Apenas habían pasado unas semanas desde que el nombre de España quedó atrapado en uno de los mayores escándalos del deporte: el dopaje del nacionalizado Johann Mühlegg -dio positivo por una droga que potencia la oxigenación de la sangre- y la retirada de sus tres oros en los Juegos Olímpicos de Invierno de Salt Lake City 2002. Pero marzo traía otra historia en la nieve de Utah. Del 7 al 16 de marzo, la llama volvió a arder en la misma ciudad, esta vez para los Juegos Paralímpicos, los primeros celebrados en suelo estadounidense.
Más de 40.000 espectadores llenaron el Rice-Eccles Stadium en la ceremonia inaugural, bajo el lema “Despierta la mente – Libera el cuerpo – Inspira el espíritu”. La antorcha, portada por el alpinista ciego Eric Weihenmeyer hasta el podio, pasó a manos de Muffy Davis y Chris Waddell, que encendieron el pebetero como símbolo de superación compartida. En ese escenario de reivindicación apareció España.
Catorce deportistas desfilaron tras la bandera portada por Toni Alavedra. No había ruido mediático ni focos deslumbrantes. Solo determinación. Días después, el equipo español abandonaría Salt Lake City con siete medallas -tres oros, dos platas y dos bronces- y una duodécima posición en el medallero. Un botín que, aunque eclipsado en casa por el eco del escándalo de Muehlegg, tenía el peso de una reivindicación silenciosa.

El buldócer Eric Villalón
Si hubo un nombre propio en aquellas pistas del Snowbasin Ski Area, fue el de Eric Villalón. El catalán, que ya había conquistado tres oros en Nagano 1998, regresaba guiado por Pere Comet con la serenidad del veterano y el hambre intacta. Primero llegaron las platas en supergigante y descenso B1-3 para ciegos, siempre por detrás del australiano Burt Bunting.
Después, el desquite: oro en slalom y oro en gigante. Cuatro medallas que lo confirmaban entre los grandes. “La competencia era astronómica y revalidé lo de Nagano; eso sí, en cada prueba tuvimos que salir a morir para subir al podio”, aseguraba. Villalón no solo ganaba carreras, abría caminos. Era, junto a otros pioneros, un buldócer sobre la nieve, empujando límites y prejuicios en un país que aún miraba de reojo al deporte paralímpico.

La irrupción de Jon Santacana
Mientras Villalón consolidaba su legado, una nueva generación asomaba con fuerza. Jon Santacana tenía 21 años, síndrome de Stargardt y apenas un 5% de visión. Llegaba como campeón del mundo en slalom y favorito en esa disciplina. Pero el deporte, caprichoso, le negó allí la gloria.
Junto a su guía Raúl Capdevila, alcanzó la medalla de bronce en descenso y supergigante tras compartir pruebas con Villalón y el australiano. La espina del slalom dolió. La redención llegó en el gigante categoría B3. En esa bajada impuso su ley, dominó la pendiente y escuchó el himno español desde lo más alto. Fue el oro de la confirmación, el anuncio de casi dos décadas de éxitos por venir. Aquellos Juegos fueron su carta de presentación ante el mundo.
Diplomas y lucha silenciosa
Más allá de los focos, también hubo gestas sin medalla. Jordi Rozas y su guía Xavier Perpinya fueron cuarto en slalom y séptimos en supergigante. Carmen García, junto a Laura Zapater, logró un quinto puesto en descenso B3. Livia Guillardini y Gonzalo Gómez fueron séptimos en gigante B2. Daniel Esquiva y Ricard Vinaixa no pudieron concluir sus pruebas. Y en cuanto a los esquiadores con discapacidad física, Iban Calzada firmó diploma en descenso LW10. Tampoco el abanderado Toni Alavedra logró terminar en LW12.
No hubo titulares rimbombantes para ellos. Salt Lake City quedó marcada en la memoria española por un escándalo olímpico. Sin embargo, en paralelo, hubo otra historia. Una de superación colectiva, de siete medallas conquistadas con esfuerzo y sin sombras. España ocupó el duodécimo lugar del medallero y recuperó orgullo y futuro.

