En marzo de 1998, mientras el invierno aún abrazaba los Alpes japoneses, la delegación española firmó en los Juegos Paralímpicos de Invierno de Nagano 1998 la página más dorada de su historia en la nieve. Ocho oros iluminaron el medallero y elevaron a España hasta la séptima posición, por delante de potencias alpinas como Austria, Francia o Finlandia.
Si la cita de Lillehammer 1994 había marcado el techo cuantitativo con diez metales, Nagano fue la consagración cualitativa: ocho veces sonó el himno español. Ocho veces ondeó la bandera en lo más alto. Era, además, la primera vez que los Juegos de Invierno salían de Europa.
Japón acogió del 5 al 14 de marzo a 562 deportistas de 31 países, repartidos en 122 pruebas de cinco deportes. La nieve de Shiga Kogen, caprichosa y salvaje -un temporal obligó a suspender competiciones en los primeros días-, terminó siendo el escenario perfecto para la gesta española.

Magda Amo, el oro convertido en destino
La gran protagonista fue Magda Amo, guiada por Anna Casas en categoría B2 para esquiadoras con discapacidad visual. La catalana ya sabía lo que era tocar podio: bronce en Juegos Paralímpicos de Invierno de Albertville 1992, plata en Lillehammer. También había brillado en el atletismo, con oro en salto de longitud en los Juegos Paralímpicos de Atlanta 1996. Pero lo de Nagano fue otra dimensión.
Solo la superó en el medallero la noruega Ragnhild Myklebust, leyenda absoluta con 27 medallas invernales. Magda y su guía firmaron cuatro victorias impecables: supergigante, slalom, descenso y gigante. Todo lo que tocaron fue oro.
“Los dos años que le dediqué en exclusiva al esquí dieron sus frutos. Tuve una transformación física: la musculación cambió de cintura para abajo y eso me ayudó muchísimo. Por primera vez tenía cuerpo de esquiadora y no de bailarina. Fue brutal. Cada dos días ganaba un oro y no me lo creía”, confesaba. Fue su despedida soñada. Tras más de una década compitiendo al máximo nivel, eligió la cima para decir adiós.

Eric Villalón, el mito que nació en la tormenta
Si Magda fue certeza, Eric Villalón fue irrupción. Llegaba a sus primeros Juegos sin presión, guiado por Josep María Vilamitjana, dispuesto a arriesgar. “Estaba muy relajado, no tenía presión, pero no iba a Japón de vacaciones, quería arriesgar”, aseguraba. Y arriesgó. Tres oros en su debut. Un nacimiento legendario.
Lo bautizaron como el “Hermann Maier paralímpico”, en referencia al esquiador austríaco, que ese invierno había estremecido al mundo en los Juegos Olímpicos tras una caída brutal y una posterior resurrección al ganar dos oros en Nagano. A Villalón le ocurrió algo similar.
“En el descenso, que era como entrar en una habitación a oscuras, pero a más de 100 kilómetros por hora, me pegué un batacazo, salí despedido por encima de la red de protección y quedé clavado con los esquís cruzados”, contaba. Al día siguiente, con la tibia dolorida, ganó el supergigante. Luego el gigante. Y finalmente el slalom, en una escena surrealista: pensaban que eran plata hasta que los periodistas les confirmaron que habían ganado.

El último oro y las heridas del adiós
El octavo oro lo firmó el granadino Juan Carlos Molina, junto a su guía José Luis Alejo. Revalidó el descenso que ya había conquistado en Lillehammer cuatro años antes. “Esquiamos muy rápido y limpio, fue una prueba bonita que nunca olvidaré”, decía. Pero el gigante dejó una cicatriz: una caída le dañó los ligamentos laterales de la rodilla derecha: “Fue mi última medalla como deportista, ahí dejé de competir”.
Más allá de los oros, el resto de la delegación española firmó actuaciones meritorias que consolidaron el brillante papel colectivo en Nagano. Teresa Martín, junto a su guía Ana Foix, rozó el podio con dos quintos puestos, mientras que Manuel Buendía fue sexto en el descenso. La misma posición lograron Helena Martín y su guía Laura Zapater en la prueba de gigante, y el abanderado español, Cristian Sainz, concluyó octavo en el descenso.
Entre los esquiadores con discapacidad física, la fortuna fue esquiva. Juan José Bombillar, en categoría LW1 de pie, terminó séptimo en el supergigante; Iban Calzada no pudo finalizar su prueba en LW10 (sentados); Eduardo Carrera logró como mejor resultado una 13ª plaza en slalom (LW6 de pie) y Rafael Llatser fue 17º en la misma disciplina (LW2).
En esquí de fondo, los tres representantes con discapacidad intelectual completaron su participación con esfuerzo y entrega: Rosa Jaca fue 15ª en los 5 kilómetros; Javier Batista terminó 32º en 5 km y 31º en 15 km; y Josu Hernández concluyó 33º en 5 km y 32º en 15 km.
