Perpiñán (Francia) en 1995 fueron su carta de presentación.

Pese a su bisoñez, con 14 años debutó en Atlanta’96 en sus primeros Juegos Paralímpicos. “Era la primera vez que salía de mi pueblo 15 días, era todo nuevo y raro para mí, me lo tomé como una experiencia más ya que en ese momento no era consciente de la magnitud del evento. La villa, las instalaciones deportivas, las enormes piscinas, las gradas con público, todo era como un parque de atracciones, como ir a Disneyland. Tengo recuerdos muy bonitos porque conviví con gente a la que no conocía, aquello me hizo ganar autonomía en mi día a día”, reconoce. En su primera prueba, el 100 libre categoría S2, sacó un bronce que le dejó un sabor agridulce.

“Cuando vi que quedé tercera no me conformé con ese puesto. En mi habitación le daba vueltas a lo ocurrido, había entrenado mucho para llegar hasta ahí y sabía que estaba lo suficientemente preparada para ganar un oro. A los dos días volví a competir y gané el oro en 50 espalda con récord del mundo. A partir de ahí supe que iba a ser una deportista muy competitiva”, rememora. Aderezó su gran actuación con otra presea dorada y plusmarca mundial en 50 libre. No había rastro de su timidez cuando se lanzaba a la piscina, en la que sacaba su garra. En los años siguientes, a la ‘Sirenita’ de Rentería nadie le bajó del primer cajón del podio: logró un oro en el Europeo de Badajoz en 1997, tres oros en el campeonato continental de Braunsweig (Alemania) en 1999 y otros tres en el Mundial de Christchurch (Nueva Zelanda) en 1998.

“Viendo los resultados, tenía claro que me quería dedicar a esto, pero tenía que trabajar mucho. En esa época me sentía poderosa, entrené duro y lo daba todo en el agua”, apunta. Con un punto más de madurez y experiencia se plantó en los Juegos de Sídney 2000, donde Sara volvió a brillar con un oro en 50 espalda, una plata en 100 libre y un bronce en 50 libre. “Me di unas palizas en los entrenamientos porque ya sabía a lo que iba. Disfruté mucho, aunque me habría gustado ganar en todas las pruebas, pero cada vez había más nivel en las competiciones”, recuerda.

Abanderada y tres oros en Atenas 2004

La nadadora vasca siempre buscaba sacar la mejor nota en cada examen en la piscina, nunca se permitía flaquear y en cada carrera trataba de arañarle décimas al cronómetro. Ninguna rival le discutía el trono, estaba en su mejor etapa y así lo acreditaba su cosecha en el Europeo de Estocolmo 2001 y en el Mundial de Mar del Plata (Argentina) 2002, con cuatro oros en cada evento. Nada detenía ese vendaval que arrasaba en cada campeonato. Esa determinación tuvo un premio añadido, ya que con solo 22 años fue elegida para portar la bandera de España en el desfile de inauguración de los Juegos de Atenas 2004.

“Era un gran reconocimiento a mis logros. Pasé nervios cuando vi las gradas llenas y el público gritando, representar a tu país y a tus compañeros era mucha responsabilidad, pero compensaba por la alegría que me supuso, lo disfruté mucho”, recalca. En el Centro Acuático de la capital helena, hasta en tres ocasiones la corona de laureles posó sobre la cabeza de la española, que se impuso con mano de hierro en 50 espalda y en 50 y en 100 libre. “Las de Atenas fueron mis mejores paralimpiadas en cuanto a resultados, físicamente llegué en mis mejores condiciones. Las medallas fueron la recompensa a todo el trabajo realizado y en el podio te dabas cuenta de lo mucho que había costado conseguirlas”, subraya.

Pese a su palmarés, Sara no podía acceder a centros de alto rendimiento para continuar su trayectoria y las becas que recibía eran tan escasas que tuvo que compaginar el deporte y los estudios de informática con vistas a incorporarse al mundo laboral. Su rendimiento no mermó y siguió coleccionando metales, como las tres platas y el oro en el Mundial de Durban (Sudáfrica) en 2006: “No fue un buen año, 15 días antes de ese campeonato falleció mi abuelo, con el que convivía, y lo pasé muy mal, me afectó psicológicamente y en la piscina no pude darlo todo”. Aun le quedaban brazadas por dar, como las últimas en unos Juegos Paralímpicos, en Pekín 2008.

“Tenía claro que eran mis últimos Juegos, no había dicho nada a la gente, pero era mi despedida, no me veía cuatro años más entrenando. Ya estaba trabajando en un departamento de marketing online y me costaba compatibilizarlo con el deporte, puse la balanza y me decanté por el empleo, quería dedicarme a otra vida y mirar por mi futuro”, confiesa. No iba a regresar a Rentería con las manos vacías y en el ‘Cubo de Agua’ de la ciudad china se colgó un bronce en 50 espalda. “Tengo un gran recuerdo porque era el día de mi cumpleaños y desde la grada mis compañeros me felicitaron cantando. Eso me dio fuerzas para ganar la medalla, mi mejor regalo”, comenta. Aquella fue la última presea internacional que añadió a sus vitrinas, ya que en el Europeo de Islandia 2009 y en el Mundial de Holanda 2010 se quedó a las puertas del podio.

“Las lesiones y los dolores físicos aparecieron y no estaba al 100%, así que lo dejé. Me marché satisfecha y con la cabeza bien alta porque pensaba que había cumplido”, sostiene. Dejó de competir, pero su vinculación con la natación es perpetua, como su sonrisa. Durante unos años participó en el trofeo que lleva su nombre y que se celebra en su pueblo y desde 2017 preside el club que le ayudó a llegar a la cumbre, el Dordoka, en el que ahora traslada su historia y ofrece consejos a los más jóvenes. “Nunca he dejado de nadar porque para la parálisis me viene muy bien y porque es mi pasión. Necesito el contacto con el agua y mientras que el cuerpo aguante seguiré en la piscina”, apostilla Sara Carracelas.

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