Supera el medio siglo de vida, pero por sus venas corre la misma ilusión y el apetito voraz de cuando brillaba siendo adolescente. Desde pequeño a Juan Bautista Pérez siempre se le vio con una pala en la mano y con 16 años figuraba entre los tres mejores jugadores de España de tenis de mesa. Era un niño prodigio, un talento precoz que de sopetón vio apaciguada su proyección. En la India, en el segundo Mundial que disputaba, contrajo una enfermedad extraña que bloquea los nervios y las conexiones musculares. Nunca claudicó y continuó disfrutando de su pasión. El palista inagotable se ha convertido en uno de los mejores del mundo y en Tokio afrontará sus segundos Juegos Paralímpicos.

Estaba llamado a alcanzar cotas altas en la élite, pero hace 34 años su vida dio un giro radical en Nueva Delhi. “Acababa de cumplir la mayoría de edad, era jugador semiprofesional, entrenaba seis horas diarias y jugaba en ligas europeas. Estaba sano cuando fui al Mundial y regresé en silla de ruedas. En el hotel me caí al notar flojedad en las piernas y en un entrenamiento volví a caerme y no fui capaz de levantarme”, rememora. Lo achacaron a una falta de vitaminas y a la mala comida del país indio, nada hacía presagiar la gravedad de su dolencia.
Después de tres días sin moverse de la habitación y con escasa atención médica, regresó a España y tras un mes de análisis le diagnosticaron una polirradiculoneuritis aguda, también conocida como síndrome de Landry Guilláin-Barré, una enfermedad degenerativa que paraliza el sistema nervioso periférico que va a las extremidades, los músculos no reciben señal y se agarrotan, no funcionan. “Perdí 10 kilos de masa muscular y me dejó secuelas en las piernas. Era un chaval que estaba en la cima del deporte, la gente me admiraba, estaba muy fuerte y pasé a estar deprimido. El médico me dijo que no volvería a andar sin la ayuda de unas muletas y que me olvidase de jugar al tenis de mesa”, relata.
Con 21 años fichó por un equipo de Superdivisión, el Obrero Extremeño de Almendralejo, donde conoció a su mujer, con la que ha tenido cuatro hijos. El deporte lo compaginó con el trabajo en una constructora hasta los 43 años, cuando se quedó en paro. Empezó a entrenar a niños y le llegó una oportunidad que no esperaba, disputar torneos con la selección española para ir a los Juegos Paralímpicos de Río de Janeiro 2016. Se clasificó y en Brasil se colgó una plata por equipos. “Fue una experiencia increíble, a veces pienso si todo ha sido un sueño”, asevera Pérez.
En ocho años ha sido medallista mundial, ha subido al podio en la mayoría de pruebas internacionales y ha conseguido el bronce individual en los europeos de 2015, 2017 y 2019. El extremeño presume de haber encontrado el elixir de la juventud, aunque reconoce que cada día le cuesta más. “Ya no puedo dar saltos, juego muy pegado a la mesa porque me cuesta moverme. La ventaja es que soy zurdo, bajito y muy rápido. Mientras el cuerpo aguante seguiré dando guerra, trataré de llegar a los Juegos de París 2024 y, si no, seguiré vinculado a este deporte. De hecho, tengo una escuela en Almendralejo donde entreno a unos 30 chicos”, cuenta.