Hubo un tiempo en que entrenar era una odisea, en que las estaciones no estaban pensadas para ellos y en que el profesionalismo era apenas un deseo lejano. Diez años después del debut español en unos Juegos Paralímpicos de Invierno, aquel grupo de pioneros ya no caminaba solo. En marzo de 1994, en Lillehammer, el esfuerzo acumulado cristalizó en una cosecha histórica: diez medallas, el botín más fructífero del equipo nacional en una cita invernal.
Noruega volvía a ejercer de anfitriona -del 7 al 16 de marzo- con 469 deportistas de 31 países compitiendo en 133 pruebas. El hockey sobre hielo hacía su estreno paralímpico, ocho países debutaban y el país anfitrión dominaría el medallero. En la ceremonia de apertura, la reina Sonia dio la bienvenida oficial a las delegaciones; en la clausura, la voz de la soprano Sissel Kyrkjebo puso un broche de emoción antes de que la antorcha se apagara. Pero mientras el protocolo brillaba, en la montaña de Kvitfjell se escribía la mejor página invernal del deporte paralímpico español.

Juan Carlos Molina, volar contra el favorito
El único oro español llevó la firma de Juan Carlos Molina, guiado por Joan Solá. El granadino, que venía de colgarse un bronce en ciclismo en Barcelona 1992, debutaba en unos Juegos de Invierno. Y lo hizo a lo grande. En el descenso B2 -discapacidad visual- superó en más de un segundo al gran favorito, el francés Stéphane Saas, dominador habitual de la disciplina.
“Rompimos los moldes de lo que venía siendo habitual, el francés lo ganaba todo, no había manera de vencerle. Y eso que con Joan solo tuve antes un par de concentraciones; nos aclimatamos pronto y nos coordinamos muy bien. La pista tenía una pendiente con un grado de dificultad muy alto y ese día salimos volando, pero por suerte encauzamos el desnivel con destreza y nos llevamos la victoria”, relata el andaluz, que dos días después añadió un bronce en el supergigante.
Manuel Buendía y sus cuatro medallas
Si hubo un nombre propio en la nieve noruega, ese fue el de Manuel Buendía. En categoría B2, el catalán -plata en Albertville 1992- multiplicó su presencia en el podio: un bronce en descenso y tres platas en gigante, supergigante y slalom. Eran tiempos sin auriculares ni micrófonos para los esquiadores ciegos. Todo dependía de la voz, del gesto intuido, de la confianza absoluta con el guía. Buendía supo escuchar y creer. Cuatro veces.
En categoría B1 (ciegos totales), Vicente García Salmerón conquistó la plata en supergigante. En la prueba femenina B1-2, Izaskun Manuel logró una plata en slalom y un bronce en descenso, donde la catalana Magda Amo fue también plata. Para la que más tarde se convertiría en la reina española de la nieve no fue sencillo subir al podio: “Me cambiaron el guía y me afectó bastante porque no congeniaba con César Salomo. No hubo ‘feeling’. No fue lo esperado y no gané más medallas -fue cuarta en dos ocasiones más- por esa falta de confianza”, rememora.

Ana Barrinaga rozó el podio (cuarta en descenso y quinta en supergigante B2) y Marcos Manuel fue sexto en slalom. Pilar Rivales se convirtió en la primera esquiadora española con discapacidad física en competir en unos Juegos Paralímpicos, firmando un sexto puesto en gigante (LW2), novena en descenso y décima en supergigante. Manuel Abat fue séptimo en gigante LW12 y Rafael Llatser, undécimo en slalom LW2. También compitieron Ramón Bailón, José Bombillar y Alfredo Spínola.
En esquí de fondo, Miguel Ángel Pérez Tello –doble plata en Innsbruck 1988 y bronce en Albertville 1992– se quedó a las puertas de las medallas: cuarto en 20 kilómetros y quinto en 5 kilómetros. España cerró la cita en el 13º puesto del medallero, por delante de potencias como Canadá, Italia o Gran Bretaña. Fue el reflejo de una década de aprendizaje y de la decisiva aportación material y logística de la Fundación ONCE a los deportistas.
Mientras la noruega Ragnhild Myklebust firmaba una gesta irrepetible, nueve medallas en una misma edición, España confirmaba que ya no acudía solo a aprender. Competía para ganar. Lillehammer 1994 fue más que diez metales, fue una declaración de intenciones bajo la nieve y la constatación de que, pese a las carencias estructurales, el talento y la convicción podían inclinar la pendiente a favor.
