La arena mojada se pega a los esquís, se cuela en los pliegues de la ropa, el salitre invade la respiración, mientras las olas rompen en la orilla y dejan una estela de espuma. El sol del Pacífico cae vertical sobre la playa de El Cocal y, sin embargo, allí donde no ha caído un solo copo de nieve, un salvadoreño se entrena para deslizarse en los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina.
La escena parece improbable: un sit-ski avanzando sobre la arena. Pero la historia de David Chávez nunca ha sido convencional. Es la de un deportista que aprendió a desplazarse incluso cuando el cuerpo dejó de hacerlo. Por primera vez, un representante de El Salvador escribirá su nombre en una cita paralímpica invernal -junto a él estará su compañero Jonathan Arias-. “Me siento emocionado y muy feliz porque era uno de mis sueños. Representar a mi país me llena de orgullo. Venir de un lugar sin nieve demuestra que los límites nos los ponemos nosotros mismos”, dice.

Un disparo que cambió su vida
Su camino ha sido duro, lleno de obstáculos. El primero llegó el 7 de enero de 2015, cuando su adolescencia se quebró de golpe. Tenía 14 años y estaba a punto de cumplir 15 cuando fue víctima de un asalto en Santo Tomás. Acababa de salir de estudiar y se dirigía al taller donde ayudaba a su padre a fabricar muebles. Allí había aprendido carpintería; le gustaba el olor a madera, el contacto con el serrín y el barniz. Aunque él soñaba con ser bombero.
Aquella tarde, seis pandilleros lo detuvieron a punta de pistola para robarle. No se resistió. En un país donde las bandas operaban con impunidad, obedecer era sobrevivir. Después de despojarlo de sus pertenencias y obligarlo a desnudarse, le ordenaron que caminara. Cuando había avanzado tres metros, le dispararon.
Sintió un ardor en el estómago y cayó al suelo sin poder levantarse. La bala le atravesó la espalda y le dañó la médula espinal. La consecuencia fue irreversible: pérdida de movilidad desde el ombligo hacia abajo. Pasó 22 días hospitalizado, entre diagnósticos y silencios que definían su futuro. Operarlo implicaba riesgos mayores y nadie podía garantizar que volviera a caminar. Sus padres decidieron no hacerlo.
El mundo se redujo entonces al interior de una casa, a una cama inmóvil durante dos meses. Hubo momentos en que pensó que nada tenía sentido. No se sentía independiente y eso lo frustraba. Su familia no lo soltó. El punto de quiebre llegó en el centro de rehabilitación. Allí convivió con personas que enfrentaban lesiones más severas. Empezó a aceptarse como persona con discapacidad, a dejar de mirarse con lástima: “Entendí que podía seguir haciendo las mismas cosas, solo que con un poco más de dificultad”.
El deporte apareció como una puerta lateral hacia la esperanza. Probó baloncesto en silla de ruedas y compitió con El Salvador en un torneo juvenil en Brasil. Luego se pasó al powerlifting y participó en competiciones internacionales. Más tarde llegó el atletismo: lanzamiento de jabalina y de peso. Fue quinto y sexto en los Juegos Parapanamericanos de Lima 2019. Cada disciplina era un territorio nuevo donde comprobar que su cuerpo, aunque distinto, seguía siendo capaz.

La adrenalina como brújula
Chávez descubrió algo sobre sí mismo, necesitaba velocidad y riesgo. El giro llegó con Rob Powers, un entrenador exigente y fundador de OneTeam El Salvador. Probó el surf y llegó a situarse entre los mejores del mundo. En el océano volvió a sentir libertad. Y entonces apareció una idea que parecía descabellada: el esquí de fondo. Un deporte de invierno para alguien nacido en clima tropical.
“Nunca había visto la nieve. Todo lo que sabíamos al inicio era cero”, recuerda. Mientras otros entrenaban sobre hielo, él lo hacía en piscinas, máquinas y arena, bajo el sol de la costa salvadoreña. Fuerza, resistencia y mente. El primer contacto con la nieve llegó en 2023, en Noruega. Hasta entonces, era solo una imagen en televisión.
El debut fue un golpe de realidad. Sin experiencia, sin referencias, con más dudas que certezas. Pero aquel último lugar no fue un techo, sino un punto de partida. Con el tiempo, empezó a subir posiciones y a bajar tiempos. Ha ganado cinco medallas en carreras FIS y en 2025 compitió en el Mundial de Trondheim.
En el proceso no estuvo solo. A su lado ha estado Jonathan Arias, compañero de entrenamientos y viajes, quien también logró la clasificación para Milán-Cortina 2026.

Una preparación en la arena
Entrenar sin nieve exigía imaginación. La respuesta estaba en la playa de El Cocal. Allí, sobre arena caliente, comenzó a deslizarse con su sit-ski. La arena funciona como resistencia natural. Su entrenador suele decir que esquiar en la playa es diez veces más difícil que hacerlo en nieve.
Las primeras sesiones fueron brutales: calor, peso, fricción constante. Pero se adaptó. Competir contra los mejores cambió su mentalidad. Al principio, los rivales los miraban con extrañeza. “¿Qué hacen estos salvadoreños aquí?”, decían. Ahora se acercan, felicitan, preguntan por el método. La arena, que parecía desventaja, se convirtió en identidad.
Soñó con ir a los Juegos de Tokio 2020 como atleta, pero no pudo ser. Ahora, en Milán-Cortina 2026, la bandera azul y blanca ondeará en la nieve. “Creo que habrá muchas personas apoyando a El Salvador. No importa dónde ni cómo. Siempre puedes hacerlo y alcanzar tu objetivo. La discapacidad no tiene límites”, recalca.
Más allá del resultado, lo impulsa abrir camino. “Quiero formar a otras personas. Si yo puedo, ellos también. Y no solo uno o dos atletas de invierno de El Salvador: podrían ser muchos más”, añade. En una playa del Pacífico, David Chávez no solo ha entrenado técnica, ha ensayado un precedente. Un país que nunca tocó la nieve está a punto de dejar huella sobre ella.
