Hace exactamente 25 años, España conquistaba la medalla de oro en baloncesto para personas con discapacidad intelectual en los Juegos Paralímpicos de Sídney. Aquella victoria debió haber sido un hito en la historia del deporte español. Sin embargo, la gloria quedó convertida en vergüenza: de los doce jugadores que conformaban el equipo, solo dos tenían discapacidad. El resto no. Había jugadores semiprofesionales de la Liga EBA e, incluso, un periodista infiltrado.
Aquellos Juegos fueron, en muchos aspectos, memorables para España. Se lograron 102 medallas (37 oros, 28 platas y 37 bronces). Atletas como David Casinos, Javi Conde o Puri Santamarta subieron a lo más alto del podio. En natación, nombres como Richard Oribe, Sara Carracelas, Xavi Torres o una debutante Teresa Perales firmaron actuaciones históricas. También hubo medallas en ciclismo, boccia, tiro, judo, esgrima, tenis de mesa o goalball femenino, un hito inédito. Pero todo quedó eclipsado por una palabra: fraude.
La farsa de un oro manchado
La final de baloncesto fue una paliza: España venció con comodidad a Rusia (87-63) y se colgó el oro. La delegación celebraba, pero algo no cuadraba. Y el que lo destapó fue precisamente Carlos Ribagorda, periodista de profesión e integrante del equipo. Aunque hay voces que critican al periodista por no haber actuado antes, ya que jugó dos años en aquel equipo.
La farsa empezó a tambalearse cuando una foto publicada por Marca mostró a la selección española en lo más alto del podio de Sídney. Lo que parecía una imagen de felicidad resultó ser el reflejo de una prueba inequívoca del engaño. Los periodistas del Diario de Alcalá, alertados por el equipo de baloncesto de personas con discapacidad intelectual del CB Alcalá, reconocieron a varios jugadores participantes habituales en ligas convencionales, sin discapacidad.
Ribagorda admitió haber jugado sin tener ninguna discapacidad y reveló que solo dos de los doce jugadores del equipo eran personas con discapacidad intelectual: Ramón Torres y Juan Pareja. El resto eran deportistas sin discapacidad alguna, algunos con experiencia en ligas federadas.
El cerebro del escándalo
Un fraude sistemático que incluía falsificación de documentos, apropiación indebida de subvenciones y una trama organizada desde dentro de la propia estructura deportiva. El epicentro del escándalo tenía nombre: Fernando Martín Vicente, presidente de la Federación Española de Deportes para Discapacitados Intelectuales, vicepresidente del Comité Paralímpico Español y también presidente de INAS, la organización que supervisaba la validez de la documentación de los deportistas.
Gracias a sus cargos, Martín Vicente facilitó la inscripción fraudulenta de los jugadores. La justicia lo condenó a una multa de apenas 5.400 euros y a devolver 142.355 euros cobrados en subvenciones públicas. Fue el único condenado, a pesar de que hubo 19 imputados. El caso fue etiquetado como el de los falsos paralímpicos, y ha pasado a la historia como el mayor bochorno del deporte español.
Dos víctimas reales: Ramón Torres y Juan Pareja
En medio de aquella mentira, hubo dos víctimas inocentes. Ramón Torres y Juan Pareja, los únicos jugadores con discapacidad intelectual real. Ellos sí entrenaron, se esforzaron y compitieron legítimamente por la medalla. Pero fueron arrastrados por el escándalo.
Juan Pareja no volvió a jugar. «Te quitan algo tan preciado, por lo que habías luchado tanto, la ilusión que habías puesto. Que hagan esto no tiene perdón. No tiene sentido”, dijo hace unos años el programa de LaSexta ‘Anatomía de la estafa paralímpica’.
Ramón Torres, por su parte, dio su testimonio en el documental ‘El oro olímpico robado’. Emocionado y roto, comentó: “Me arrancaron el corazón con esa medalla de oro. Yo demostré que sí valía y ellos son los que engañaron… Ribagorda hizo algo bueno al decirlo, pero fastidió vidas internas».
El daño irreparable
El fraude no solo dejó una cicatriz profunda en la moral del deporte español, también tuvo consecuencias internacionales. Las personas con discapacidad intelectual fueron excluidas de los Juegos Paralímpicos. No regresó hasta Londres 2012, doce años después, y solo en deportes como atletismo, natación, tenis de mesa o remo. La estigmatización y desconfianza generadas por el caso afectaron a miles de deportistas honestos en todo el mundo.
La discapacidad intelectual es, precisamente, una de las más difíciles de diagnosticar y reconocer a simple vista. No deja marcas físicas, no se manifiesta de forma evidente. Eso fue lo que permitió el engaño, pero también lo que agudizó el estigma: muchos dudaban de quienes sí cumplían los criterios. Quienes luchaban por visibilizar su esfuerzo, se vieron silenciados.
Han pasado 25 años desde aquella jornada negra. Hoy, la delegación paralímpica española sigue siendo un referente mundial, con atletas que han demostrado talento, compromiso y valores. Pero el episodio de Sídney 2000 sigue presente. Porque no se trata solo de una medalla mal ganada, sino de una traición al espíritu del deporte.
Lo ocurrido en Sídney no debe quedar en el olvido. No por morbo o rencor, sino por memoria, justicia y reparación. Por Ramón, por Juan, y por todos los deportistas con discapacidad intelectual que sí juegan limpio.
