El muro cayó lentamente, ladrillo a ladrillo, bajo el impacto de una flecha. En el estadio olímpico de Turín, más de 45.000 espectadores guardaron un silencio expectante antes de estallar en aplausos. La autora del disparo fue la arquera italiana Paola Fantato, y el gesto simbolizaba el lema de los Juegos Paralímpicos de Invierno de 2006: “Rompiendo todos los límites”. Para España, aquellos límites no eran solo una metáfora. Tenían forma de lesión, de presión acumulada y de despedida anunciada.
Del 10 al 19 de marzo de 2006, Turín se convirtió en el epicentro del deporte paralímpico invernal. Más de 520 deportistas desfilaron en la ceremonia inaugural. Entre ellos, los 16 integrantes de la delegación española, conscientes de que defendían algo más que resultados: sostenían una tradición. A excepción de su debut en Innsbruck 1984, en las siguientes ediciones España siempre había regresado con al menos una medalla, y aquella era ya su séptima participación.
El golpe inesperado
El invierno, sin embargo, había comenzado a torcerse semanas antes. El abanderado español, Jon Santacana, llegaba señalado como una de las grandes bazas del equipo. El donostiarra había conquistado un oro y dos bronces en Salt Lake City 2002, consolidándose como referente en la categoría de discapacidad visual. Su ambición en Turín era legítima: aspiraba a pelear por el podio en todas las disciplinas.
Pero en enero, durante una prueba de la Copa de Europa en La Molina, una caída violenta quebró los planes. Tibia y peroné fracturados. Sesenta días para recuperarse si quería estar en la cita italiana. El diagnóstico inicial prácticamente le descartaba. Sin embargo, Santacana eligió rehabilitación a contrarreloj, sesiones interminables, dolor asumido como peaje.
Contra toda lógica, llegó a Turín. No en plenitud, pero sí en pie. Junto a su guía, Miguel Galindo, solo pudo tomar la salida en el slalom. Aquella séptima posición no figurará entre sus grandes triunfos estadísticos, pero simbolizó una victoria silenciosa.

La presión sobre los hombros de un campeón
La lesión de Santacana redirigió todas las miradas hacia Eric Villalón. El catalán no era ajeno a la responsabilidad. Su palmarés le precedía: tres oros en Nagano 1998, dos oros y dos platas en Salt Lake City 2002. Era el esquiador español más laureado en la categoría de discapacidad visual y un referente internacional.
En Turín, su guía era Hodei Yurrita, con quien ya había firmado cuatro oros en el Mundial de Austria 2004. La compenetración entre ambos era total, casi instintiva. Pero el cuerpo de Villalón acumulaba desgaste, problemas de espalda, molestias en la rodilla y el peso mental de saberse epicentro de todas las expectativas.
El inicio fue áspero. Sexto en descenso y cuarto en supergigante. Resultados dignos, pero lejos del brillo que España necesitaba. El catalán lo reconocería tiempo después, el estrés le superó por momentos. Habían concentrado sobre él una presión que nunca buscó, se sentía exigido como un profesional sin disponer de los mismos medios.
Villalón sabía que Turín era su última gran cita. Y decidió competir sin reservas. En el slalom llegó la recompensa, bajó con determinación, con esa mezcla de cálculo y valentía que distingue a los campeones. La medalla de plata supo a liberación. Días después, en el gigante, añadió un bronce que completaba el broche. El final perfecto para una carrera que había marcado una época en el esquí paralímpico español.
El equipo que sostuvo el orgullo
España cerró los Juegos en el puesto 13 del medallero. La tradición de no regresar con las manos vacías se mantenía intacta. Más allá de Villalón, hubo actuaciones que rozaron el podio y consolidaron el relevo generacional. Carmen García, junto a su guía Marina Romero, fue la que más cerca estuvo de las medallas: cuarta en descenso y supergigante, quinta en eslalon y sexta en gigante.
También firmaron actuaciones meritorias Anna Cohi Fornell y su guía Marc Oliveras, con dos sextos y un séptimo puesto; Anna Coma y Francisco Manuel Borromeo, que lograron una séptima y novena plaza; Alba de Toro Nozal junto a Anna Maresma; y Andrés Boira con su guía Beatriz Arceredillo, décimo en eslalon. En la categoría de discapacidad física, la fortuna fue más esquiva. Eduardo Carrera terminó 34º en descenso y 41º en supergigante, mientras que Ramón Homs fue 50º en gigante.
