Hace diez días, la vida de Iraide Rodríguez transcurría entre apuntes subrayados y exámenes a la vista. Había aprovechado el parón de entrenamientos para concentrarse en el Bachillerato Internacional que cursa a distancia. La nieve podía esperar; los libros, no. Pero el teléfono sonó y lo cambió todo.
Al otro lado estaba su entrenadora, Ester Noguera. Le comunicó que había recibido una invitación bipartita para competir en los Juegos Paralímpicos de Invierno de Milán-Cortina 2026. Iraide pensó que era una broma. Solo cuando el Comité Paralímpico Español la llamó para gestionar vuelos y viaje a Los Dolomitas comprendió que era real. Entonces llegó el abrazo con sus padres. Y después, de nuevo, la nieve.
“No he terminado de asimilarlo, todavía me parece un sueño. Estoy inmensamente feliz. Es la recompensa al trabajo de muchos años. No eran unos Juegos que tuviera en mente, mi objetivo eran los Alpes Franceses 2030. Pero la oportunidad ha llegado antes y quiero aprovecharla al máximo. Aspiro a aprender de cada instante en el mayor escenario del deporte de invierno”, afirma con una serenidad que desarma.

Paraplejia tras un infarto medular
Tiene 17 años, pero su historia comenzó mucho antes. Madrileña de Guadarrama, esquía desde los tres. Nació sana, aunque en sus primeras 48 horas de vida sufrió un infarto medular que le provocó una paraplejia. Sus padres percibieron que algo no iba bien. “Veían que no movía las piernas. Los médicos nos mandaron a casa diciendo que era una niña ‘vaga’, que ya me movería. Pero ellos no se quedaron tranquilos y empezaron a buscar respuestas”, recuerda.
Durante meses peregrinaron entre consultas y diagnósticos: “Llegaron a decir que tenía Atrofia Muscular Espinal y que no viviría más de un año. Pero mis padres siguieron luchando”. Finalmente, en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo confirmaron el infarto medular. Tenía paraplejia.
Antes de cumplir un año, Iraide ya estaba sentada en una silla de ruedas para fomentar su autonomía. Aprendió a desplazarse con rapidez. Nunca se permitió sentirse limitada. “He tenido una infancia feliz, como la de cualquier niño. Siempre he sido curiosa y atrevida. Me las he arreglado para hacer lo que me proponía. Hay gente que piensa que por tener una discapacidad somos incapaces de llevar una vida plena. Suelo decir que la silla la llevo en el culo, no en la cabeza. Y el deporte es fundamental para romper prejuicios”, explica.

El deporte como aliado en la rehabilitación
La rehabilitación era constante y agotadora. A la salida del colegio la esperaba el fisioterapeuta, mientras ella quería quedarse con sus compañeros en las actividades extraescolares como fútbol, gimnasia rítmica o patinaje. Sus padres encontraron una solución: convertir el deporte en aliado terapéutico. Probó natación, ciclismo, triatlón, tenis, pádel, apnea, atletismo. Pero fue el esquí alpino el que encendió la chispa definitiva.
Su primer contacto con la nieve fue en Sierra Nevada, con apenas tres años. Javier Gutiérrez le enseñó a deslizarse en sit-ski (monoesquí). “Al principio me sujetaba por detrás con una barra. Era tan pequeña que no tenía fuerza en los brazos para manejar los estábilos -muletas en cuyos extremos tiene integrados pequeños esquís- y me los ataban. Pero aprendí rápido”, cuenta sonriendo.
Pronto llegaron los podios nacionales. Alternaba el esquí con la handbike, como integrante del Equipo Promesas Cofidis, donde sumó medallas en campeonatos de España y de Madrid. “El ciclismo se me da bien y me gustaría competir algún día a nivel europeo”, reconoce. Pero ahora su horizonte es blanco.
Su debut internacional llegó a los 16 años, edad mínima exigida. En Resterhöhe (Austria) conquistó la plata en una prueba FIS de slalom, solo superada por la alemana Anna-Lena Forster, referente mundial. “Fue inolvidable. Estaba muy nerviosa, no tanto por las rivales, sino por ser mi estreno internacional. Además, venía de una lesión por una fractura de clavícula. Aquel resultado me dio confianza”, rememora.

Crecer para competir
En los últimos años, bajo la dirección de Ester Noguera, su progresión ha sido constante. En 2025 logró medallas en campeonatos nacionales disputados en Italia y Suiza. Esta temporada suma seis metales en Copas FIS: plata y bronce en Abtenau (Austria) y cuatro platas en Kubinska Hola (Eslovaquia).
“Las dos últimas temporadas han sido muy positivas. He ganado seguridad, he mejorado técnicamente y ahora sé competir mejor. Estoy satisfecha con mi evolución”, analiza con madurez. Entre concentraciones y viajes, prepara la EBAU del 28 de abril. En su maleta rumbo a Milán-Cortina viajan también los apuntes. Quiere estudiar Medicina; ya ha superado las pruebas de acceso para iniciar la carrera en la Universidad Camilo José Cela.
A los Juegos llega sin presión. En la categoría LW10-2 -deportistas que van sentadas- competirá en gigante y slalom frente a especialistas de alto nivel, como la madrileña Audrey Pascual, abanderada española y aspirante al podio.
“Esta oportunidad ha llegado antes de lo previsto, así que no me marco metas concretas. Mi objetivo es dar lo mejor de mí, esquiar al máximo nivel que sé, disfrutar y aprender”, concluye. Iraide Rodríguez no solo compite contra el cronómetro, también contra los límites impuestos por otros. Y, de momento, siempre va por delante.
