En la tarima de competición, Loida Zabala no solo levanta kilos, también su cuerpo marcado por la enfermedad, su historia de lucha y una voluntad que no conoce el significado de la palabra rendición. A sus 38 años, con un cáncer de pulmón en estadio IV y metástasis en cerebro, hígado y riñón, la deportista cacereña ha vuelto a desafiar las estadísticas para proclamarse subcampeona de Europa de halterofilia paralímpica.
En este 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, su figura vuelve a trascender la competición para reafirmarse como uno de esos símbolos que el deporte regala. Porque en cada levantamiento no solo hay fuerza física, sino determinación, dignidad y coraje. La española encarna una forma de resistencia que va más allá del deporte, la de quien decide seguir viviendo con intensidad incluso cuando la vida se empeña en poner el peso más difícil sobre la barra.
Cada disco añadido parece representar algo más que kilos. Representa la enfermedad, las visitas médicas, las noches de hospital y las preguntas sin respuesta. Pero también la fe en seguir adelante, la pasión por competir y el deseo de demostrar que, incluso en las circunstancias más adversas, hay margen para soñar.
Porque Loida nunca ha aceptado la derrota. Fue diagnosticada en octubre de 2023 con cáncer de pulmón. Las estadísticas son frías y contundentes, pero la cacereña ha decidido enfrentarse a ellas como hace con la barra, con determinación.
Medallista en una nueva categoría
Al Campeonato de Europa disputado en Tiflis (Georgia) llegó ilusionada, motivada y con confianza. También en una nueva categoría, la de -73 kilos, a la que la medicación contra el cáncer la ha obligado a subir de peso y con la que tratará de clasificarse para los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles 2028 -serían sus sextos-.
El escenario era el Hotel Hualing, el mismo lugar donde en 2022 se colgó el oro continental. Allí volvió a tumbarse sobre el banco de press. Su entrenador, Óscar Sánchez, le ajustaba las correas para que su cuerpo no se levantara durante el levantamiento. Loida se golpeaba los hombros, apartaba su melena castaña del rostro y cerraba los ojos durante un instante. Concentración absoluta. Tomó aire, agarró la barra y la levantó con 97 kilos.
Luego pidió 102 kilos y la barra volvió a subir con firmeza. En el tercer intento llegó el momento decisivo. Había solicitado 105 kilos. Silencio en la sala, Loida visualizó cada milímetro del movimiento, bajó la barra, contuvo el esfuerzo y empujó con todo lo que tenía dentro. Subió como si el peso real no estuviera en el acero, sino en el alma.
Se colocaba en primera posición, pero aún quedaban dos rivales. La chipriota María Markou intentó 106 kilos y no pudo con ellos, quedándose con el bronce. Pero la rusa Nadezhda Sycheva sí logró levantar 107 kilos, arrebatando el oro a la española por apenas dos.
La extremeña se quedó con la plata, aunque su actuación tuvo un valor enorme: es solo la tercera vez en su carrera que completa tres levantamientos válidos en una competición internacional, algo que también consiguió en los Juegos Paralímpicos de París 2024 y en el Mundial de Egipto de 2025.

Otra plata en la suma total
El resultado la convirtió además en subcampeona continental en el total, firmando un doble logro que refuerza su lugar entre las grandes halterófilas europeas. Su palmarés ya suma seis medallas continentales: el oro júnior en Kavala, los bronces de Aleskin 2013 y Berck-sur-Mer 2018, el oro europeo de 2022 y ahora estas dos platas en Tiflis 2026.
Pero hay una medalla invisible que pesa más que todas las demás. En su teléfono móvil tiene programada una alarma para algún día de 2028. No recuerda exactamente cuál. Según las estadísticas médicas, para entonces ya no debería estar viva. El título de esa alarma lo resume todo: “Sigues viva”. Es su forma de recordarse cada día que sigue ganando el combate más importante.
Loida Zabala quiere llegar a los Juegos Paralímpicos de Los Ángeles. Quiere seguir compitiendo, levantando barras, viajando, disfrutando. Quiere seguir viviendo. Y mientras lo hace, levanta esperanza. Porque su historia demuestra que la verdadera fuerza no está solo en los músculos, sino en la capacidad de seguir empujando cuando la vida coloca sobre la barra el peso más difícil de todos.
