El rugido no es de motores, sino de hielo. Un silbido afilado que acompaña al monobob mientras se precipita por el tobogán como una bala guiada por el pulso del piloto. Allí abajo, donde el frío muerde y el cronómetro no perdona, aparece un nombre: Israel Blanco. De España. Sí, un país sin pistas de bobsleigh, sin tradición ni infraestructuras. Y, sin embargo, en Lillehammer (Noruega), el español de 48 años ha hecho historia al conquistar un oro y una plata en la Copa del Mundo.
No es una anécdota, es realidad y la confirmación de su buen hacer tras años de trabajo y esfuerzo a los mandos de su bólido, esa especie de vagón de montaña rusa en el que el piloto se juega equilibrio, reflejos y valentía a más de 100 kilómetros por hora. El resultado: dos medallas logradas contra la lógica y los gigantes del hielo.
Israel lleva años asentado en la élite de una modalidad adaptada que todavía espera su lugar en el programa oficial de los Juegos Paralímpicos de Invierno. Después de dos temporadas ásperas, de resultados esquivos y podios que no llegaron, el inicio de 2026 le ha devuelto al lugar donde siempre creyó pertenecer. En lo más alto, deslizándose sobre el hielo con la convicción de quien no ha dejado de creer.

El más rápido desde los entrenamientos
Desde los entrenamientos dejó claro que algo había cambiado. Fue el más rápido en cinco de las ocho bajadas, un aviso silencioso para sus rivales. En la primera prueba de la Copa del Mundo confirmó las sensaciones. Tras dos descensos detuvo el cronómetro en 1:53.07, que le daba la plata. A solo 28 centésimas del oro, que cayó del lado del estadounidense Robert Balk.
El escenario no concede treguas. Más de 1.300 metros de tobogán, 16 curvas, giros rápidos y enlazados, cambios que exigen técnica y una precisión quirúrgica. Una pista que no perdona. Y, aun así, al día siguiente Israel salió convencido de que podía dar más.
Sereno bajo su casco decorado con Los Minions, el asturiano se lanzó con todo. Cada curva fue un diálogo íntimo entre cuerpo y máquina; cada milésima, un desafío a la idea de que hay deportes reservados a unos pocos países. Sin pista de bobsleigh en España y con recursos muy inferiores a los de algunos rivales, quería demostrar que también se puede ganar.

Un oro para reivindicarse
Israel compitió con ingenio, experiencia y determinación. Y ganó. Fue el más regular de los 15 participantes y se colgó el oro con un tiempo total de 1:53.73 en las dos bajadas, apenas 15 centésimas más rápido que Balk. No fue solo una victoria deportiva. Fue una conquista de resistencia y fe, la confirmación de que atreverse a bajar por un tobogán helado cuando nadie te espera también es una forma de hacer historia.
España no tiene pista, pero tiene piloto. Y uno que demuestra que el frío también puede hablar español. Es su tercer oro en Copa del Mundo, tras los logrados hace unos años en Lake Placid, en Nueva York.
“La semana ha sido espectacular. Esta pista es en la que más carreras hemos hecho, nos tratan muy bien, es una maravilla. Las dos últimas temporadas fueron bastante malas, hice algún quinto puesto, pero ningún podio. Ahora estoy colíder en la clasificación general. Necesitaba un buen resultado porque tras dos años irregulares, esto da un subidón de confianza”, ha explicado.
Sin apenas tiempo para celebrar, Israel ya ha puesto rumbo a Sigulda, en Letonia. Allí le esperan una nueva prueba de la Copa del Mundo y el Campeonato de Europa, su asignatura pendiente. Nunca ha subido al podio continental. Este año, con el hielo de su lado y la confianza recuperada, espera saldar esa deuda.
