En la fría Canadá, donde el aliento dibujaba nubes efímeras en el aire y la nieve crujía como cristal bajo las botas, España escribió una notable página de su historia paralímpica invernal. Los Juegos de Vancouver 2010 dejaron tres medallas como botín y la redención de Jon Santacana.
Entre el 12 y el 21 de marzo, más de 650 deportistas se citaron en la ciudad canadiense. España acudió con una de sus delegaciones más reducidas en unos Juegos de Invierno: cinco esquiadores y cuatro guías. Como en Turín 2006, el equipo nacional cerró su participación en la 13ª posición del medallero. Pero el número, esta vez, sabía distinto.
La competición en Whistler Creekside arrancó con incertidumbre. La niebla, espesa como un telón, obligó al comité organizador a alterar el calendario. Las pruebas técnicas de slalom y gigante abrieron el fuego antes que las de velocidad. No era el escenario ideal para todos, pero el deporte paralímpico tiene la costumbre de florecer en lo inesperado.
Allí emergió con fuerza el nombre de Jon Santacana, guiado por Miguel Galindo. Cuatro años antes, en Turín, la fractura de tibia y peroné del donostiarra había frustrado cualquier aspiración. Vancouver era la revancha silenciosa, la oportunidad de demostrar que el talento no entiende de infortunios.

Un oro en descenso y platas en slalom y gigante
La primera medalla llegó en el slalom: plata. Después, en el gigante, otra plata, a tan solo 21 centésimas del eslovaco Jakub Krako. Pero faltaba la prueba que parecía menos propicia, el descenso, en una de las pistas más rápidas del mundo. Y allí, donde la lógica invitaba a la prudencia, apareció la grandeza.
A más de 100 kilómetros por hora, comunicándose por bluetooth a través de un micrófono y auriculares incrustados en el casco, Santacana y Galindo descendieron como una sola silueta. El guía marcando la trazada; el esquiador, sin visión, confiando cada giro a la voz que le precedía unos metros más abajo. El cronómetro se detuvo 40 centésimas antes que el del estadounidense Mark Bathum. Oro.
Una conquista que trascendía el metal, porque si su fortaleza eran las pruebas técnicas, aquel descenso fue un manifiesto de que el miedo no tiene cabida cuando la confianza es absoluta. Las tres medallas supusieron un punto de inflexión en el deporte de invierno. Por primera vez, el Comité Paralímpico Español aprobó premios económicos directos por medalla, otorgando 19.000 euros a cada uno de los esquiadores.
Vancouver fue también la solidez de Anna Cohí y su guía Raquel García, rozando el podio con una cuarta plaza en supercombinada, quinta en gigante y sexta en supergigante. Fue la séptima posición en slalom del granadino Andrés Boira, guiado por Aleix Suñé. Fue el diploma paralímpico de Gabriel Gorce junto a Félix Aznar en su debut. Y fue también la mala fortuna de la abanderada, la balear Úrsula Pueyo, única representante con discapacidad física, que sufrió una caída en slalom y una descalificación en gigante.
